Charlotte

Capítulo 122. — El reflejo incómodo.

La siguiente parada es Sídney.

El vuelo transcurre sin fricciones visibles, pero con demasiadas cosas ocurriendo bajo la superficie. Stefani viaja ensimismada, evitando con cuidado quirúrgico cualquier mención a Tara. Charlotte, por su parte, hace lo que mejor sabe hacer cuando algo amenaza con volverse personal: se evita a sí misma. Giulia no aparece en palabras, pero sí en silencios, en tiempos muertos, en la manera en que Charlotte revisa por tercera vez un correo que no necesita revisión.

Apenas aterrizan, Sonja toma el control del grupo sin pedir permiso.

—Al restaurante del hotel —ordena—. Todos.

No es iniciativa propia. Es instrucción directa de Charlotte.

El desayuno se arma rápido. Mesas largas, café fuerte, platos apenas tocados. Charlotte se sienta junto a Sonja y comienza a intercambiar detalles logísticos: horarios, traslados, ajustes mínimos. Habla bajo, precisa, eficiente. Stefani la observa desde el otro extremo de la mesa, pensativa. No dice nada, pero la mirada se queda demasiado tiempo.

Charlotte lo nota.

Siempre lo nota.

Se aclara la garganta y, sin elevar la voz, habla para todos.

—Como saben, hace un par de semanas me ausenté unos días de la gira —dice—. Hoy quiero contarles por qué.

Las conversaciones paralelas se apagan.

—La Universidad de Nueva York le presentó una propuesta bastante interesante a la disquera —continúa.

Stefani frunce el ceño, confundida.

—Quieren que Stefani —dice Charlotte, mirándola directamente— dé una conferencia sobre su proceso creativo y la producción de sus diferentes marcas a partir de la música.

El silencio dura apenas un segundo.

—¿Yo? —pregunta Stefani.

Ambas saben el porqué.
NYU.
Esa facultad.
Tara.

Nada ahí es casual.

El restaurante se llena de murmullos emocionados. Comentarios cruzados. Sonrisas. Charlotte no aparta la mirada de Stefani. Sonríe, satisfecha. No es una sonrisa tierna. Es una de cálculo exacto.

Esto acaba de ser jaque mate.

—Sí, tú —responde Charlotte, con la voz que usa para cerrar tratos—. Será una conferencia con cupos limitados. Podemos establecer las condiciones que quieras: sin grabaciones, seguridad permanente, lo que consideres necesario.

—Wow… —Stefani toma aire, visiblemente incómoda—. Por supuesto que iría con seguridad. ¿Puedo pensarlo?

—Pensé que eso hacías —dice Charlotte, volviendo a su asiento—. Necesitamos respuesta esta tarde.

—¿Tan pronto?

—Sí. Necesitan tiempo para preparar todo. Sería al final de la semana, aprovechando que estaremos en la ciudad.

Stefani asiente.

—Está bien.

Se disculpa con el grupo y se retira.

Charlotte espera unos minutos. Los suficientes para que no parezca persecución.

Luego se levanta.

Va directo a la habitación de Stefani.

Toca la puerta.

Stefani abre con gesto cansado y se hace a un lado sin decir nada, como si la hubiera estado esperando desde antes.

—¿Puedo pasar? —pregunta Charlotte, con esa sonrisa suya que no pide permiso, lo confirma.

Stefani asiente.

Charlotte entra como siempre entra en cualquier lugar: como si ya fuera suyo. Toma asiento y le indica a Stefani que se siente frente a ella.

—Stef —dice, rompiendo el silencio—. Sé que esto es mucho, de golpe. La conferencia, digo. Pero es una oportunidad real. La universidad no busca espectáculo. Busca criterio. Tu perspectiva.

Stefani la escucha con atención.

—Charlotte… no estoy segura de estar lista para volver a ese lugar —admite al fin, con una honestidad que no se le había visto antes—. ¿Y si ella está ahí?

Charlotte no duda.

—Si ella está ahí, tú vas a hacer lo que mejor sabes —responde—. Vas a lucirte. Vas a brillar como la estrella que eres.

Se acerca y la abraza brevemente. Un gesto pequeño. Controlado.

Demasiado.

Se separa de inmediato, como si se arrepintiera de haber cruzado esa línea.

—Te dejo sola hasta la hora del show —dice—. Piénsalo. Dame tu respuesta antes de ir al estadio.

Se inclina y deja un beso rápido en la mejilla de Stefani.

Ella misma entiende, en ese segundo, lo que intentaba enseñarle.

Sale al pasillo sin mirar atrás.

Camina directo a su habitación.

Ha pasado semanas diciéndole a Stefani que está equivocada. Que huye. Que confunde miedo con decisión. Que está dejando escapar el amor por no enfrentar sus propios errores.

Y entonces la pregunta la golpea, limpia, sin piedad:

¿Quién le dice eso a Charlotte Queen?

Nadie.

Nunca.

No hay nadie digno de ocupar ese lugar en su vida… excepto ella misma.

Y acaba de hacerlo.

Arruinó la única amistad real que tuvo. Y ni siquiera sabe exactamente por qué.

¿Dolor?
¿Traición?
¿Orgullo?

¿O acaso, después de haber perdido a su esposo, todavía se creía con derecho a reprocharle algo a Giulia?
¿A Giulia, que siguió viviendo?
¿A Giulia, cuando en realidad nunca fueron nada?

Charlotte se detiene en medio de la habitación.

No se sienta.

No suspira.

Toma el teléfono.

Marca Nueva a York.

—Rastrea a Giulia Giordano… o Brown. No estoy segura —dice, sin rodeos—. Es médica en la Clínica Mayo. Quiero toda la información que puedas conseguir.

Corta.

El tablero vuelve a moverse.

Y esta vez, Charlotte Queen sabe exactamente por qué.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.