Charlotte

Capítulo 124. — El territorio del que no se vuelve.

Las puertas del ascensor todavía no se han cerrado del todo cuando Charlotte ya tiene el teléfono en la mano.

No espera a que el mecanismo termine su recorrido. No respira hondo. No se da permiso para dudar.

—Sé que es tarde —dice apenas la línea conecta—. Y sé que probablemente estabas dormida.

La secretaria no responde de inmediato. No hace falta. Charlotte nunca llama sin motivo.

—Necesito que alistes un avión —continúa—. Para lo que demore en llegar al aeropuerto. Vuelo privado. Arizona.

Hace una pausa mínima, lo justo para que la orden quede clara.

—Quiero un coche esperándome en la pista. Sin chofer. No necesito hotel.

Cuelga.

No agradece. No explica. No justifica.

El ascensor llega al lobby. Charlotte sale con el mismo paso con el que entró al edificio horas antes, pero algo es distinto: esta vez no está ejecutando un plan. Está siguiendo un impulso que no termina de reconocer como propio.

El aeropuerto la recibe sin preguntas. El piloto es conocido. Uno de los pocos a los que Charlotte reconoce con un gesto que podría parecer cordial si alguien no la conociera mejor.

Sube a bordo sin hablar más de lo necesario. Los tragos de la noche que aun no termina todavía flotan en su cuerpo, pero su mente está intacta. Afilada. Decidida.

Duerme un par de horas. No profundamente. Lo justo.

Cuando el avión desciende, Charlotte ya se ha lavado el rostro, se ha cepillado los dientes, ha retocado el maquillaje con precisión quirúrgica y ha cepillado el cabello sin esfuerzo. Le indica a la azafata que mantengan el avión listo para regresar a Nueva York esa misma noche. A más tardar, a la mañana siguiente.

Baja por la escalerilla y camina directo hacia la camioneta negra estacionada a un costado de la pista.

Se quita el blazer apenas sube. Lo deja en el asiento trasero. La bolsa va al copiloto. Saca el teléfono, busca la dirección y la introduce en el GPS.

El motor arranca con un solo click.

En minutos, el vehículo avanza por calles amplias, limpias, silenciosas. El barrio es exclusivo, impecable. Jardines verdes saturados de flores, aspersores funcionando con precisión, casas grandes, simétricas, diseñadas para transmitir estabilidad. El tipo de lugar donde nada parece fuera de lugar.

Nada, excepto ella.

Charlotte estaciona frente a la casa indicada. Apaga el motor. Observa.

Si su secretaria hizo bien su trabajo —y siempre lo hace— Giulia debería salir en cualquier momento rumbo a la clínica.

Son apenas las siete de la mañana.

Charlotte baja del coche y camina hasta la puerta principal. Se detiene. Suspira pesado.

Por primera vez en mucho tiempo, no sabe exactamente qué está haciendo ahí. Ni por qué siguió ese impulso después de lo ocurrido con Stefani la noche anterior. No hay cálculo. No hay tablero. No hay resultado esperado.

Está a punto de tocar el timbre cuando la puerta se abre.

De golpe.

Y quedan frente a frente.

Por primera vez en su vida, Charlotte Queen no sabe que decir.

Su cabeza trabaja a mil. Imágenes, palabras, reproches, explicaciones posibles se superponen unas sobre otras, pero su boca no articula nada.

Giulia sí.

—¿Qué haces aquí? —pregunta, seca—. ¿Dónde…? No. Ni siquiera quiero saber cómo conseguiste mi dirección.

Charlotte parpadea una vez. Reacciona.

—Necesito hablar contigo.

Giulia no responde. Cierra la puerta sin cuidado, pasa junto a ella y camina directo hacia su coche estacionado al costado de la casa.

—No tenemos nada de qué hablar —dice mientras busca las llaves—. Pensé que eso había quedado claro la última vez.

Charlotte la sigue. No corre. No alza la voz.

—Giulia, por favor.

—No —responde ella sin girarse—. No empieces.

Abre la puerta del coche, sube y enciende el motor. Antes de arrancar, le lanza una mirada fulminante a través del parabrisas. No es rabia. Es advertencia.

Luego se va.

El coche desaparece calle abajo.

Charlotte se queda de pie, sola, con el viaje entero pesándole en el cuerpo y con palabras sin decir que no tienen a dónde ir. Por primera vez en su vida, el orgullo no la protege: la expone.

Sí. Giulia fue, es y será siempre la dueña de muchas primeras veces en la vida de Charlotte. Y esta —la de quedarse sin respuesta— acaba de sumarse a la lista.

Suspira. Vuelve al coche.

Conduce hasta la primera cafetería que encuentra. Compra café. Un sándwich que apenas prueba. Regresa y estaciona frente a la casa de Giulia.

Y se queda.

Horas.

Contesta correos. Atiende llamadas. Cierra asuntos como si nada hubiera pasado. Incluso responde una llamada de Sophia.

—Compórtate —le dice, sin rodeos—. O me voy a hacer cargo yo.

—Atrévete —responde Sophia, divertida.

Charlotte cuelga.

Es entonces cuando ve al hombre de uniforme acercarse. Seguridad privada.

Baja el vidrio.

—Buenos días —dice él—. ¿Su nombre?

—Charlotte Queen.

El hombre asiente, revisa algo en su dispositivo.

—¿Sabe que esto es propiedad privada?

—Sí.

—Necesito que se retire.

Charlotte asiente una vez.

Y entonces ambos ven el coche de Giulia detenerse frente al suyo.

Giulia baja. Hace un gesto breve al hombre.

—Yo me encargo —dice.

El guardia se retira sin discutir.

Charlotte baja del coche y va tras ella. Giulia camina adelante sin mirarla.

—¿Te equivocaste de dirección —pregunta sin detenerse— o decidiste tomar un avión en lugar de tu chofer para llegar a una junta?

—Si haces bien las cuentas —responde Charlotte, sarcástica— eso sería imposible.

Giulia abre la puerta de la casa. Se vuelve entonces. La mira con esa mueca exacta que dice no me retes, no empieces, no vas a ganar esto.

Charlotte lo entiende.

—¿Vas a volver a dejarme afuera?

Se sostienen la mirada durante segundos largos. Tensos. Reales.




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