Charlotte

Capítulo 126 — El impulso que no se negocia.

Esa noche, tal como lo había previsto, Charlotte despega con destino a Nueva York.

No se despide.
No insiste.
No deja nota alguna de su salida.

Quizá Giulia ni siquiera lo nota.

El avión gana altura mientras Arizona queda atrás, y por primera vez en años Charlotte no siente alivio al alejarse. No hay esa familiar sensación de orden recuperado, de control retomado. Solo un vacío inquieto que no se acomoda con la distancia.

Durante el vuelo no encuentra paz.

Se abrió. Eso es un hecho.
Pero ¿fue suficiente?

La pregunta no la deja en paz. Le dio a Giulia algo que siempre guardó con celo: lo que sentía, aunque fuera de forma torpe, incompleta, fragmentada. Y aun así no cedió. No hubo absolución. No hubo alivio. No hubo retorno.

Entonces la duda se vuelve más punzante:
¿De verdad se abrió del todo?

¿O solo lo suficiente como para no sentirse culpable?

Se lo pregunta una y otra vez, con una honestidad que no le gusta. Evalúa cada palabra, cada silencio, cada gesto de esa mañana. Se expuso, sí… pero ¿fue su versión más honesta y desarmada la que habló? ¿O fue la mejor versión disponible de alguien que nunca aprendió a bajar del todo la guardia?

Y la pregunta más incómoda de todas aparece sin permiso:

¿Por qué?

¿Por qué ese impulso la llevó hasta ese punto?

¿Fue solo un impulso?

Charlotte Queen siempre supo controlar los impulsos. Construyó una vida entera sobre esa premisa. Y, sin embargo, ahí estaba: cruzando estados, rompiendo rutinas, quedándose donde no tenía garantías.

¿Desde cuándo Giulia tenía tanto peso en su vida otra vez?
¿Desde cuándo ocupaba tanto espacio en sus pensamientos?

Aterriza en Nueva York a media mañana del día siguiente.

Y hace lo que mejor sabe hacer.

Huir de los sentimientos.

Se ocupa ella misma de hacer la maleta. Almuerza fuera. Evita el silencio prolongado. Responde lo mínimo indispensable. Esa misma noche se reincorpora a la gira con el resto de la Haus como si nada hubiera pasado.

Como si no viniera de perder algo que nunca supo cómo nombrar.

Los días siguientes intenta llenarse de trabajo, pero no lo logra. Se mantiene ocupada, sí, pero no distraída. Y, de forma deliberada, empieza a diluir la tensión sexual que todavía existe entre ella y Stefani. No es cruel. No es abrupta. Es consciente.

Con el paso de los días, lo único que consigue es transformar lo que había entre ellas en algo distinto. Más estable. Más honesto. Una amistad extraña, íntima, funcional. Sin juegos peligrosos.

Eso sí lo puede controlar.

Pero Giulia se cuela en sus pensamientos cada vez con más insistencia.

En reuniones.
En vuelos.
En habitaciones de hotel a oscuras.

Hasta que Charlotte entiende algo que no puede seguir evitando: no va a poder trabajar esto hacia afuera sin resolverse primero hacia adentro.

Una tarde se encierra en su habitación. Cuelga el aviso de Do Not Disturb. Apaga los celulares. El iPad. Descuelga el teléfono fijo. Se sirve un trago y se sienta en el sofá, con una pierna recogida bajo el cuerpo, la otra colgando apenas.

Piensa.
Habla en voz alta.
Escribe.

Necesita entenderse.

Intenta, con todas sus fuerzas, dominar sus propios sentimientos. Esos que apenas empieza a aceptar que existen. Los mismos que se niegan a obedecerla. Y eso los convierte en el mayor reto de su vida.

Comparar llega de forma descarada.

Se pregunta si la cúspide de lo que sintió alguna vez fue estar casada. Tener un esposo. Jonathan. Lo amó. Lo sabe. Puede reconocerlo sin dificultad. Y también puede admitir algo más: Jonathan encajaba. Nunca tuvo que hacerle espacio. Nunca tuvo que reconfigurar su mundo para que él cupiera. Simplemente estaba ahí.

Destino, piensa.
No decisiones.

Y darse cuenta de eso es un avance que no habría esperado de sí misma.

Luego está Giulia.

La primera vez que Charlotte se sintió verdaderamente sola fue a los dieciséis, cuando Giulia no volvió al internado. Recuerda Italia. El viaje. La primera vez juntas. Giulia impulsándola cuando ya no tenía más. Acompañándola sin pedir nada a cambio.

Recuerda a los padres de Giulia agradeciéndole por algo que ella nunca entendió del todo. Solo ahora, más de veinte años después, se pregunta qué les dijo Giulia para que su madre le agradeciera así. ¿Por encontrarla desmayada en el baño?

Charlotte siempre cargó con la culpa. Pensó que no vio las señales. Que por problemática no supo ayudarla.

Se sirve otro trago.

Los recuerdos avanzan sin pedir permiso: Giulia apareciendo de la nada en Massachusetts. Obligándola a salir de la rutina. Esa primera noche en la que Charlotte sintió —sin saber cómo— que algo era distinto. Los planes que empezó a desarmar para que Giulia cupiera en ellos. Las habitaciones separadas. Los celos. Giulia llegando ebria, diciéndole que solo quería su compañía.

La playa.
Desnudas sobre la arena.
La confesión de Giulia, susurrada como si el océano fuera cómplice.

Y lo más cercano que Charlotte estuvo a una confesión propia: admitir que sentía cosas, pero que no estaba dispuesta a nada con un océano de por medio.

Las llamadas.
Los detalles.
Las rosas.

¿Qué más necesitaba para entender que eso no era solo amistad?

Y entonces lo ve con claridad brutal: siempre le pagó mal. No contestó. No devolvió el afecto. Ni en el idioma de Giulia ni en el suyo propio. La dio por sentada tantas veces que fue eso lo que terminó por alejarla definitivamente. Especialmente aquella mañana en Arizona, cuando la vio seguir con su vida junto al Dr. Price.

Y ni hablar de pedirle que volviera como dama de honor.
Y luego como paño de lágrimas.

Por fin lo ve todo.

Fue ella.
Siempre fue ella.

Y no puede esperar que un simple “discúlpame” cure algo así.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.