Charlotte

Capítulo 130. — La tentación que no se cruza.

Charlotte duerme mal.
Pero no es una mala noche tensa ni ansiosa. No hay sobresaltos ni pensamientos en espiral. Es otra cosa. Algo más insidioso.

Una tentación.

Se duerme y despierta varias veces, siempre con la misma conciencia incómoda: la puerta. Esa línea exacta que separa su habitación de la de Giulia. No la imagina abierta. La imagina cerrada. Y es eso lo que la mantiene alerta. Contenerse. No tocarla. No llamar. No probar si del otro lado habría respuesta.

Ese es el verdadero reto.

No un negocio imposible.
No una negociación hostil.
No una crisis.

Esto.

A las cinco de la mañana vuelve a abrir los ojos. La habitación está en penumbra. El silencio del hotel es absoluto, casi respetuoso. Charlotte permanece entre las cobijas, inmóvil, mirando la puerta como si fuera un adversario que la observa de vuelta.

Hay algo parecido a celos en ese gesto. Celos de un objeto inerte que, sin hacer nada, está logrando detenerla.

Suspira.

Está bien intentar eso de permitirse sentir. Está bien no correr. Pero una puerta no puede ser lo que detenga finalmente a Charlotte Queen.

Eso no.

Se incorpora de una vez. Va directo al baño. Abre la ducha y deja que el agua caliente le caiga encima sin apuro. No piensa demasiado. El vapor le despeja la cabeza lo justo para tomar una decisión simple: seguir adelante.

Se viste con rapidez precisa.
Pantalón beige, alto, de corte limpio.
Camisa azul de manga larga, apenas translúcida bajo la luz tenue.
Tacones.
Cabello suelto.

Charlotte.

Toma el teléfono y hace una llamada breve. Pide servicio a la habitación para dos. Desayuno completo. Sin explicaciones. Cuelga.

Cuando el carrito llega, aún en el pasillo, Charlotte sale con la intención clara de tocar la puerta de Giulia antes de que el impulso se diluya.

No alcanza.

La puerta se abre primero.

Giulia aparece con abrigo puesto y una maleta a su lado.

Charlotte entiende todo en un segundo.

Giulia iba a irse sin despedirse.

La sorpresa no alcanza a convertirse en reproche porque Giulia sonríe de inmediato. Una sonrisa torcida, divertida, como si hubiera sido descubierta en una travesura que no piensa negar.

—Si iba a despedirme. —Sentencia.

En una mano lleva una hoja blanca doblada.

Charlotte estira la mano para tomarla.

Giulia la retira con naturalidad y se la guarda detrás de la espalda.

—Ah, ah —dice—. No tan rápido.

Charlotte frunce apenas el ceño.

Giulia ladea la cabeza, inspecciona el carrito del desayuno en el pasillo y sonríe más.

—Me está gustando esta nueva versión tuya —comenta—. Detallista.

Charlotte la mira con mala gana, sin poder evitarlo.

—¿De verdad pensabas irte sin decir nada? —pregunta.

Giulia asiente, encantada consigo misma.

—Sí —responde—. Quería dejarte con esa sensación incómoda de que algo faltó.

Charlotte cruza los brazos.

—¿Para qué?

—Para asegurarme de que nos veamos pronto —dice Giulia, sin rodeos.

Charlotte sonríe, esta vez sin defensa.

—En cualquier versión del futuro —responde—, eso ya estaba garantizado.

Giulia la observa un segundo más largo. Luego suspira.

—Aun así, tengo que irme.

—¿Me hiciste volar más de siete horas solo por una cena? —replica Charlotte.

Giulia arquea una ceja.

—¿Te parece poco?

Charlotte deja escapar una risita que no logra disimular del todo y niega con la cabeza.

—No —admite.

—Entonces estamos bien —dice Giulia—. Nos vemos pronto.

Da un paso hacia el pasillo, pero Charlotte no retrocede. Ninguna lo hace. El espacio entre ambas se reduce hasta quedar a centímetros. Demasiado cerca. Lo suficiente como para notar la respiración de la otra.

—Nos vemos pronto, Queen —susurra Giulia, con esa sonrisa juguetona que Charlotte conoce demasiado bien.

Se inclina apenas y le da un beso diminuto en la mejilla. Breve. Preciso. Innegablemente intencional y le entrega la hoja.

Luego se gira y entra al ascensor.

Desde adentro, antes de que las puertas se cierren, la mira una última vez.

—La cuenta está saldada —dice—. Fue un gusto verte.

Las puertas se cierran.

Charlotte permanece en el pasillo unos segundos más. Luego exhala. Sonríe sin darse cuenta.

Vuelve a la habitación.

El desayuno sigue ahí, intacto, como una escena que perdió a uno de sus protagonistas. Charlotte lo observa apenas antes de empezar a preparar su propia salida.

Charlotte vuelve a despegar esa misma mañana.

El avión se eleva con suavidad, atravesando una capa espesa de nubes que cubre Montreal como un velo oportuno. No hay prisa. No hay llamadas. El celular permanece apagado desde que subió. Esta vez no es una estrategia: es una elección.

Se acomoda en el asiento, deja el abrigo a un lado y apoya la cabeza apenas contra el respaldo. El cuerpo sigue liviano, pero la mente ya no. Hay algo insistente, un peso mínimo en el bolsillo interno del saco que no quiso tocar antes.

La hoja.

La saca con cuidado, como si el papel pudiera romperse con el movimiento equivocado. Es blanca, simple. La letra es de Giulia. Charlotte la reconoce de inmediato, incluso antes de leerla: firme, clara, sin adornos innecesarios.

Desdobla el papel.

Lee.

“Buenos días, Queen.

Perdón por no despedirme como corresponde.
O como quizá esperabas.

Pero así tenía que ser.

Esa puerta no habría resistido lo suficiente.
Y sí… escuché cuando intentaste cruzarla.
(No te preocupes, no fue solo tu voluntad la que hizo ruido.)

No dormí mucho.
Me quedé pensando en los quizás.
En lo cerca que estuvimos de elegir el camino corto.
Y por primera vez en mucho tiempo, no quise eso.




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