Las semanas previas a aterrizar en Suiza fueron tensas. No ruidosas, no explosivas, sino de esa tensión sostenida que se filtra en los gestos, en los silencios demasiado largos y en las decisiones pequeñas que empiezan a pesar más de lo que deberían.
Charlotte lo notó desde la distancia.
Stefani lo negaba, como negaba casi todo lo que la descolocaba, pero el cuerpo no mentía. Siempre encontraba una excusa para mantenerse cerca de los pasantes. Tenía algo que pedir, algo que corregir, algo que opinar justo cuando el equipo de arte daba instrucciones. No era descarado. Era insistente. Y Charlotte, que llevaba toda una vida leyendo movimientos antes de que ocurrieran, entendía perfectamente lo que estaba pasando.
Tara, en cambio, se resistía.
Llegaba cuando era estrictamente necesario. Se iba apenas podía. No prolongaba conversaciones. No buscaba encuentros fortuitos. Hacía su trabajo con una pulcritud casi quirúrgica, como si cada minuto extra fuera una concesión que no estaba dispuesta a otorgar.
Charlotte observaba.
Y aunque odiaba la lentitud con la que Stefani y Tara hacían sus propios movimientos, entendía algo esencial: se estaban jugando dos partidas en paralelo. Y desviar su atención para resolver el tablero ajeno sería un error imperdonable.
Eso lo decidió después de la primera noche en Suiza.
Después del show.
Después del mensaje de Giulia.
La ubicación en tiempo real apareció en la pantalla de su teléfono sin contexto, sin explicación, como si no hiciera falta ninguna. Un hotel a un par de kilómetros. Cerca. Demasiado cerca.
Charlotte sonrió.
Se puso una gabardina, tomó su bolsa y salió de su habitación con la naturalidad de quien no está escapando de nada, sino eligiendo exactamente hacia dónde ir.
Antes, sin embargo, hizo una parada.
Fue directo a la habitación de Stefani. Por costumbre, ya no llamaba antes de entrar.
—Stefani…
La voz de Charlotte empezó firme y se fue afinando hasta convertirse en apenas un hilo cuando levantó la vista y vio la escena completa. Stefani de pie. Tara frente a ella. El aire cargado de algo que no necesitaba palabras.
—Lo siento —dijo Charlotte, mirándolas a ambas—. Debí tocar. No sabía que estabas ocupada.
No fue una disculpa estratégica. Fue sincera.
—No te preocupes.
La voz de Tara las obligó a mirarla. Había una calma peligrosa ahí. Una firmeza que no se disculpaba por existir. Tara fulminó con la mirada a Stefani, y Charlotte lo notó. Como notaba todo.
Tara dio un paso hacia la puerta.
—Un placer aclarar la situación contigo, Stefani.
Salió.
El timbre del ascensor sonó a lo lejos. Charlotte cerró la puerta y Stefani se quedó inmóvil, pensativa, con la espalda apoyada en la madera.
—De verdad lo lamento —repitió Charlotte.
—Ya no te disculpes —respondió Stefani, haciendo una mueca—. Ni siquiera te luce. Y mejor explícame cómo hiciste para que ella estuviera aquí.
Charlotte sonrió. Orgullosa. Abiertamente.
—Era el regalo que preparaba para ti.
—¿Ella?
—Que esté aquí —se encogió de hombros—. Y, en realidad, no tenía idea de si aceptaría o no.
—Claro que no —Stefani suspiró, frustrada, siguiéndola con la mirada—. ¿Cómo podrías saberlo si ni siquiera me preguntaste si estaba cómoda con esto? Moviste los hilos… y siempre me pidió que no lo hiciera.
—No lo hiciste —la sonrisa de Charlotte creció, y con ella hizo una pequeña venia, como si reconociera una jugada magistral—. Yo lo hice por ti.
Guiñó un ojo y se dirigió a la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó Stefani.
—¿Ya me extrañas? —Charlotte negó con el dedo índice—. Ya no puedes.
Stefani puso los ojos en blanco. Charlotte rió.
—¿Te conté que mis padres y mi hermana viven aquí?
—¿En Suiza?
Charlotte asintió.
—Voy a verlos. No me esperes porque no vuelvo.
El tono era jocoso. La decisión, no.
Salió finalmente de la habitación con una satisfacción tranquila, como si acabara de acomodar una pieza que llevaba tiempo fuera de lugar.
Afuera, un taxi ya la esperaba.
El trayecto fue corto. Directo. El hotel de Giulia apareció sin ceremonia, elegante y discreto, como ella. Charlotte bajó, entró y, antes de cruzar el lobby, envió el mensaje.
¿Reservaste una habitación para mí o me dices dónde está la tuya?
La respuesta llegó un minuto después.
1705.
Charlotte sonrió. Traviesa. Intentó ocultarla mientras subía en el ascensor, pero fue inútil. El reflejo del espejo la delató.
Llamó a la puerta.
Giulia abrió.
Y la sonrisa se le escapó por completo.
—¿Ya estoy perdonada? —preguntó Giulia, con esa mezcla exacta de ironía y desafío que siempre había sido lo de ambas—. Porque solo tengo 24hrs para hacerte visita.
Charlotte no respondió de inmediato.
Entró.
Cerró la puerta detrás de sí.
Y, por primera vez en semanas, el tablero dejó de importar.