Charlotte

Capítulo 134. — Noche sin tablero.

Charlotte cerró la puerta detrás de sí con un gesto suave, casi cuidadoso, como si el sonido pudiera romper algo que todavía no tenía forma definida. El hotel estaba en silencio, amortiguado por alfombras gruesas y una calefacción constante que envolvía el aire en una tibieza ajena al invierno suizo. Afuera, la noche seguía siendo fría y exacta; adentro, todo parecía suspendido en un intervalo que no respondía a relojes.

Giulia ya estaba en pijama. Seda clara, pantalón largo, la tela cayéndole sin esfuerzo sobre el cuerpo. Descalza. El cabello suelto, sin intención de ordenarlo, como si hubiera decidido no corregirse para nadie. Estaba apoyada contra el borde de la cama, con los brazos cruzados de una forma relajada que no defendía ni invitaba, simplemente existía.

Charlotte apenas se volvió para mirarla. Y sonrió.

No fue la sonrisa torcida de los tableros. No fue la que anunciaba una jugada. Fue una más lenta, más abierta, como si el gesto se le hubiera escapado antes de que pudiera pensarlo.

—No me esperaste —susurró, casi para sí misma.

Giulia le devolvió la sonrisa con una calma que desarmaba. No había reproche en su mirada, ni triunfo. Solo una certeza tranquila.

—¿No piensas saludarme? —preguntó, con una suavidad que no empujaba, pero tampoco retrocedía.

Charlotte dio un paso. Luego se detuvo.

Y ahí ocurrió algo inédito.

Dudó.

No por cálculo. No por estrategia. Dudó como dudan las personas que no saben cuál es la distancia correcta cuando el cuerpo va por delante de la cabeza. Se le tensaron apenas los hombros, un gesto mínimo que en cualquier otra habría pasado desapercibido, pero que en ella era casi una confesión.

—¿Puedo? —preguntó.

La pregunta quedó flotando entre ambas, cargada de todo lo que no decía: ¿puedo acercarme?, ¿puedo quedarme?, ¿puedo tocarte sin convertir esto en una toma de territorio?

Giulia asintió.

Nada más.

Charlotte cruzó el espacio que las separaba y, cuando sus brazos rodearon a Giulia, lo hizo sin prisa y sin reservas. El abrazo fue inmediato, apretado, cálido, de esos que no buscan impresionar ni seducir, sino comprobar que el otro está ahí de verdad. Giulia respondió del mismo modo, aferrándose a ella con una naturalidad que no pedía garantías.

Se quedaron así unos segundos largos. Demasiados para un saludo. Insuficientes para todo lo que venía acumulándose desde hacía años.

Charlotte apoyó el rostro en el cuello de Giulia y aspiró despacio. El olor era el de siempre y, al mismo tiempo, distinto: jabón neutro, algo floral apenas perceptible, piel. Giulia cerró los ojos al reconocer el perfume de Charlotte, ese rastro elegante y persistente que siempre la había acompañado incluso cuando no estaba presente.

Se quedaron impregnadas una de la otra, como había ocurrido tantas veces antes, como si ese gesto sencillo fuera una costumbre antigua que el tiempo no había logrado borrar.

El abrazo no se rompió de golpe. Se aflojó despacio, con una resistencia leve, como si ambas necesitaran un segundo más para aceptar que ya no estaban solas en esa habitación.

—Estás fría —murmuró Giulia, deslizando las manos por la espalda de Charlotte con un cuidado que no pretendía ir más allá.

Giulia la miró entonces con atención plena, como si le estuviera dando permiso no solo para estar ahí, sino para ser vista sin defensas. Charlotte sostuvo la mirada. No apartó los ojos. No se refugió en el humor ni en el control. Dejó que el silencio hiciera su trabajo.

—Pasa —dijo Giulia al fin, señalando el interior de la habitación, aunque Charlotte ya estaba dentro—. No tienes que quedarte de pie.

Charlotte asintió y dejó la bolsa sobre una silla, se quitó el abrigo con un movimiento lento, consciente de cada gesto, como si el cuerpo estuviera reaprendiendo a ocupar un espacio compartido. El ambiente estaba cargado de una intimidad tranquila, sin urgencia, sin espectáculo.

Por primera vez en mucho tiempo, Charlotte no sentía la necesidad de adelantarse a nada.

Estaba ahí.

Y eso, para ella, era un acto radical.

Giulia se acomodó primero, con un movimiento lento y deliberado, y terminó sentándose sobre una de las piernas de Charlotte, entre las almohadas desordenadas de la cama. No fue un gesto teatral ni provocador; fue íntimo, casi doméstico, como si ese lugar le perteneciera desde siempre. El peso era leve, justo lo suficiente para que Charlotte lo sintiera y, al mismo tiempo, no se viera obligada a reaccionar.

Giulia la miró desde ahí arriba, de cerca, con una dulzura que no necesitaba énfasis. Sus manos descansaban con naturalidad sobre los hombros de Charlotte, los pulgares trazando círculos distraídos, lentos, que parecían no buscar nada más que presencia.

—¿Cómo estás? —preguntó.

La voz fue suave, baja, sin urgencia. No era una pregunta de cortesía ni una invitación al drama. Era una pausa ofrecida. Y por alguna razón —o por muchas— ese tono resultó profundamente relajante para Charlotte. Sintió cómo algo en su pecho se aflojaba apenas, como si el cuerpo hubiera reconocido un ritmo distinto al que llevaba semanas sosteniendo.

—Bien —respondió—. Con mucho trabajo… pero eso ya es habitual.

Giulia no sonrió enseguida. La miró con esa expresión rayada que Charlotte conocía bien: una mezcla de comprensión y desafío silencioso, como si acabara de escuchar una respuesta incompleta y decidiera no dejarla pasar.

—Las veinticuatro horas ya están corriendo —dijo entonces, sin dureza, pero con claridad.

Se inclinó un poco hacia adelante y le extendió la mano, abierta, expectante.

—Dame tu celular.

Charlotte parpadeó, desconcertada.

—¿El mío?

Giulia asintió, sin apartar la mirada, manteniendo esa calma firme que no admitía discusión, pero tampoco imponía.

Charlotte dudó apenas un segundo más. Luego obedeció. Sacó el teléfono del bolsillo del abrigo que había dejado a un lado y se lo entregó. Giulia lo sostuvo entre ambas manos, pero no lo tomó del todo. Levantó la vista otra vez.




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