Charlotte despertó con una sensación extraña y tibia en el pecho.
No fue el cuerpo lo primero que reaccionó, sino la conciencia de una mirada. Abrió los ojos despacio y se encontró con Giulia observándola, aún recostada sobre ella, el mentón apoyado exactamente donde había dormido horas antes. No había prisa en esa mirada, ni expectativa. Solo una atención suave, casi curiosa, como si Charlotte fuera algo que se mira cuando no hay que irse a ningún lado.
Apenas Giulia notó que había despertado, sonrió.
—Nunca te había visto dormir hasta tan tarde —bromeó en voz baja.
Charlotte frunció el ceño apenas, todavía atrapada en esa frontera espesa entre el sueño y la vigilia.
—¿Qué hora es? —preguntó, con la voz más grave de lo habitual.
—Las diez.
Charlotte parpadeó.
Diez de la mañana. No era objetivamente tarde. Pero para Charlotte Queen, era una anomalía estadística.
Giulia pareció disfrutarlo.
—¿Desayunamos en la cama o bajamos al restaurante? —preguntó, incorporándose un poco.
Charlotte se encogió de hombros, todavía medio dormida.
—Elige tú —dijo—. Cualquiera está bien.
La respuesta no era indiferencia. Era algo mucho más raro en ella: confianza.
Giulia se levantó de la cama con una calma deliberada, tomó el teléfono y empezó a pedir servicio a la habitación. Charlotte, por su parte, fue directo al baño. Se lavó la cara con agua fría, se cepilló el cabello con los dedos y entonces lo vio: el cepillo de Giulia, apoyado junto al lavabo. Lo tomó en la mano, lo observó apenas un segundo, como si evaluara una travesura impropia de su edad… y luego se cepilló con él.
Estaba por devolverlo a su lugar cuando decidió tentar la suerte.
Salió del baño con el cepillo apoyado de costado entre la mejilla y la encía, caminando hacia la habitación como si nada.
—Café doble, sin azúcar —dijo, con total naturalidad.
Giulia se volvió despacio.
—Lo sé. —Alzó una ceja. — ¿Ese es mi cepillo?
Charlotte sonrió de lado, torcida, juguetona, y asintió sin decir una palabra antes de girarse y volver al baño, como si no hubiera cometido ninguna infracción.
Desde la habitación, Giulia soltó una risa breve.
Cuando Charlotte regresó, Giulia ya se había hecho una coleta alta, había encendido el televisor y hacía zapping sin realmente mirar nada. Charlotte subió a la cama y se sentó a su lado. Giulia la miró de reojo.
—Vamos a hablar de lo del cepillo —dijo—. En algún momento.
—No —respondió Charlotte—. No vamos a hacerlo.
Desayunaron juntas, sin apuro. Compartieron bandejas, comentarios sueltos, silencios cómodos. Nada extraordinario. Y, precisamente por eso, todo.
Cerca del mediodía, Giulia dejó la taza sobre la mesita y la miró con más seriedad.
—¿Me hiciste volar y cruzar el océano otra vez… para dejarme encerrada?
Charlotte arqueó una ceja.
—¿Pretendes que arme unas vacaciones improvisadas otra vez?
Giulia la fulminó con la mirada, pero el tono que siguió fue distinto. Más bajo. Más honesto.
—No quiero convertirme en algo que tengas que esconder.
Charlotte se cruzó de brazos y sostuvo su mirada sin retroceder.
—No pienso hacer eso.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso. Importante.
Charlotte respiró hondo y continuó:
—Si tuvieras más tiempo, hasta te pediría que vinieras conmigo al show de mañana. Pero tienes que irte.
Giulia asintió, aceptando esa realidad sin dramatismo.
Entonces Charlotte sonrió, como si acabara de tomar una decisión repentina.
—Pero salgamos —dijo—. Acompáñame a ver a Sophia. Va a hacer un berrinche horrible si no voy a verla antes de irme de Suiza.
Giulia la miró un segundo más… y sonrió.
Y en ese gesto simple quedó claro que lo que estaba empezando entre ellas ya no pedía escondites. Solo decisiones.
Giulia se levantó de la cama con un entusiasmo que desentonaba deliciosamente con la hora y con la seriedad habitual de sus días. Había en ella algo ligero, casi juvenil, como si por un momento hubiera retrocedido a sus veintitantos. Charlotte la observó sin disimulo, apoyada contra el respaldo de la cama, siguiendo cada movimiento como quien mira una escena que no necesita ser apresurada para disfrutarse.
Giulia abrió la maleta y empezó a rebuscar entre la ropa, sacando una prenda aquí, doblando otra allá, tarareando algo apenas audible. Luego tomó lo necesario y se metió al baño. Cerró la puerta… pero no del todo. La dejó apenas ajustada, lo suficiente como para que la línea de la luz quedara visible, como una invitación que no se formulaba en voz alta.
Era un juego.
Y dejar la puerta así había sido, sin duda, el movimiento mejor calculado de la partida.
Para Charlotte, resistirse a terminar de abrirla fue lo más difícil que había hecho en horas. Era como tener un jaque mate evidente frente a ella y saber, con absoluta certeza, que mover esa pieza significaría perder a la reina en el siguiente turno. El impulso estaba ahí, claro, poderoso, tentador. Pero Charlotte Queen no había llegado donde estaba dejándose arrastrar por la emoción.
Jugó como mejor sabía hacerlo.
Pensó dos movimientos adelante. Eligió la inteligencia antes que el deseo inmediato. Y se quedó dónde estaba.
Minutos después, Giulia salió del baño envuelta en una bata ligera, el cabello recogido de forma torpe, con mechones sueltos que no la hacían deslucir en lo más mínimo. Caminó por la habitación con naturalidad, como si no estuviera siendo observada con una intensidad que rozaba lo físico.
Se quitó la bata frente a Charlotte, sin pudor alguno.
Ahí fue cuando a Charlotte se le comprimió el pecho, como si el aire hubiera decidido abandonar la habitación de golpe. Sus ojos no pudieron evitar seguir cada gesto de Giulia, cada movimiento tranquilo, seguro, consciente. Giulia sonreía mientras se ponía el pantalón, sin siquiera levantar la mirada, sabiendo perfectamente lo que estaba haciendo. Sabía el efecto. Y no necesitaba confirmarlo.