Charlotte

Capítulo 136. — La promesa de intentarlo, Y Sophia.

Charlotte no lo anunció como una pregunta ni como una concesión. Lo dijo con la naturalidad de quien ya tomó la decisión y no ve motivo para justificarla.

—Nos quedamos —dijo—. Las dos. Pasamos la noche aquí.

Sophia sonrió de inmediato, satisfecha, como si esa resolución confirmara algo que ya daba por hecho desde que había corrido a abrazarla en la entrada. Evelyn, en cambio, asintió con calma y se disculpó con un gesto breve.

—Permítanme un momento —dijo—. Enviare a hacer los preparativos.

Charlotte la vio alejarse con la certeza de que esas “indicaciones” no iban a ser tan simples como parecían.

La noche terminó de caer sin aspavientos. A las nueve en punto, Richard fue el primero en retirarse. Lo hizo con un bostezo contenido y una mano firme apoyada en el hombro de Sophia.

—Arriba —ordenó—. Mañana hay escuela.

—No es tan temprano —protestó Sophia, juguetona.

—Si no vas a la escuela, ni siquiera Charlotte podrá sacarte de aquí —contraatacó él, sin perder la sonrisa.

Sophia lo miró, evaluándolo como quien mide fuerzas… y perdió. Subió las escaleras protestando a medias, lanzando una última mirada cómplice a Charlotte antes de desaparecer arriba con Richard.

El silencio que quedó fue distinto. Más íntimo. Más lento.

Unos minutos después, Evelyn se puso de pie.

—Acompáñenme —pidió.

Charlotte y Giulia intercambiaron una mirada breve antes de seguirla. Subieron las escaleras sin hablar, atravesando el pasillo familiar que Charlotte conocía de memoria. Evelyn se detuvo frente a una puerta y la abrió sin ceremonia.

La habitación de Charlotte.

Evelyn encendió la luz y les mostró, con gestos tranquilos, lo que había preparado: toallas limpias dobladas con cuidado, cobijas extra sobre una butaca, almohadas adicionales acomodadas al costado de la cama. Sobre el edredón, dos pijamas de Charlotte, prolijamente dobladas.

—Por si las necesitan —dijo.

Luego se giró hacia la puerta, pero antes de irse dejó caer, como quien comenta el clima:

—No creí que tuvieran problemas en compartir habitación —añadió—. Así que no preparé la de invitados.

Y se fue.

Giulia se quedó quieta un segundo, mirando la cama, las pijamas, la disposición evidente de todo. Luego miró a Charlotte, confundida, buscando una explicación que no terminaba de formular.

Charlotte, en cambio, no parecía sorprendida.

La observaba con una media sonrisa contenida, leyendo cada movimiento de su madre con la misma precisión con la que siempre había leído los tableros complejos. Evelyn no había improvisado nada. Nunca lo hacía. Aquello no era una omisión: era una declaración silenciosa.

Charlotte se encogió apenas de hombros.

—Mi madre es… eficiente —dijo.

Giulia soltó una risa baja, todavía procesando.

La puerta cerrada, la casa en calma, la noche asentándose del todo.

Quedaron frente a frente bajo las cobijas, con los cuerpos ya rendidos pero la conciencia todavía despierta. La habitación estaba apenas iluminada por la luz de la luna que se colaba entre las cortinas, suficiente para dibujar contornos, para permitir mirarse sin exponerse del todo. Todo lo demás parecía haberse retirado: la casa, el apellido, el peso del día.

Giulia fue la primera en moverse. Alzó la mano con lentitud y le acarició el rostro a Charlotte, como si estuviera confirmando algo que ya sabía. Sus dedos recorrieron la línea de la mejilla, el ángulo preciso de la mandíbula, la piel tibia que siempre había sido firme y ahora, de algún modo, estaba más disponible.

—Me gusta lo que veo —dijo en voz baja.

Charlotte no respondió. No porque no supiera qué decir, sino porque cualquier palabra habría roto ese equilibrio frágil que recién se estaba armando. Giulia no pareció necesitar respuesta. Continuó acariciándola, sin prisa, sin intención de ir más allá.

—Han cambiado las cosas —añadió—. Para bien.
Hizo una pausa mínima, como si eligiera con cuidado cada idea.
—La relación con tus padres… esa versión tuya con Sophia. Me gusta —repitió, con una convicción tranquila.

Charlotte tragó saliva antes de hablar.

—Los años hacen lo suyo —admitió—. Vivir en continentes distintos también.
Dudó apenas un segundo.
—Y Sophia… indiscutiblemente Sophia.

Giulia sonrió, ya con el cansancio marcándole los ojos, con esa expresión de quien no solo entiende algo, sino que lo había esperado.

—Lo supe —murmuró—. Lo vi venir desde que las vi juntas… piel con piel aquella tarde, hace quince años.

Charlotte sonrió también, una sonrisa breve, casi melancólica. Giulia fue cerrando los ojos de a poco, el cuerpo soltándose sin resistencia, hasta que su respiración se volvió profunda y regular. Se quedó dormida así, a centímetros, confiada de una forma que no necesitaba ser confirmada.

Charlotte, en cambio, no logró seguirla.

Cerró los ojos. Los volvió a abrir. Tener a Giulia tan cerca era demasiado. Las palabras de Sophia resonaban con una claridad incómoda. Las de Evelyn pesaban más de lo que quería admitir. Y, sin pedir permiso, apareció Jonathan, la última vez que se permitió tener a alguien de verdad… y cómo terminó todo aquello. Era una mezcla improbable de sensaciones, más de las que se había concedido en años.

Con extremo cuidado, se deslizó fuera de la cama. Cada movimiento fue medido, casi ceremonial, para no despertarla. Salió de la habitación y bajó a la cocina en silencio. Encendió la luz tenue, calentó agua —su único talento culinario— y se sirvió un té. Se quedó ahí, de pie, con la taza entre las manos, la cabeza llena de posibilidades que no intentó ordenar.

Fue entonces cuando escuchó pasos suaves detrás de ella.

—¿No puedes dormir? —preguntó Giulia, con la voz todavía perezosa, arrastrada por el sueño.

Charlotte no se sobresaltó. Sonrió apenas, sin girarse del todo.

—Parece que no —respondió.

—¿Por mí? —preguntó Giulia.




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