Giulia le extiende la mano sin decir nada más.
No hay ceremonia en el gesto, pero sí intención. Charlotte la toma de inmediato, como si hubiera estado esperando exactamente eso, y juntas se internan en el yate. El pasillo es silencioso, amortiguado, y el movimiento del mar se siente apenas bajo los pies, constante, vivo.
Giulia abre una puerta y la deja pasar primero.
El camarote principal.
Charlotte se detiene apenas cruza el umbral. Hay una terraza privada que se abre al negro del océano, una cama inmensa que ocupa el centro con una presencia casi insolente, sonido integrado, una pantalla discreta, un baño amplio con tina profunda, y un vestier pequeño pero pensado para quedarse. No es ostentoso. Es preciso. Como todo lo que Giulia hace cuando decide algo.
Charlotte gira sobre sí misma despacio, absorbiendo el espacio.
—Es perfecto —dice al fin.
Aprieta la mano de Giulia con un gesto breve, sincero. Agradecimiento sin adornos.
Luego la mira, ladeando apenas la cabeza, y deja escapar esa sonrisa suya, traviesa, peligrosa, que siempre anuncia problemas.
—Asumo que te quedas conmigo.
Giulia no responde de inmediato.
—Si quieres —dice finalmente, con una calma que no confirma ni niega nada.
Charlotte no le da tiempo a nada más. Tira de su brazo con decisión y la atrae hacia ella, cerrando el espacio entre ambas de golpe. La envuelve con los brazos, firme, controlada, dejándola a apenas un roce de distancia. Sus labios quedan peligrosamente cerca.
—Llevo meses deseando esto —susurra Charlotte, con la voz baja, cargada de verdad.
Giulia sonríe, sin perder el pulso.
—¿Deseando qué? —pregunta—. Ya dormimos juntas en Canadá.
Charlotte la mira directo a los ojos. No parpadea. No esquiva.
Esa intensidad suya, esa forma de sostener la mirada cuando no está jugando, Giulia la reconoce de inmediato.
—Sabes a qué me refiero —dice Charlotte.
Eso es suficiente.
Giulia la besa.
No es un beso medido. Es intenso, profundo, con hambre contenida demasiado tiempo. Le toma el rostro con ambas manos y la sostiene ahí, sin permitir escapatoria, como si hubiera decidido que ese punto exacto del mundo no se mueve hasta nuevo aviso. Charlotte responde con la misma entrega, con la respiración desordenándose, con un quejido bajo que no intenta ocultar, con las manos recorriendo el cuerpo de Giulia como si lo estuviera reconociendo otra vez.
El aire empieza a faltar.
El tiempo se diluye.
Giulia intenta detenerse. Lo intenta de verdad. Se separa apenas, vuelve a besarla, vuelve a alejarse, como si cada centímetro costara una decisión distinta. Hasta que, finalmente, lo logra.
Apoya la frente contra la de Charlotte, ambas agitadas.
—Esta noche tampoco —susurra Giulia, aún sobre sus labios.
Charlotte abre los ojos. La mirada se le endurece apenas, cargada de deseo no resuelto.
—¿Ahora vas a jugar a ser novias de manita sudada? —pregunta, con ese filo suyo que aparece cuando algo le importa demasiado.
Giulia se ríe. Se libera del agarre con agilidad y, antes de que Charlotte pueda reaccionar, se arroja sobre la cama. Se acomoda entre las sábanas como si siempre hubiera sido su lugar.
—Ni siquiera somos novias como para jugar a eso —dice—. Y tampoco te estoy pidiendo que lo seas.
Hace una pausa breve, ladeando la cabeza.
—Odiaría convertir tu cumpleaños en un aniversario —bromea.
Luego, sin perder la sonrisa, sentencia:
—Pero aún no sucedera.
Se mete bajo las cobijas con naturalidad absoluta, dejando a Charlotte de pie, respirando hondo, con el pulso todavía acelerado y la certeza incómoda de que Giulia no está huyendo… está eligiendo.
Charlotte la observa unos segundos más.
Luego se quita los zapatos despacio y se acerca a la cama.
Esta noche no cruza la línea.
Pero se queda lo suficientemente cerca como para saber exactamente dónde está.
*
Amanece después de unas pocas horas que no se sintieron como sueño, sino como una tregua frágil.
Horas de mirarse a los ojos en la penumbra, de reconocer los labios de la otra sin tocarlos, de permitir que el deseo respirara sin avanzar. Giulia le acarició el rostro a Charlotte con una delicadeza casi antigua, los pómulos, la comisura de la boca, los labios apenas rozados, luego el cuello, lento, medido. Charlotte no se movió. No porque no quisiera, sino porque entendió el límite y lo respetó. Y Giulia no se permitió más.
Durmieron apenas lo suficiente.
El sol entra con fuerza, sin pedir permiso, y el vaivén distinto del yate lo confirma antes que la luz: han soltado el ancla. El motor suena bajo, constante, y el agua ya no está quieta alrededor.
Giulia es la primera en despertar del todo.
Se levanta con cuidado para no despertarla, aunque sabe que Charlotte no duerme profundamente desde hace años. Va al baño, se pone un vestido de baño sencillo, se suelta el cabello y vuelve a la cama con una energía distinta, liviana, casi juvenil.
Se deja caer sobre Charlotte sin aviso.
Le roba besos en el rostro, aquí y allá, la frente, la mejilla, la nariz, hasta que Charlotte se estira como un gato perezoso, protestando en silencio, los ojos todavía cerrados.
—Arriba —dice Giulia, entusiasmada—. Ya llegamos.
Charlotte abre un ojo.
—¿A dónde? —pregunta, con la voz baja, arrastrada por el sueño.
—Vístete —ordena Giulia, sin explicar nada.
Charlotte alza una ceja, apenas empezando a procesar dos cosas al mismo tiempo: que Giulia le está dando órdenes cada vez con más naturalidad… y que, milagrosamente, está obedeciendo.
Va al baño sin discutir.
Se viste con lo que encuentra primero: un pantalón blanco, ancho, hasta los tobillos, y un body del mismo color. Nada estratégico. Nada pensado para la playa. Sale aún descalza.
Bajan del yate. El aire es distinto, más salado, más vivo. Giulia le extiende la mano para ayudarla a bajar a la embarcación pequeña que las llevará a tierra.