Charlotte

Capítulo 143. — No fuimos solo uno de los otros amores.

Regresan a la cabaña en la madrugada.

No corren.
No hablan demasiado.

El mar queda atrás con un murmullo constante y la arena aún pegada a la piel. Se cubren a medias con la ropa que encuentran primero: camisas abiertas, telas ligeras que no buscan esconder nada, solo acompañar el trayecto corto de vuelta. Caminan juntas, los hombros rozándose, las manos encontrándose y soltándose como si todavía estuvieran aprendiendo el peso real del otro.

La puerta se cierra detrás de ellas sin ceremonia.

No encienden todas las luces. No hace falta.

Van directo a la habitación principal, todavía húmedas, todavía con el pulso alto. La cama las recibe sin resistencia cuando se arrojan sobre ella, riendo apenas, respirando fuerte, como si el cuerpo necesitara ponerse al día con todo lo que acaba de aceptar.

Charlotte queda arriba.

Pero no es el mando de siempre.

No hay prisa.
No hay control.
No hay cálculo.

Hay una Charlotte distinta: más lenta, más presente, con las manos explorando no para poseer sino para sentir. Se inclina sobre Giulia con una atención casi reverente, como si cada gesto fuera una forma de decir estoy aquí. Sus dedos recorren brazos, hombros, la línea suave del cuello, memorizando texturas, temperaturas, pequeños temblores.

Giulia la recibe sin tensión.

La toca de vuelta con la misma intención: no empujar, no dirigir, solo acompañar. Sus manos suben por la espalda de Charlotte, se detienen, vuelven a subir, como si estuviera aprendiendo de nuevo un lenguaje que siempre conoció pero nunca pudo hablar en voz alta.

Se besan.

No como en la playa.
No como antes.

Este beso es más lento. Más hondo.
Un beso que se queda.

Las respiraciones se mezclan. Hay suspiros que no se esconden, pequeños sonidos que nacen sin vergüenza cuando el cuerpo responde antes que la mente. Charlotte apoya la frente contra la de Giulia, cierra los ojos un segundo, y cuando vuelve a abrirlos no hay dureza en la mirada. Hay algo casi vulnerable.

Giulia lo nota.

—Estás aquí —susurra, más afirmación que pregunta.

Charlotte asiente apenas, rozándole la nariz con la suya.

—Sí.

Y ese pesa más que cualquier promesa.

Se mueven juntas con una cadencia tranquila, como si el tiempo hubiera bajado el volumen solo para ellas. No buscan intensidad; la intensidad ocurre sola. Hay caricias que se repiten, manos que vuelven a un mismo lugar porque ahí se siente bien, porque ahí el cuerpo se reconoce.

No es solo deseo.

Es cuidado.
Es entrega.
Es descanso.

Cuando finalmente se quedan quietas, enredadas entre sábanas desordenadas y cuerpos todavía tibios, el silencio que se instala no es incómodo. Es necesario.

Charlotte permanece un momento mirando el techo, respirando profundo, como si algo dentro de ella se hubiera acomodado por fin. Giulia apoya la cabeza en su pecho, escucha el latido, lo sigue con los dedos.

—Esto es nuevo así —dice Giulia en voz baja, Charlotte apenas la mira confundida—. Tú y yo. Sin estar pensando en qué momento te ira o harás como que no sucedió.

Charlotte traga saliva.

—Sin estar pensando en lo que viene después.

Giulia levanta apenas el rostro para mirarla.

—¿Y ahora?

Charlotte baja la mirada hacia ella. No esquiva la pregunta. Tampoco la responde del todo.

—Ahora… —dice despacio— quiero quedarme un rato más aquí.

Giulia sonríe. No pide más.

Se acomoda mejor entre sus brazos, ajusta la sábana sobre ambas con un gesto simple, doméstico, íntimo. Afuera, el mar sigue sonando igual que siempre. Adentro, algo es distinto.

Pasa un momento largo.

De esos en los que el silencio ya no pesa, sino que empieza a arrullar. Giulia siente el cuerpo aflojarse poco a poco, el sueño acercándose con cuidado, como si también él supiera que no debe irrumpir de golpe. Está a punto de rendirse cuando la voz de Charlotte rompe la quietud.

—Creo que te equivocaste con eso de amor de la vida.

Giulia abre los ojos de inmediato.

No se mueve bruscamente. Se incorpora apenas, apoyándose en un codo para poder mirarla. La habitación sigue en penumbra, iluminada solo por la luz tenue que entra desde afuera y dibuja sombras suaves sobre la piel de Charlotte.

—¿A qué te refieres? —pregunta, despacio.

Charlotte no la mira.

Sigue observando el techo, como si ahí estuvieran escritas las palabras que todavía no se anima a decir en voz alta. Respira hondo una vez, dos.

—A que dijiste que Jonathan había sido el amor de mi vida —dice finalmente—. Y que nosotras… solo éramos de los otros amores.

Giulia se incorpora del todo y se sienta a su lado, cubriéndose con la sábana. Coloca una mano sobre su propio pecho, como si necesitara anclarse a algo real antes de seguir. Su mirada no se aparta de Charlotte ni un segundo. La ve consumida por sus pensamientos, seria, expuesta de una forma que rara vez se permite.

—¿No es así? —pregunta con cuidado, sin desafío.

Charlotte niega con la cabeza.

El gesto es pequeño, pero definitivo.

—No —dice—. No lo es.

El silencio que sigue no es incómodo. Es denso. Cargado.

Giulia no la interrumpe. Espera.

Charlotte traga saliva.

—Jonathan fue… importante —continúa—. Fue el primero con el que me lo permití. Fue intenso. Fue todo eso que dices. Pero también fue un momento. Una versión de mí que ya existía, más intensa, más entregada, más intima y que el no alcanzo a conocer porque…

—¿Por qué?

—Porque era una versión de mi que solo tú has conocido —suelta como si siguiera intentando comprender— ¿eso cambia algo? —pregunta de verdad sumida en la duda y eso remueve algo al interior del pecho de Giulia, es la primera vez en 16 años que ve a Charlotte dudar, no saber la respuesta a algo que parece importarle.

Finalmente gira el rostro y la mira.




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