Charlotte

Capítulo 146. — Tradiciones que regresan.

El último concierto del año se llevó a cabo sin sobresaltos.

Luces, gritos, despedidas apresuradas y esa sensación extraña de cierre que solo llega cuando algo termina bien. Volver a Nueva York en vísperas de Navidad dejó a Charlotte con un problema práctico inmediato: qué hacer con Sophia.

La solución fue simple. Implacable.

La llevó a Interscope.

Con órdenes expresas.

—No sale del edificio sin mí —les dijo a seguridad, sin margen de interpretación—. Ningún favor. Ninguna excepción.

Y así fue como Sophia Queen pasó a formar parte del ecosistema interno del edificio.

Charlotte trabajaba.

Sophia hacía de pasante.

Transcribía reuniones interminables. Llevaba recados que perfectamente podían resolverse por teléfono. Organizaba carpetas que nadie volvería a abrir. Aprendía, a la fuerza, lo que significa estar ocupada sin ser protagonista.

Y cuando nadie la necesitaba, desaparecía.

No en la calle. No en problemas.

Se perdía entre los estudios.

Horas enteras.

Entre el piano de cola del Estudio C.
La batería armada permanentemente en el B.
El bajo apoyado contra una pared como si esperara manos inquietas.

Cualquier cosa que pudiera hacer más ruido que ella.

Después de la primera desaparición formal, la secretaria de Charlotte dejó de alarmarse. Aprendió a ubicarla con precisión quirúrgica: o estaba encerrada en algún estudio con los instrumentos, o en la oficina de Richard, al otro extremo del pasillo, hablando de absolutamente todo y nada con la naturalidad de quien no distingue jerarquías.

Era tarde del 23 de diciembre.

Ni una semana desde que habían vuelto a Nueva York.

Cuando el ramo llegó.

Flores rojas.

Demasiado elegantes para pasar desapercibidas.

Acompañadas de un sobre.

La secretaria entró a la oficina de Charlotte con una sonrisa contenida, dejó el arreglo sobre el escritorio y salió sin decir nada. No hacía falta.

Charlotte se puso de pie de inmediato.

Cruzó el escritorio. Tomó el ramo. Y entonces vio la nota.

No necesitó leerla para saber de quién era.

El papel estaba apenas doblado.
Su nombre escrito con esa letra firme, inclinada, inconfundible.

Charlotte sonrió sin darse cuenta.

Alzó la mirada instintivamente, como si Giulia pudiera estar apoyada en el marco de la puerta, observándola con esa calma suya que nunca pedía permiso.

Abrió la nota.

Hay tradiciones que no se pierden, aunque pasen los años, aunque cambien las ciudades o las personas.

Las rosas son una de ellas.

Feliz Navidad, Queen.

— G.

Charlotte dejó escapar una exhalación lenta.

Se permitió ese segundo.

Luego abrió el sobre.

Dentro había otra nota, más pequeña.

Más directa.

Y si tú y la socialite con la que vives quieren venir a Arizona a pasar Navidad conmigo…

me encantaría.

Debajo, dos boletos de avión.

Charlotte los sostuvo entre los dedos un momento largo.

Navidad.

Arizona.

Giulia.

Y Sophia.

El mundo volvió a recolocarse con esa suavidad peligrosa que precede a las decisiones importantes.

Charlotte volvió a sentarse.

Dejó las flores a un lado. Miró la agenda abierta. Las reuniones que podía mover. Las que no. Pensó en Sophia recorriendo los pasillos, en los instrumentos, en la energía contenida.

Tomó el celular.

No llamó.

Se levantó.

Salió de la oficina.

Cruzó el pasillo con paso decidido hasta el Estudio B. Desde afuera ya se escuchaba el golpe constante, seguro, vivo.

Abrió la puerta.

Sophia estaba ahí.

Con las baquetas en la mano.

Sudada. Concentrada. Feliz.

Charlotte apoyó el hombro en la pared.

—Haz una pausa —dijo.

Sophia se detuvo al instante.

—¿La cagué? —preguntó, sin miedo. Solo expectante.

Charlotte levantó los boletos.

—Empaca —dijo—. Nos vamos a Arizona.

Sophia parpadeó.

—¿Castigo o milagro?

Charlotte sonrió apenas.

—Navidad —respondió—. No te emociones de más.




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