Llegar a la casa de Giulia en vísperas de Navidad convirtió la fecha en algo completamente nuevo para Charlotte. No pasaba una Navidad acompañada desde hacía más de una década, y que esa compañía no se sintiera impostada, protocolar ni incómoda, sino verdadera y cálida, le cayó encima como una certeza inesperada. No era nostalgia lo que sentía, sino algo más extraño: pertenencia. Un hogar que no necesitaba ser nombrado para existir.
Giulia apenas cruzó la puerta dejó las llaves sobre el mueble, se quitó los zapatos con la naturalidad de quien vuelve a su propio territorio y fue directo a la ducha. Salió minutos después con un conjunto de lino cómodo, el cabello aún húmedo y esa energía práctica que la definía cuando había algo que hacer. Sin pedir ayuda —porque las Queen no destacaban precisamente por sus talentos culinarios— se sirvió una copa de vino y empezó a preparar la cena.
Charlotte supervisaba desde una distancia prudente, apoyada contra la encimera, observando más que interviniendo, mientras Sophia se instalaba en la barra y atacaba a Giulia con preguntas sin ningún tipo de filtro. Literalmente, esa tarde Giulia le describió su vida, su currículum y su historia con el nivel de detalle que alguien de quince años podía procesar, mientras Sophia la miraba fascinada. Giulia iba y venía entre romper hojas para la ensalada y medir los jugos del jamón en el horno, intercalando bromas con explicaciones simples sobre su trabajo, su rutina, por qué había elegido medicina y cómo había terminado en Arizona.
Cuando cayó la noche, la cena fue igual de animada. Charlotte sonreía más de lo que hablaba, interrumpía poco, observando cómo Giulia y Sophia parecían conocerse de siempre, encajando con una facilidad que no se podía forzar. Había risas, anécdotas exageradas por parte de Sophia y esa complicidad ligera que solo se da cuando nadie está intentando demostrar nada.
Los regalos llegaron después. Giulia le entregó a Sophia una bolsa de una de esas marcas que ella tanto amaba, y Sophia casi saltó de la silla. Luego miró a Charlotte, esperanzada.
—Nada —dijo Charlotte, sin rodeos.
—¿Nada? —repitió Sophia, incrédula.
—Nada —confirmó—. No cobrarte intereses por los doscientos veinte mil dólares ya es suficiente regalo.
Giulia la fulminó con la mirada, y ese fue el inicio de un silencio tenso que no estalló, pero tampoco se disipó del todo. La noche avanzó, y terminaron yéndose a dormir sin resolverlo. Sophia fue a la habitación de invitados, y Charlotte a la principal, la de Giulia.
Ambas estaban terminando de arreglarse para dormir cuando Giulia, sin rodeos, soltó la pregunta que venía masticando desde la cena.
—¿No fuiste muy dura con Sophia?
Charlotte se volvió mientras cerraba los botones de su pijama. Giulia insistió solo con la mirada, paciente pero firme.
—Tengo algo para ella —respondió Charlotte—. Pero no puedo meter un piano de cola en una maleta para traerlo a Arizona.
Giulia sonrió, se levantó y fue hasta su mesita de noche. Abrió una gaveta y sacó una caja pequeña, sencilla. Se la extendió a Charlotte.
Dentro había un bolígrafo. Negro y dorado. Pesado. De marca. Personalizado con una inscripción en cursiva perfecta: C. Queen.
Charlotte sonrió al verlo, genuinamente sorprendida.
—No sabía qué regalarle a alguien que lo tiene todo —dijo Giulia—. Pero espero que esto te haga escribirme un poco más.
Charlotte lo sostuvo un segundo más de lo necesario antes de agradecerle. Luego, formal hasta en la intimidad, se disculpó por no tener un regalo para Giulia, explicando que no había tenido tiempo de comprar nada en medio del imprevisto.
—No esperaba un regalo —respondió Giulia—. Pasar una Navidad juntas después de tanto… ya lo es.
Y ahí se besaron, sin prisa, sin urgencia, como quien no necesita confirmar nada.
Los días pasaron y la decisión, aunque nunca dicha en voz alta, ya estaba tomada. Las Queen pasarían Año Nuevo en casa de Giulia. Entre juntas virtuales, Giulia dejándoles la comida preparada antes de salir y entrando y saliendo del hospital, todo empezó a parecer una rutina armónica, como si así hubiese sido siempre.
La mañana del 31 amaneció con Giulia entrando a la habitación antes de que saliera el sol, ya lista para irse. Se acercó a la cama con una taza de café, le dio un beso a Charlotte que recién empezaba a despertar y se la entregó.
—Voy a solucionar un par de cosas a la oficina —le dijo—. Antes del mediodía vuelvo. Hay una invitación de colegas para esta noche, pero hablamos de eso después.
Charlotte la observaba con una sonrisa torcida, siguiendo las curvas, el tono, el sonido de los tacones de Giulia resonando sobre la madera.
—Mientras me sigas haciendo resonar esos tacones en la cabeza —le soltó—, no voy a poder concentrarme en negarme a nada.
Giulia sonrió y se fue.
Minutos después, con la taza ya vacía, Charlotte inició su rutina de siempre. No la cambiaba por zonas horarias ni ubicaciones: ducha, skincare, cabello, vestirse. Salió de la habitación y fue directo al estar, donde se sentó a leer las noticias desde el iPad. Se perdió en eso más tiempo del que creyó, hasta que escuchó la puerta abrirse.