La mañana siguiente amanece igual que las otras.
El piano suena.
Sophia hace lo suyo desde temprano, instalada frente a las teclas con una naturalidad que ya parece parte del departamento. No toca para impresionar. Toca porque necesita hacerlo. Porque el sonido llena espacios que, de otro modo, quedarían demasiado expuestos.
Charlotte, en cambio, está en el despacho.
En completo silencio.
Hay mucho que hacer. Correos acumulados. Contratos que firmar. Llamadas que devolver. El mundo sigue existiendo, insistente, como siempre. Pero nada inicia.
Charlotte mira la pantalla. Mira la agenda. Mira los documentos.
Quiere hacer todo.
Pero no hace nada.
Y eso, en ella, es extrañísimo.
No es cansancio. No es pereza. No es falta de control.
Es alerta.
Pero no en el sentido tradicionalmente Queen. No es esa alerta eficiente, estratégica, que se activa cuando hay dinero en juego o un imperio que sostener.
Es otra cosa.
Está alerta porque en pocas horas se cumplen las veinticuatro horas que Giulia mencionó.
Y entonces la verá.
La verá después de haber hecho lo que ya reconoce —sin nombrarlo demasiado— como una escena de celos.
Una escena de celos que no lamenta.
Porque Giulia provocarle eso, más de una vez, es el único lujo que Charlotte no está dispuesta a entregarle a nadie más.
Ni siquiera a sí misma.
Así que hace lo que siempre hace cuando algo amenaza con volverse emocional.
Toma el mando.
Exige.
Da instrucciones.
A media mañana, levanta el teléfono y llama a su secretaria.
No necesita decir mucho. Solo lo necesario.
Y eso basta.
Porque a media tarde, el departamento se llena de movimiento ajeno.
Llega una estilista con portatrajes colgados en el brazo.
Llega una maquillista con un maletín impecable.
Todo sucede con esa eficiencia fría que solo ocurre alrededor de Charlotte Queen.
Sophia aparece en el marco del pasillo, todavía con una baqueta mental en los dedos, como si no hubiera terminado de tocar.
Las observa.
Parpadea.
—¿Qué…? —empieza.
Charlotte ni siquiera se gira del todo.
—Voy a la fiesta de cumpleaños de Tara esta noche —dice, como si fuera una reunión más en la agenda.
Sophia se queda quieta un segundo.
—¿Hoy? —pregunta.
Charlotte asiente.
—Y necesito un regalo. Algo adecuado. ¿Podrías buscar algo?
Sophia tarda exactamente medio segundo en encenderse.
—¡Podemos ir juntas! —dice, entusiasmada de inmediato—. Podemos escoger algo increíble. Tara ama…
Charlotte la mira entonces.
Solo una ceja levantada.
La misma ceja que ha detenido juntas directivas completas.
—¿Tienes veintiuno? —pregunta.
Sophia se congela.
—¿Qué?
—¿Tienes veintiuno? —repite Charlotte, sin cambiar el tono.
Sophia abre la boca, la cierra.
—No…
Charlotte asiente, como si eso resolviera todo.
—Entonces no vas.
Sophia frunce el ceño.
—Pero es una fiesta, no un club.
—Es el cumpleaños de Tara. Eso incluye a Stefani —corrige Charlotte—. Eso significa alcohol, adultos y cero paciencia para adolescentes castigadas.
Sophia cruza los brazos, ofendida.
—Estoy prácticamente rehabilitada.
Charlotte la mira como si esa frase fuera un chiste.
—Sophia.
Solo su nombre.
Suficiente para cortar cualquier argumento.
Sophia resopla, derrotada, pero no se va.
Se queda ahí, observándola.
Porque aunque Charlotte esté dando órdenes, aunque esté organizando vestidos y maquillaje y regalos…
Sophia sabe.
Esto no es por Tara.
Quizá una hora después, Sophia vuelve.
No entra haciendo ruido esta vez.
Aparece en el umbral de la habitación con el gesto tenso, la cara de pocos amigos, como si todavía estuviera ofendida por la sentencia de no vas. Pero aun así… hay un brillo en los ojos. Uno pequeño, inevitable. Como si hubiera encontrado algo que no puede evitar compartir.
Camina hasta Charlotte y le extiende el iPad sin decir nada.
Charlotte lo toma.
En la pantalla hay una imagen limpia, perfecta, demasiado cara para ser casual.
Un set de Tiffany’s.
Oro rosa.
Un brazalete delicado, exacto.
Y unos pendientes a juego, pequeños, elegantes, con esa discreción que en realidad es lujo puro.
Charlotte alza la vista lentamente.
—¿Te gusta? —pregunta, mirándola.
Sophia sostiene la seriedad apenas un segundo más. No demasiado. No le dura.
Luego suelta un “sí” casi involuntario, acompañado de un par de brinquitos mínimos, como si el entusiasmo se le escapara por los pies aunque intentara contenerlo.
—Es perfecto —dice de inmediato, ya hablando más rápido—. Mira los pendientes, son pequeños pero no aburridos, y el oro rosa… es Tara total. Es como… sofisticado pero no frío. Y el brazalete es de esos que te pones siempre, ¿entiendes? No es un regalo de “feliz cumpleaños” cualquiera, es un regalo de yo sé quién eres.
Charlotte la observa, inmóvil.
Sophia sigue.
—Además, Tiffany’s es como… obvio. Tara va a morir. Literal. Y tú vas a quedar como—
—Como Charlotte Queen —termina Charlotte, seca.
Sophia sonríe, triunfante.
Charlotte baja la mirada al iPad otra vez, evalúa un segundo, como si fuera una inversión y no un gesto.
Luego toma su teléfono.
Sin decir nada más, le toma una foto a la pantalla y la envía a su secretaria.
A su super secretaria.
La respuesta llega casi instantánea.
Recibido.
Sophia se queda mirando el celular como si acabara de presenciar magia corporativa.
—¿Ya? —pregunta.
Charlotte asiente.
—Ya.
Menos de una hora después, el timbre suena.
Un mensajero entra con una bolsa diminuta, azul claro, impecable, como si el lujo pudiera reducirse a algo que cabe en una mano.