Charlotte

Capítulo 151. — Habitación 1503.

Charlotte no devuelve la mirada. No porque no sepa que Giulia está ahí, sino precisamente porque lo sabe. Porque mirarla sería reconocer que algo se ha desplazado dentro de ella, y Charlotte Queen no reconoce nada en público. En cambio, hace lo que siempre hace cuando el mundo amenaza con volverse demasiado personal: se retira con elegancia, como si nada hubiera ocurrido, como si el baile con Tara hubiese sido solo una anécdota más dentro del caos organizado por Stefani.

Camina hacia la mesa con la calma impecable que la caracteriza, sosteniendo la copa con dos dedos, atravesando cuerpos, luces y humo como si el bar entero se abriera por instinto a su paso. Se sienta al lado de Colleen sin decir nada, como si ese gesto bastara para volver a colocarse en su sitio, en el lugar donde todo vuelve a ser control, conversación superficial y distancia segura.

Pero el teléfono vibra.

Charlotte baja la vista y el mensaje aparece con una claridad brutal, como si el mundo decidiera, por fin, dejar de insinuar.

Giulia:

Cuando termines de comportarte como una niña, estoy en The Peninsula.

Habitación 1503.

Charlotte lee sin parpadear. No hay sorpresa en su rostro, ni escándalo, ni disculpa; lo único que aparece es una chispa traviesa, una sonrisa mínima que no es dulzura sino desafío, como si Giulia hubiera hecho exactamente lo que ella esperaba… o exactamente lo que temía.

Colleen la observa con esa paciencia peligrosa de quien lo entiende todo demasiado bien y, sin necesidad de preguntar por el mensaje, se inclina apenas hacia ella.

—¿Qué tal se sintió? —pregunta, con una suavidad que no es inocente—. Ser la que siente miedo por primera vez.

Charlotte alza la vista con lentitud. En la pista, Stefani y Tara bailan juntas, riendo, brillando, celebrándose como si nada pudiera tocarles, como si el mundo entero fuera solo música y alcohol. Charlotte suelta una risa baja, casi divertida, y responde apenas en un susurro:

—El miedo no es una palabra que exista en mi vocabulario.

Colleen no discute. Solo sonríe como quien sabe que las palabras, a veces, son un escudo más que una verdad.

Unos minutos después, Tara y Stefani regresan tomadas de la mano hacia la mesa, radiantes por la noche, por el exceso, por esa euforia que solo existe cuando alguien como Stefani decide que el cumpleaños de Tara no puede ser una celebración normal, sino un espectáculo. Charlotte revisa el teléfono otra vez, esperando quizá otro mensaje de Giulia, pero lo que aparece no es Giulia.

Es el banco.

Una notificación de transacción debitada de su tarjeta.

La cifra es absurda. Más de diez mil dólares.

Charlotte no necesita pensar quién fue. Dejó a Sophia sola solo un par de horas.

Stefani deja un vaso sobre la mesa con un golpe seco, reclamando atención como si de pronto recordara que además de fiestas también existe el trabajo.

—¡Suficiente! —anuncia—. Les comunico a todos en esta mesa que en un par de días nos reuniremos para finiquitar los detalles de nuestra próxima inversión. Así que los quiero a todos con ambos pies en Nueva York.

Charlotte se pone de pie casi de inmediato, tomando su abrigo con una seriedad repentina que contrasta con el caos alrededor, y pregunta con voz firme:

—¿En tu departamento?

Stefani parpadea, confundida por el cambio de ritmo, por verla alistarse para irse.

—Sí… —responde—. ¿Te vas?

Charlotte se coloca la gabardina con precisión impecable y suelta, como si fuera lo más obvio del mundo:

—Soy niñera, ¿recuerdan?

Las risas estallan alrededor de la mesa, porque en ese círculo todo puede sonar como broma cuando se tiene alcohol en el sistema. Tara ladea la cabeza, divertida, y pregunta:

—¿Dónde está?

Charlotte exhala despacio.

—En casa. Pensé que podría quedarse un par de horas a solas, pero…

Extiende el teléfono hacia el centro de la mesa, dejando que todos vean la notificación del banco, la cifra grotesca, el descaro inevitable.

Stefani se ríe primero, luego Colleen, luego Tara, que abre los ojos como si estuviera viendo una obra de arte.

—Iba a comprar una pizza —suelta Charlotte, sarcástica.

Las risas continúan, acostumbradas a ese juego de poder entre los Queen y el mundo, a esa impunidad que parece graciosa solo porque siempre hay dinero suficiente para sostenerla.

Charlotte ya está lista para irse cuando se detiene una última vez. Mira a Tara con una seriedad breve, casi inesperada.

—Ella eligió tu regalo —dice.

Tara parpadea.

—¿Sophia?

Charlotte asiente.

—Quiere detalles de reacción.

La sonrisa de Tara se suaviza.

—Wow –sale de su boca al abrir la caja y encontrar un brazalete oro rosa con cristales y un par de pendientes a juego— gracias —susurra tímida al mirar a Charlotte.

—Eso costo más de diez mil —bromea Stefani.

—El problema, no son los diez mil sino en que los gastos. Cuando mis padres vean que le estoy renovando toda la tecnología que le quitaron van a buscar una nueva forma de castigo.

Charlotte sale del bar sin mirar atrás.

Afuera, el aire nocturno le golpea el rostro con una frialdad que no limpia nada, pero al menos le recuerda que la ciudad sigue siendo real. La música queda encerrada tras la puerta como un animal que sigue rugiendo sin ella. La seguridad de Stefani apenas alcanza a inclinar la cabeza. Nadie la detiene. Nadie se atrevería.

El chofer ya la espera junto a la camioneta, impecable como siempre, como si el mundo no pudiera permitirse desorden alrededor de Charlotte Queen.

Ella sube sin decir una palabra.

Se sienta.

Cierra la puerta.

Y durante un momento largo, solo hay silencio.

El tipo de silencio donde Charlotte decide qué incendio apaga primero.

Sophia.

O Giulia.

El conductor la mira por el retrovisor con la prudencia entrenada de quien sabe cuándo hablar.




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