Charlotte

Capítulo. 152 — Tres de la madrugada.

El departamento está en silencio cuando llegan.

No un silencio vacío, sino uno nocturno, espeso, de ciudad dormida y luces bajas. Charlotte abre la puerta con la misma precisión con la que abre todo en su vida, pero esta vez hay algo distinto en su postura: no es cansancio, no es derrota… es presencia.

Giulia entra detrás de ella.

No pregunta.

No comenta.

Solo está.

Y eso ya lo cambia todo.

Adentro, sin embargo, hay música.

A las casi tres de la madrugada, Sophia está sentada frente al piano, en pijama, descalza, el cabello suelto y la espalda apenas encorvada sobre las teclas como si el instrumento fuera lo único que mantiene al mundo en su sitio. Toca sin prisa, sin espectáculo, como quien no puede dormir porque el silencio sería demasiado.

Apenas la puerta se abre, Sophia suelta las teclas de inmediato.

El sonido muere en seco.

Se queda inmóvil un segundo y luego gira sobre el banco, mirando hacia la entrada con los ojos abiertos, culpables antes de que alguien diga nada.

Charlotte la observa con seriedad.

Esa seriedad antigua.

—Deberías estar en la cama —dice, sin levantar la voz.

Sophia traga saliva. Está a punto de declararse culpable con solo una mirada, a punto de soltar una excusa torpe, una explicación demasiado larga, cuando de pronto algo ocurre detrás de Charlotte.

Una sombra.

Un perfume.

Una presencia.

Giulia aparece en el umbral.

Y Sophia se queda congelada.

Luego pega un brinquito, todavía sentada, como si el cuerpo reaccionara antes que la mente, y en el siguiente instante ya está de pie, corriendo descalza sobre el piso frío.

—¡Giulia!

No hay prudencia.

No hay distancia.

Solo alivio.

Sophia se lanza a abrazarla con una fuerza que no pide permiso, como si la hubiera extrañado más de lo que sabía, como si verla ahí confirmara que algo no se rompió del todo.

Giulia corresponde de inmediato.

Calurosa.

Firme.

Como si Sophia fuera lo único sencillo en medio de todo lo demás.

La rodea con ambos brazos y apoya la mejilla un instante en su cabello.

—Hola, mentiritas —murmura, con una suavidad que no usa con nadie más—. Tenemos algo de que hablar —le susurra al oído.

Sophia se aferra un segundo más de lo necesario.

Cuando se separa, sus ojos brillan.

—Pensé que… —empieza, pero no termina.

Giulia le sonríe apenas.

—Estoy aquí.

Charlotte permanece a unos pasos, quieta, observando la escena como si no supiera exactamente dónde colocarse dentro de ella. Su rostro sigue serio, pero algo en su mirada se afloja, casi imperceptible.

Sophia recuerda de golpe.

El piano.

La hora.

La tarjeta.

La culpa.

Mira a Charlotte con una expresión que dice lo siento antes de pronunciarlo.

—Yo iba a cancelar lo de la pizza… —susurra.

Charlotte exhala.

—Sophia.

Solo su nombre.

No un grito.

No un castigo.

Una frontera.

Sophia baja la mirada, derrotada, pero Giulia interviene con una calma inesperada.

—¿Qué hiciste ahora? —pregunta, mirándola con una ceja levantada.

Sophia hace una mueca mínima.

—Nada grave.

Charlotte suelta una risa seca, sin humor.

—Diez mil dólares no es “nada grave”.

Giulia parpadea.

Luego mira a Sophia.

Luego vuelve a Charlotte.

Y por primera vez en toda la noche, el aire se rompe de una manera distinta.

No con celos.

No con reproches.

Con algo casi absurdo.

—¿Diez mil… en pizza? —pregunta Giulia, incrédula.

Sophia se encoge de hombros, como si fuera evidente.

—Era una pizza emocional.

Giulia la mira un segundo.

Y entonces, contra toda lógica, suelta una carcajada breve.

Charlotte no sonríe del todo.

—¿Cancelaste las compras? —pregunta Charlotte, pero Sophia solo se encoje de hombros.

Charlotte pone los ojos en blanco con una paciencia que ya no es paciencia, sino resignación entrenada, y camina directo hacia el despacho sin decir nada más, como si la única forma de no perder la cordura fuera enfocarse en lo práctico: recuperar la tarjeta antes de que Sophia convierta la madrugada en una catástrofe financiera mayor.

Sus pasos se pierden por el pasillo.

El departamento queda otra vez en un silencio distinto, uno más doméstico, más íntimo.

Sophia, todavía descalza, todavía con el pijama arrugado y la culpa colgándole en los hombros, mira a Giulia como si hubiera esperado verla toda la semana sin saberlo. Entonces, sin darle tiempo a pensar, le toma la mano con la familiaridad insolente que solo Sophia se permite y la arrastra hasta el sofá.

—Ven —susurra, urgente, como si estuvieran conspirando—. Cuéntame.

Giulia se deja llevar, divertida pese al cansancio. Se sienta, acomodándose apenas, y Sophia se coloca a su lado con las piernas recogidas, demasiado despierta para ser casi las tres de la mañana.

—¿Están juntas? —pregunta Sophia sin rodeos—. ¿Ya arreglaron lo que pasó?

Giulia la observa un segundo largo, como si no supiera por dónde empezar, y luego sonríe con una suavidad que no es exactamente alegría, pero tampoco es derrota.

—Sophia… —murmura—. No te hagas la desentendida.

Sophia parpadea.

Giulia inclina la cabeza apenas, divertida.

—Ya sé que tú enviaste las rosas.

El cuerpo de Sophia se tensa como si la hubieran atrapado robando.

—¿Qué…? —intenta.

—Rosas rojas. A nombre de Charlotte —continúa Giulia, tranquila—. Creí que era demasiado romántico incluso para ella.

Sophia hace una mueca con la boca, esa expresión infantil de me descubrieron, y baja la mirada un instante antes de volver a levantarla con alarma genuina.

—¿Charlotte lo sabe? —pregunta rápido.

Giulia niega.

—No.

Sophia suelta el aire como si hubiera estado conteniéndolo desde ayer.




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