La mañana siguiente amaneció con una luz insolente filtrándose por los ventanales de la suite, como si Las Vegas no reconociera resacas ni consecuencias. El Strip continuaba brillando con la misma intensidad artificial de la noche anterior, indiferente a los cuerpos que ahora se movían con más lentitud, protegidos por gafas oscuras y sostenidos por café fuerte.
El plan, decidido entre risas y promesas vagas antes de dormir, fue ejecutado sin titubeos: vaciar las tiendas de alta costura de la ciudad. Y no como metáfora.
Stefani y Tara caminaban tomadas de la mano, envueltas todavía en esa burbuja luminosa donde cada gesto del otro parecía confirmar que el mundo estaba correctamente alineado. Sarah, Colleen, Natali y Sonja orbitaban a su alrededor como un séquito entusiasta y organizado, opinando sobre cortes y telas, sosteniendo bolsas, negociando ajustes exprés con asesoras que jamás habían visto tarjetas negras operar con semejante velocidad.
Charlotte caminaba con ellas. Sonreía, opinaba, intervenía con precisión cuando algo no estaba a la altura y pagaba sin vacilar cuando la decisión ya estaba tomada. Lo intentaba con fervor. Intentaba pertenecer sin dirigir, formar parte sin convertir la experiencia en una operación bajo su supervisión. Se obligaba a relajarse, a permitir que otras eligieran, a reír cuando Natali exageraba sobre lo “histórico” que sería aquel vestido rojo imposible que, en el fondo, ninguna terminaría usando.
Sin embargo, en medio del brillo de los probadores y el murmullo constante de asesoras, una pregunta insistente comenzaba a girar en su interior con una claridad incómoda. ¿Era ese el precio? ¿Estar sola el resto de su vida como consecuencia inevitable de las decisiones que había tomado?
Se juzgó con una severidad que jamás aplicaría a nadie más. Intentó convencerse de que aquella sensación tenía una explicación lógica: estaba demasiado cerca de una boda que no era la suya, demasiado implicada emocionalmente en una historia ajena que culminaba en promesas públicas, demasiado expuesta a una intimidad compartida que ella, durante décadas, había preferido mantener en privado. Tal vez era solo el contexto. Tal vez era la proximidad del compromiso lo que magnificaba la sensación.
Pero una parte de ella sabía que no era tan simple.
No era envidia ni nostalgia. Era la evidencia de que se había permitido sentir tanto con Giulia que ahora la ausencia no podía maquillarse con agenda ni con lujo.
Regresaron a la suite entrada la tarde, cargadas de bolsas, cajas y comentarios superpuestos sobre cuál de los vestidos sería el definitivo para la cena previa a la boda. Cuando la puerta se abrió, el recibidor quedó en silencio apenas un segundo.
Allí, sobre la consola central, ocupando el espacio con intención casi teatral, descansaba un ramo inmenso de rosas de un tono profundo y perfectamente dispuesto.
Charlotte se detuvo.
Rosas.
El pensamiento fue inmediato y automático: Giulia.
La lógica, sin embargo, llegó antes que la emoción. Era imposible que fueran de su parte. Imposible que supiera dónde estaban. Imposible que eligiera ese gesto en ese contexto. Y aun así, durante una fracción de segundo, sintió el estómago vaciarse.
Sonja reaccionó primero. Se adelantó con su eficiencia habitual, tomó la tarjeta y la abrió sin ceremonia.
—“Estaría encantada si me acompañan mañana durante el show. Un caluroso abrazo a las futuras Sras. Germanotta Savelo. Con amor, Adele Adkins.”
El silencio se rompió en exclamaciones inmediatas.
—¿Adele?
—No puede ser.
—¿Es en serio?
Tara llevó las manos al rostro con incredulidad, Stefani comenzó a reír mientras intentaba procesar la sorpresa y Natali ya preguntaba por horarios, ubicación y código de vestimenta para un show que prometía ser cualquier cosa menos ordinario.
Charlotte sonrió.
Y, al mismo tiempo, sintió abrirse un vacío limpio y preciso bajo el esternón.
Adele.
La misma Adele de veintitantos años que había conocido cuando el mundo aún no era tan grande ni tan pesado. La misma que la molestaba sin pudor cuando Jonathan entraba en la habitación. La misma que había sido amiga de Jonathan.
El nombre no necesitaba pronunciarse para existir.
Desde su muerte, Charlotte había evitado ciertos encuentros y determinados círculos que implicaban enfrentarse a recuerdos que nunca terminaban de acomodarse en el lugar correcto. No porque no pudiera sostenerlos, sino porque hacerlo significaba admitir que había partes de su historia que jamás cerraron del todo.
Si Adele sabía que Stefani estaba en el hotel, lo más probable era que también supiera que ella lo estaba. Las Vegas no era tan grande y Adele, ciertamente, no era ajena a los movimientos de la industria.
Charlotte sostuvo la sonrisa mientras las demás ya planeaban la noche siguiente, imaginando mesas privadas, canciones dedicadas y fotografías imposibles. Por dentro, sin embargo, la sensación era distinta.
Giulia era una herida abierta.
Adele era un eco.
Y los ecos, a veces, resultaban más peligrosos porque no gritaban; simplemente recordaban.
Charlotte dio un paso hacia el ramo y rozó con los dedos uno de los pétalos, confirmando su textura como si necesitara anclarse a algo tangible. Luego retiró la mano con elegancia contenida.
—Parece que tenemos plan para mañana —comentó con calma medida.
Sonja ya organizaba la logística, Stefani reía, Tara la abrazaba por la cintura y las demás celebraban la coincidencia improbable que solo Las Vegas podía ofrecer.
Charlotte observó la escena un segundo más de lo habitual.
Había sobrevivido a una noche en la ciudad del exceso.
Pero el pasado, al parecer, había decidido reservar asiento para el día siguiente.
Sonja fue la primera en reaccionar ante la euforia colectiva que desató la invitación de Adele. Sin necesidad de instrucciones, comenzó a servir tragos como si aquella sorpresa hubiera sido parte del itinerario oficial desde el principio. Las botellas se destaparon con rapidez, el hielo tintineó dentro de las copas y, en cuestión de minutos, la suite volvió a llenarse de música, risas y ese tipo de energía que convierte cualquier espacio privado en territorio de celebración.