Giulia no aparta la mano de inmediato, pero tampoco la aprieta; la sostiene con una firmeza medida, como si todavía estuviera decidiendo cuánto más puede exponerse sin traicionarse a sí misma otra vez. Sus ojos, húmedos pero firmes, no buscan suavizar lo que va a decir.
—Entonces, ¿qué se supone que haga ahora, Charlotte? —pregunta finalmente, sin elevar la voz, pero dejando que cada palabra caiga con un peso imposible de ignorar—. ¿Debo simplemente dejarte volver y fingir que nada pasó? ¿Hacer como si no me hubieras ignorado durante meses mientras yo estaba intentando reorganizar mi vida entera?
No hay histeria en el reclamo, ni dramatismo innecesario. Hay algo mucho más incómodo: memoria y dignidad.
Charlotte niega con la cabeza casi de inmediato, y esta vez el gesto no tiene nada de calculado.
—No —responde, acercándose apenas—. No quiero fingir que nada pasó, porque pasó. Te ignoré. Me escondí. Me refugié en lo único que siempre me ha funcionado: el trabajo, la agenda, el control. Y no estuvo bien.
La mira de frente, sin el menor intento de sostener una postura superior.
—No te he sacado de mi mente desde la última vez que nos vimos —continúa, y ahora la voz no es firme ni perfecta, sino honestamente vulnerable—. Me dolía pensar que podías estar con alguien más. Me dolía imaginar que estabas construyendo algo sin mí. Y aun así, aunque ese pensamiento me quemaba por dentro, no estaba dispuesta a soltarte.
Giulia la escucha sin interrumpirla, conmovida pero aún erguida, como si la emoción no pudiera borrar el límite que tanto le costó aprender a poner.
—Solo necesitaba tiempo —añade Charlotte, sabiendo que la frase puede sonar insuficiente, pero negándose a esconderla—. Sabes mejor que nadie que los sentimientos me abruman. Que cuando algo me importa demasiado, mi primer impulso es analizarlo hasta volverlo manejable. Contigo eso nunca ha funcionado, y lo sabía, pero aun así intenté hacerlo.
Respira hondo antes de continuar.
—Acabo de aterrizar de Las Vegas y, antes siquiera de entrar a mi apartamento, ya había tomado una decisión. Iba a buscarte. En Arizona, en Nueva York, en Italia si era necesario. Porque me costó demasiado tiempo entender que eres el jodido amor de mi vida como para seguir actuando como si pudiera permitirme perderte.
Las lágrimas comienzan a acumularse en los ojos de Giulia, que ya no intenta esconder la conmoción, pero su postura no se suaviza del todo.
—Precisamente por todo ese tiempo —responde con voz contenida— es que no puedo volver a permitirme ser tu inseguridad. Me costó demasiado construir a la Giulia que soy ahora, la que no depende de que alguien decida si se queda o se va. Permitir que tú regreses cada vez que el miedo se te pasa sería destruir todo eso.
Charlotte siente cómo la convicción en esa mirada le atraviesa el pecho con una claridad insoportable. No es una amenaza ni una manipulación; es una mujer que aprendió a protegerse.
—¿Eso es todo? —pregunta Charlotte, con la voz ya quebrada.
Giulia la mira, herida, y el silencio que sigue es más elocuente que cualquier respuesta.
Entonces Charlotte pierde la última capa de contención que aún intentaba sostener.
—Te amo —dice, y la frase no suena grandiosa ni épica, sino urgente y real—. Te amo y no supe qué hacer con eso. Perdóname por no saber manejar lo que siento, por estas ganas incontrolables que tengo de tenerte cerca siempre, por la necesidad absurda de tocarte, de besarte, de reconocer tu olor cuando entras a una habitación.
Las lágrimas comienzan a caer sin que ella intente detenerlas.
—Perdóname por los celos, por querer que seas solo mía, por no saber amar sin intentar protegerme primero. Perdóname por huir cuando lo que sentía era demasiado grande.
La respiración se le descompone y, por primera vez en toda la historia que han compartido, Charlotte no intenta recomponerse.
—No me dejes —dice finalmente, y ya no es una frase orgullosa, sino un ruego desnudo—. No termines la historia. Hemos sobrevivido a demasiadas cosas como para rendirnos ahora. A internados, a continentes, a la muerte, a nuestras propias miserias. Estoy haciendo lo mejor que puedo por cambiar. No sé hacerlo perfecto, pero estoy aquí, y no estoy huyendo.
Charlotte Queen, la mujer que nunca suplica, que nunca se arrodilla ante nadie, está llorando frente a la única persona que ha sido capaz de desmontar todas sus defensas.
Y no llora por perder una discusión.
Llora porque por primera vez entiende que podría perderlo todo.
Giulia la observa llorar sin apartarse, y en sus ojos no hay superioridad ni dureza, sino una mezcla devastadora de amor y cansancio acumulado.
—¿Por qué siempre tenemos que llegar a esto? —pregunta con la voz baja, quebrada por dentro, aunque todavía sostenida—. ¿Por qué tenemos que herirnos, alejarnos, romper algo para después correr a salvarlo? Llevamos una vida entera jugando a querernos, Charlotte. Una vida entera. ¿Por qué tenía que ser tan difícil hablar? ¿Aclarar? ¿No dañarnos?
Cada pregunta no es un ataque; es un lamento.
—Tienes tantas cualidades —continúa—. Eres brillante, fuerte, estratégica, imparable… ¿y en ninguna de ellas estaba el simplemente hablar? ¿Decir lo que sentías antes de que explotara todo?
Charlotte no responde. No porque no tenga palabras, sino porque las palabras ya no son suficientes. La mira con una devoción desnuda, con esa entrega absoluta que solo aparece cuando el orgullo ha sido completamente desmantelado. Las lágrimas siguen recorriéndole las mejillas sin que intente ocultarlas.
Giulia, con un gesto instintivo, levanta la mano y se las seca con los dedos. El contacto es suave, íntimo, dolorosamente familiar. Sin embargo, no retrocede en lo que necesita decir.
—Te amo —dice, y la confesión no es dramática, es un hecho respirado durante años—. Y no quiero que esto suene como un castigo. No quiero que parezca que estoy cobrando algo. Pero necesito pensar. Necesito averiguar qué quiero hacer de verdad, porque, aunque quiero todo contigo, no sé si poner en juego lo que ya he construido sea justo para mí.