Charlotte se pone de pie con esa elegancia casi automática que la acompaña incluso cuando acaba de desarmarse por completo. Recoge su ropa del suelo con movimientos tranquilos, sin prisa, como si el tiempo hubiese decidido adaptarse a su nuevo ritmo. La luz de la tarde entra por el ventanal y dibuja sombras suaves sobre su piel todavía húmeda, sobre la curva de su espalda mientras se inclina para alcanzar la camisa que cayó junto al sofá.
Giulia permanece sentada, aún desnuda, las piernas cruzadas con naturalidad, el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, observándola con una concentración que no disimula. No es una mirada casual; es deliberada. Como si estuviera archivando cada gesto, cada línea del cuerpo de Charlotte, como si necesitara comprobar que no es un recuerdo sino una presencia.
Charlotte lo nota.
—¿Estás disfrutando la vista? —pregunta sin girarse del todo, pero con esa media sonrisa que siempre anticipa el juego.
Giulia no baja la mirada ni un segundo.
Sonríe.
—Siempre lo he hecho.
La respuesta no tiene ironía. Tiene historia.
Charlotte se vuelve hacia ella con una sonrisa más abierta, se acerca un paso y se inclina apenas para besarla, un beso breve, suave, casi una promesa antes de vestirse. Sin embargo, cuando intenta ponerse la camisa, Giulia cambia la expresión. Una chispa traviesa cruza sus ojos.
Antes de que Charlotte termine de acomodarse la tela sobre los hombros, Giulia le quita la prenda de las manos con rapidez inesperada, se pone de pie y, sin pedir permiso, la levanta por la cintura con una facilidad que arranca una risa baja de Charlotte.
—No creo que Sophia note que se vamos a demorar media hora más —murmura Giulia contra su cuello, con esa seguridad que nunca ha necesitado elevar la voz para imponerse.
Charlotte intenta protestar, pero la risa la traiciona.
—Giulia…
No termina la frase.
Giulia ya la lleva entre los brazos hacia el baño.
La ducha no es apresurada ni urgente. Es cálida. El agua cae sobre ambas como una extensión natural del abrazo que no han terminado de soltar. Se lavan entre risas bajas, entre miradas que se buscan sin dramatismo, entre caricias que no intentan poseer sino celebrar. No hay prisa por llegar a ningún lugar. Hay una especie de gratitud silenciosa por estar ahí.
Cuando finalmente salen, se visten con una cercanía cómoda, compartiendo espacio frente al espejo, cruzándose sin estorbarse. Charlotte se abotona la camisa mientras Giulia ajusta su abrigo, y en el reflejo ambas se miran como si estuvieran observando una versión distinta de sí mismas: no perfectas, no blindadas, sino decididas.
Bajan juntas al coche.
Charlotte conduce con una sonrisa apenas contenida, una de esas sonrisas traviesas que no necesitan explicación. Sus manos descansan firmes sobre el volante, pero su expresión delata que está disfrutando cada segundo. Giulia, desde el asiento del copiloto, no deja de mirarla. No con ansiedad. No con miedo. Con dulzura.
Los meses no desaparecen.
La distancia no se borra.
Pero nada de eso pesa ahora.
Importa que están ahí.
Ahora.
Charlotte aparca frente a su edificio, deja el motor encendido y toma el teléfono.
—Baja. Estoy afuera —dice cuando Sophia responde, sin darle demasiado espacio para preguntas.
Sophia cuelga de inmediato, como si esa respuesta fuera suficiente.
Charlotte deja el móvil en el portavasos y, por un segundo, el silencio se instala dentro del coche.
Giulia se inclina hacia ella con suavidad y le acaricia el rostro con la yema de los dedos, recorriendo la línea de su mandíbula con una ternura casi pensativa.
—Aún me cuesta verte con Sophia —admite en voz baja—. Después de tanto tiempo… todavía la recuerdo como esa bebé diminuta que mirabas como si fuera un bicho raro, con recelo, aferrada a tu pecho.
La memoria le roba una sonrisa leve.
Es nostalgia.
Es el peso de los años que no compartieron del todo.
Charlotte la mira con una expresión distinta, más suave que la que el mundo suele ver, y por primera vez no intenta proteger esa parte de su historia, sino abrirla.
Y justo antes de que la puerta del edificio se abra y Sophia aparezca, el aire dentro del coche se siente como el verdadero punto de partida de algo que, esta vez, no quiere fragmentarse.
Sophia no espera a que Charlotte termine de apagar la pantalla del teléfono. La puerta del copiloto se abre de golpe y, durante una fracción de segundo, el silencio expectante del coche se rompe con un grito agudo, absolutamente descontrolado.
—¡GIULIA!
El sonido es tan explosivo que Charlotte no puede evitar reír.
Sophia da un pequeño brinco en la acera antes de inclinarse dentro del coche y lanzarse literalmente sobre Giulia, rodeándola con los brazos sin ninguna ceremonia. El abrazo es desordenado, apretado, juvenil. Giulia apenas tiene tiempo de reaccionar antes de quedar envuelta en esa energía inagotable.
—Volviste —dice Sophia, apretándola aún más—. ¡Sabía que volverías! Aunque… —se separa un segundo para mirarla dramáticamente— tuve miedo de que no. Pero volviste. ¡Giuliaaaaa! Te eché de menos.
Giulia ríe, sorprendida pero claramente conmovida, y la abraza de vuelta.
Charlotte observa la escena desde el asiento del conductor con una sonrisa que no intenta disimular. Hay algo profundamente tranquilizador en esa imagen: las dos personas que más la descolocan en el mundo abrazándose sin reservas.
—Súbete antes de que bloquees la calle —dice Charlotte finalmente, fingiendo severidad.
Sophia obedece, aunque no sin antes darle otro apretón rápido a Giulia. Rodea el coche y se instala en el asiento trasero, cerrando la puerta con un golpe decidido.
Y entonces comienza la función.
Es como si alguien hubiera activado un interruptor invisible. Sophia se inclina hacia adelante entre los asientos, los ojos brillantes, el modo parlanchina completamente encendido.