La cena se diluye entre risas, postres compartidos y la sensación constante de que algo se ha movido de lugar para siempre. Cuando salen del restaurante, la ciudad ya es un reflejo brillante sobre el asfalto húmedo, y Charlotte conduce con una serenidad distinta, como si el día hubiese terminado exactamente donde debía.
Sophia habla sin pausa desde el asiento trasero, comentando detalles del viaje, haciendo planes absurdamente ambiciosos para París y recordándole a Charlotte que no piensa trabajar durante la boda porque “las bodas no son productivas”. Giulia escucha, interviene de vez en cuando con una pregunta tranquila, y cada tanto deja que su mirada se pose sobre el perfil de Charlotte, que conduce con esa concentración relajada que solo aparece cuando está en paz.
Al llegar frente al edificio de Giulia, Charlotte reduce la velocidad y aparca con precisión impecable. El motor queda encendido unos segundos antes de que lo apague, y el silencio dentro del coche adquiere una textura distinta, como si algo estuviera a punto de decidirse.
Charlotte no mira de inmediato a Giulia.
Primero se gira hacia el asiento trasero.
—Sophia —dice con una calma calculada—, ¿necesitas llegar a París con las Haus o estás bien si volamos solas esta noche?
Sophia no es ingenua.
Sonríe despacio.
Entiende.
No protesta. No dramatiza. Solo arquea las cejas con una complicidad exageradamente madura para sus dieciséis años.
—Estoy perfectamente bien si volamos solas —responde, acomodándose en el asiento como si estuviera concediendo una bendición diplomática.
Charlotte asiente, satisfecha.
Entonces se vuelve hacia Giulia.
La mira esta vez de frente, con esa mezcla peligrosa de audacia y ternura que solo le pertenece a ella.
—¿Es demasiado atrevido autoinvitarme a tu departamento?
La pregunta no suena arrogante. Suena juguetona. Pero debajo del juego hay algo más profundo: la decisión de no irse todavía.
Giulia no responde de inmediato. Sonríe primero. Luego le toma la mano con suavidad, entrelazando los dedos como si ese gesto fuera la respuesta preliminar. Sus miradas se sostienen un segundo más de lo necesario.
En el asiento trasero, Sophia empieza una pequeña fiesta privada, acompañada de un escándalo exagerado.
—¡LAS AMO! ¡LAS AMO! ¡LAS AMO! —susurra a gritos, golpeando suavemente el respaldo del asiento delantero—. ¡Esto es histórico!
Giulia reprime una risa mientras mantiene los ojos en Charlotte.
—Me encantaría recibirlas esta noche —dice finalmente, y la frase no es solo hospitalidad; es invitación.
Se muerde el labio inferior apenas, un gesto inconsciente que Charlotte reconoce demasiado bien.
Los ojos de Charlotte brillan.
No es triunfo.
Es ilusión.
Con un movimiento rápido y casi teatral, estira el brazo hacia atrás y le cubre el rostro a Sophia con la mano abierta.
—No mires —ordena con falsa severidad.
Sophia suelta una carcajada ahogada.
Charlotte se inclina entonces hacia Giulia y la besa.
No es un beso largo ni imprudente. Es preciso. Seguro. Cargado de promesa. La clase de beso que dice “voy a subir contigo” sin necesidad de más palabras.
Cuando se separan, Charlotte mantiene la frente apenas apoyada contra la de Giulia durante un segundo.
El motor ya está apagado.
La noche apenas comienza.
Suben en el ascensor entre miradas que no necesitan conversación. Sophia va delante, girando sobre sus propios pies mientras observa los números iluminarse uno a uno, como si también ella estuviera entrando en una nueva etapa de la historia.
Cuando la puerta del departamento se abre, Sophia entra primero, absolutamente encantada.
—¡Ok, esto es oficialmente sofisticado! —declara mientras avanza sin esperar permiso, abriendo puertas con la curiosidad de quien inspecciona un territorio recién conquistado.
Se pierde por el pasillo, comentando en voz alta cada detalle: el tamaño del salón, la vista nocturna desde la ventana, el baño “demasiado adulto” y la cocina “demasiado ordenada”.
Charlotte y Giulia se quedan atrás unos segundos, todavía cerca de la puerta.
No pueden dejar de mirarse.
No es una mirada ansiosa ni cargada de urgencia. Es juguetona. Radiante. Como si ambas estuvieran descubriendo lo que significa dar y recibir sin estar a la defensiva. Hay una ilusión limpia en sus ojos, algo casi adolescente en la forma en que sonríen sin motivo aparente.
Giulia se inclina apenas hacia Charlotte, acercando los labios a su oído.
—¿Te portaste muy mal en Las Vegas? —susurra, con ese tono juguetón que mezcla celos fingidos y desafío real.
Charlotte tuerce la sonrisa, inclinando ligeramente el rostro para mirarla de reojo.
—No podía sacarte de la cabeza —responde con tranquilidad calculada—. Corrí a verte apenas aterricé. Eso fue lo único verdaderamente imprudente que hice.
Giulia sonríe con esa dulzura que ya no intenta ocultar, y le deja un beso suave en la mejilla. Luego entrelaza sus dedos con los de Charlotte y la guía por el pasillo hasta la habitación de invitados, donde Sophia ya está sentada sobre la cama probando la firmeza del colchón como si fuera una evaluadora profesional.
—¿Aprobado? —pregunta Charlotte con ironía.
—Altamente —responde Sophia—. Tiene potencial.
Entre risas, la ayudan a acomodar sus cosas. Giulia le indica dónde están las toallas, Charlotte deja el bolso junto al armario y, cuando todo parece en orden, Sophia se deja caer dramáticamente sobre la cama y las observa con expresión exageradamente sabia.
—No voy a fastidiarlas esta noche —dice con una solemnidad teatral—. Hace mucho no se veían así que pueden irse a hacer lo que sea que hagan cuando están a solas.
Charlotte la fulmina con la mirada.
—No te pases.
Giulia, en cambio, suelta una risa ligera y le lanza un beso con la mano.