Charlotte Queen

Capítulo 174. — Besos, café y una boda. 

Son alrededor de las cinco de la mañana cuando Charlotte siente algo tibio sobre su hombro desnudo. No es el frío del cuarto ni el cambio de postura; es un beso lento, deliberado, que recorre apenas la piel antes de detenerse. Ella se queja en voz baja, un sonido perezoso que no se parece en nada al tono firme con el que suele empezar sus días.

—Mmm…

Giulia sonríe contra su piel.

—Nunca en tantos años te había escuchado ronronear como gatita —susurra con dulzura burlona.

Charlotte no abre los ojos de inmediato. Sonríe apenas mientras otro beso le recorre el hombro y se desliza hacia el cuello.

—Nunca en tantos años habías despertado antes que yo —responde con la voz aún espesa por el sueño.

Ambas sonríen.

La luz apenas empieza a insinuarse tras las cortinas, una claridad suave que no interrumpe la intimidad del cuarto. Charlotte se gira despacio, todavía envuelta en las sábanas, y busca los labios de Giulia con esa familiaridad que no necesita ensayo. El beso es lento, tibio, más respirado que urgente.

—¿El mañanero es un nuevo hábito? —pregunta Charlotte con esa picardía que aparece incluso medio dormida.

Giulia arquea una ceja, traviesa.

—Me encantaría volverlo un nuevo hábito —responde con una sonrisa apenas inclinada—. Pero tengo que ponerme de pie e ir a trabajar.

Charlotte finge un suspiro dramático.

—Qué poco compromiso.

Giulia ríe en voz baja y le roba otro beso, esta vez más decidido, como si quisiera guardarlo para el resto del día.

—No podía irme sin robarte un par —murmura contra sus labios—. No sé cuándo vuelva a tenerte así de regreso.

La frase no tiene sombra de despedida, solo la conciencia práctica de agendas, viajes y responsabilidades que no desaparecen por más que el amor esté resuelto.

Charlotte abre finalmente los ojos y la mira con esa serenidad que solo aparece cuando no está luchando contra nada.

—Vas a tenerme —dice con calma—. No sé exactamente cómo ni con qué logística, pero vas a tenerme.

Giulia la observa un segundo más, como si quisiera creerlo no por impulso sino por convicción. Luego le besa la frente con una ternura que no necesita más palabras.

Se desliza fuera de la cama con cuidado, buscando su ropa en la penumbra. Charlotte la sigue con la mirada desde la almohada, todavía medio envuelta en las sábanas, disfrutando la imagen sin prisa, sin celos, sin ansiedad.

Esta vez no hay huida.

Solo una mañana real.

Y la certeza silenciosa de que el día puede empezar sin que eso signifique separarse del todo.

Giulia entra al baño todavía sonriendo, y el sonido del agua al abrirse la ducha queda amortiguado por la puerta apenas entornada. Charlotte permanece unos segundos más en la cama, mirando el techo con esa calma extraña que solo aparece cuando el corazón no está en guerra.

Luego se incorpora.

Se pone la ropa interior con movimientos lentos, casi silenciosos, se abotona la camisa sin terminar de acomodarla y sale a hurtadillas hacia la cocina, cuidando que el suelo no cruja, como si el gesto mismo tuviera algo de conspiración dulce.

Su talento culinario es limitado y ambas lo saben.

Pero el café… el café es territorio suyo.

Mide el agua con precisión, espera el punto exacto de extracción, cuida el aroma como si fuera parte de un ritual íntimo. Lo prepara como hace todo: sin improvisación, sin descuido, con la obsesión elegante de quien convierte lo mínimo en impecable.

Sirve dos tazas.

El vapor asciende lento en la penumbra del departamento todavía dormido.

Regresa a la habitación, que continúa envuelta en esa luz azulada previa al amanecer. Deja una taza sobre la mesita y sostiene la otra entre las manos, esperando.

Cuando la puerta del baño se abre, Giulia aparece con el pantalón aún sin cerrar del todo, la cremallera abierta, el sujetador puesto, descalza, el cabello envuelto en una toalla que le cae sobre los hombros. Se detiene al verla.

Charlotte está de pie frente a la cama, extendiéndole la taza.

Giulia sonríe con esa mezcla de sorpresa y ternura que no logra esconder.

—¿De verdad piensas hacer cosas así? —pregunta, cantado, divertida.

Charlotte ladea la cabeza apenas.

—¿Así cómo?

Giulia toma la taza, sus dedos rozando los de Charlotte.

—Así. Haciéndome sentir en casa.

Charlotte no duda.

No lo piensa.

Sonríe con una serenidad que no necesita defensa.

—No necesito hacerte sentir en casa —responde con suavidad—. En realidad estás en casa.

Hace una pausa breve, sosteniéndole la mirada.

—En todos los sentidos en los que podías estarlo.

Giulia no responde de inmediato. Da un pequeño sorbo al café, cierra los ojos un segundo como si necesitara procesar no el sabor, sino la frase.

Giulia le da otro sorbo al café y apoya la espalda contra el borde del armario, todavía descalza, todavía con la cremallera abierta.

—Me desperté temprano para dejarte el desayuno hecho —dice con una media sonrisa—, no para hacerte despertar de madrugada.

Charlotte se acerca un paso, invadiendo el pequeño espacio entre ambas con naturalidad.

—No necesitas hacer eso —responde con suavidad.

Luego baja la voz apenas.

—Pero yo sí necesito tenerte cerca un poco más.

La frase no tiene dramatismo. Tiene verdad.

Giulia la observa con esa mezcla de ternura y sentido práctico que siempre la equilibra.

—Deberías estar tomando un vuelo para acompañar a tu amiga a su boda —le recuerda.

Charlotte sonríe, despreocupada.

—La boda es la tarde de mañana —aclara—. Y quedarme implicará otro vuelo, quizás uno comercial y no uno privado… pero valió la pena.

Giulia arquea una ceja.

—¿Sí?

Extiende la mano y la toma de la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo con un gesto firme y familiar. Charlotte se deja llevar sin resistencia, apoyando las manos sobre sus hombros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.