Charlotte Queen

Capítulo 185. — El demonio en el segundo piso.

Esa noche tuvo una rareza particular incluso para los estándares ya deformados de la semana, como si la casa Queen —acostumbrada a sostener silencios elegantes y tragedias discretas— no supiera dónde guardar una guerra doméstica que no se resolvía con dinero, ni con poder, ni con una firma en tinta negra.

El timbre sonó cerca de las ocho y Charlotte ni siquiera giró la cabeza desde el estar; seguía ahí, instalada en la misma esquina emocional desde hacía días, con la mirada fija en algún punto que no estaba en la chimenea ni en la pared, sino mucho más adentro. Giulia fue la que se levantó, cruzó el vestíbulo con pasos firmes y abrió la puerta.

Un paquete.

No un sobre urgente ni una carpeta de documentos. Un paquete con comida programada, de esos que llegan cuando alguien no quiere pensar ni decidir ni negociar hasta qué entra en el cuerpo.

Giulia lo recibió con mala gana.

Eran cajas de pizza apiladas con descaro, bolsas de refrescos fríos que tintineaban por el hielo y, coronándolo todo, un barril de helado que parecía fuera de lugar en una casa donde la disciplina había sido siempre religión.

Cerró la puerta con el pie, sostuvo el paquete como si le pesara más por lo que significaba que por el contenido, y cuando volvió al estar con todo en las manos fulminó a Charlotte con la mirada.

—¿Así han estado sobreviviendo? —preguntó, sin gritar, pero con ese tono clínico que en ella sonaba peor que cualquier reclamo.

Charlotte se limitó a hacer una mueca mínima, un gesto que no era defensa ni vergüenza sino agotamiento. Lo que comían era el menor de sus problemas, una nota al pie en una historia que se estaba partiendo en el centro.

Giulia dejó las cajas sobre la mesa de centro con un golpe contenido, abrió la bolsa del helado, lo miró como si fuera evidencia de un crimen y luego alzó la vista.

—¿Helado? —preguntó, incrédula.

Charlotte levantó una ceja, apenas.

—Es una ofrenda al demonio en el segundo piso —respondió con esa ironía seca que le salía incluso cuando no tenía fuerzas para sostenerse.

Giulia soltó un suspiro largo, de esos que parecen exhalar paciencia y frustración al mismo tiempo, y dejó que la mirada se le suavizara solo un poco, porque en esa casa el humor no era un chiste; era una forma de no desmoronarse.

—Voy por ella —dijo.

Charlotte no respondió, pero la tensión en su postura cambió, como si esa frase hubiera encendido una esperanza pequeña y peligrosa. Giulia subió las escaleras con calma, no apresurada, sin la prisa ansiosa que delata desesperación; tocó la puerta de Sophia con suavidad y entró apenas lo suficiente para que la luz del pasillo no invadiera el cuarto.

Sophia estaba sentada en la cama, arropada en una especie de fortaleza de almohadas, el cabello suelto y los ojos todavía marcados por el llanto de horas atrás. Cuando vio a Giulia, su expresión se quebró en algo infantil, una fragilidad que no coincidía con la chica que había desafiado a Charlotte en el vestíbulo; parecía menor, como si el miedo le hubiera devuelto edades que ya no le pertenecían.

—Bajemos a comer juntas —propuso Giulia con voz baja—. Solo un rato.

Sophia negó casi de inmediato, pero lo hizo con cortesía, con esa educación que en ella siempre aparecía cuando el dolor era demasiado grande para sostenerlo de otra forma.

—Gracias por estar aquí —susurró.

Y en ese “gracias” había algo que sonaba como una niña de ocho años, o quizás menos, como alguien que agradece porque teme que incluso esa presencia pueda desaparecer.

Giulia se acercó, le acarició el rostro con el dorso de los dedos, limpiándole una lágrima que no había pedido permiso para reaparecer, y bajó la voz.

—Hazlo por mí —le pidió—. Yo… yo quiero estar con ustedes dos.

Sophia la miró largo, con los ojos brillantes, y negó de nuevo, más despacio esta vez.

—Jamás te haría elegir —dijo con una honestidad que dolía—, pero yo no voy a bajar.

Giulia sostuvo la mirada sin discutir. No intentó convencerla con lógica ni con presión emocional. Se inclinó apenas, le besó la cabeza con ternura deliberada y dejó que el silencio sellara el límite.

—Está bien —murmuró—. Ya vuelvo.

Cuando Giulia bajó al primer piso, lo hizo sola.

Y Charlotte, que no estaba esperando milagros pero sí señales, levantó la mirada al escuchar los pasos. Al verla sin Sophia, algo en su rostro cambió de forma casi imperceptible, como si una esperanza diminuta se rompiera sin hacer ruido y le quedara un vacío exacto en el lugar donde había intentado sostenerla.

Giulia lo vio.

Lo entendió.

Entendía cada mirada en las Queen, cada microgesto cargado de historia, y pasar de una a la otra —sosteniendo a Sophia arriba y a Charlotte abajo— la estaba rompiendo de una manera silenciosa, porque no era su batalla, pero ya era su gente.

Sin decir nada, Giulia fue a la cocina. Abrió un cajón, tomó una cuchara, regresó al estar y eligió una caja de pizza, el barril de helado y una soda. Charlotte la observó sin moverse, sin preguntar, pero con esa atención alerta de quien está viendo una estrategia nueva ejecutarse sin necesidad de ordenarla.

Giulia subió otra vez.

Sophia abrió la puerta cuando la escuchó acercarse, y al ver lo que traía arqueó las cejas con una mezcla de sorpresa y resistencia.

—No tienes que… —empezó, pero Giulia la interrumpió con una sonrisa pequeña.

—No estoy pidiéndote que bajes —dijo, entrando con calma—. Estoy trayéndote un pedazo del primer piso.

Dejó la caja, el helado y la soda sobre la mesa auxiliar como si estuviera instalando una tregua.

Sophia no sonrió, pero su expresión se ablandó un centímetro, y ese centímetro era una victoria en una casa donde todo estaba congelado.

Giulia dio un paso atrás para irse, pero antes de salir se inclinó hacia ella, acercó los labios a su oído y le susurró con una suavidad que no buscaba manipularla, solo sembrar algo que no se había podido decir de otra forma:




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