Charlotte Queen

Capítulo 189. — El incendio es de todas.

Después de colgar con Giulia, Charlotte no se permitió volver al centro del vestíbulo ni a la escalera ni al silencio que amenazaba con tragársela. Se movió. Tomó el teléfono con ambas manos y empezó a ejecutar lo que habían acordado.

Uno por uno.

Nombres que Sophia había mencionado en conversaciones casuales.
Contactos de la Haus.
El equipo del restaurante.
El portero del edificio en Nueva York.
La asistente de Alice.
Incluso el conductor que alguna vez la llevó a un ensayo.

Repitió la misma instrucción con precisión casi mecánica: si aparece, recíbanla. No la cuestionen. No la retengan. Llámenme.

La respuesta fue siempre la misma.

No.
No la han visto.
No ha llamado.
No ha pasado por aquí.

Con cada negativa, la lista se hacía más corta y el miedo más grande.

Nueva York empezaba a dejar de ser hipótesis y a convertirse en vacío.

El último nombre quedó suspendido en la pantalla durante varios segundos.

Stefani.

Charlotte sostuvo el teléfono sin moverse. No era orgullo lo que la detenía. Era historia. Era rabia acumulada. Era la sospecha constante de que algo entre ellas había sido manipulación. Era el origen del secreto que había fracturado todo.

Pero también era una posibilidad, así que finalmente presionó llamar.

El tono sonó un par de veces antes de que la llamada se abriera y la voz de Stefani apareciera al otro lado con una mezcla evidente de sorpresa y desconcierto al reconocer el nombre en la pantalla.

—Charlotte…

No hubo saludo de vuelta, ni cortesía mínima que suavizara el intercambio.

—¿Está contigo? —preguntó Charlotte de inmediato, con una frialdad tan precisa que eliminaba cualquier contexto innecesario.

El silencio que siguió no fue largo, pero sí lo suficiente para que en ese pequeño espacio se colara una esperanza absurda y desesperada; durante ese segundo suspendido, Charlotte se permitió imaginar que Sophia estaba allí, que todo era una huida dirigida, una decisión impulsiva pero controlada, no un vacío abierto en medio de una ciudad inmensa.

—Dime que no le has dicho nada —añadió, y la tensión se le marcó en la mandíbula mientras sostenía el teléfono con demasiada fuerza.

—¿De qué me hablas? —respondió Stefani, ahora completamente alerta.

—Sophia. La perdí en el aeropuerto hace un par de horas.

No hubo rodeos. La frase salió más cruda de lo que Charlotte esperaba, casi como si arrancarla fuera menos doloroso que sostenerla en silencio.

—No estoy en Nueva York —dijo Stefani de inmediato.

Charlotte cerró los ojos apenas.

—Nosotras tampoco lo estábamos.

Ese detalle cambió el aire de la conversación; ya no era una suposición geográfica, era una variable abierta.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Stefani, más seria ahora.

Charlotte apretó los dedos alrededor del teléfono, intentando mantener la voz estable.

—No. Necesito que si tienes noticias de ella me las hagas saber.

—Por supuesto, Charlotte —respondió Stefani con esfuerzo evidente por conservar la calma—, pero… ¿cómo es que la perdiste?

Charlotte no contestó enseguida, no porque no tuviera explicación sino porque necesitaba un segundo para que la respiración dejara de dolerle en el pecho. Admitirlo en voz alta implicaba aceptar la magnitud del error.

—Fue un descuido —dijo finalmente, y la palabra descuido se quebró apenas al salir—. Un momento. Solo fue un momento y… desapareció.

No hubo reproche al otro lado, solo un silencio cargado de análisis.

—¿Por qué se iría? —preguntó Stefani con cautela.

Charlotte apoyó la espalda contra la pared más cercana, sintiendo el frío atravesar la tela.

—Sabe que le he estado ocultando algo —respondió con franqueza amarga—. Íbamos a tomar un vuelo a casa, con mis padres, y…

No terminó la frase porque no hacía falta; ambas entendían lo que estaba suspendido en ese “y”.

—¿Dónde estás? —insistió Stefani—. ¿Puedo hacer algo por ti? ¿Ya llamaste a la policía?

Charlotte dejó escapar una risa breve que no tenía nada de humor.

—Sí. Ya los conoces. Hicieron de esto un circo y… —apretó los dientes, la rabia mezclándose con el miedo—. Maldición. Ya la conoces. Debe estarse riendo de mí en algún rincón de esta puta ciudad.

Era una hipótesis frágil, casi un intento de consuelo. Prefería imaginarla escondida, orgullosa, jugando a desaparecer, que imaginar cualquier escenario más oscuro.

—¿Dónde estás? —volvió a preguntar Stefani, esta vez sin rodeos.

Charlotte dudó apenas antes de responder.

—En… mis padres tienen una propiedad en Calabasas.

Hubo un leve movimiento al otro lado de la línea, como si Stefani se hubiera puesto de pie.

—Tara y yo estamos en Los Ángeles —dijo con rapidez controlada—. Peter llegó hace un par de noches. Lo haré ponerse a cargo de esto. Por favor, ven. No puedes hacer esto sola.

La invitación no fue invasiva ni dramática; fue directa, práctica, casi inevitable.

Charlotte no respondió de inmediato. La casa volvió a sentirse demasiado grande, demasiado silenciosa, y el eco de sus propios pasos parecía amplificar la ausencia que flotaba en cada rincón. La idea de cruzar la ciudad para entrar en un espacio donde la biología, la culpa y las preguntas pendientes se mezclaban no era cómoda, pero quedarse sola en esa propiedad, esperando llamadas que no llegaban, era peor.

El teléfono seguía en su mano, la propuesta aún suspendida entre ambas.

Y por primera vez desde que había marcado ese número, Charlotte no estaba pensando en lo que hubo entre ellas, ni en el secreto, ni en la sospecha de haber sido utilizada.

Estaba pensando únicamente en Sophia.

Y en la certeza inquietante de que, le gustara o no, todas estaban ya dentro del mismo incendio.

Respiró hondo antes de responder.

—Necesito que sean mis padres quienes hablen esto con ella, Stef.




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