Charlotte Queen

Capítulo 196. — La última jugada.

Charlotte bajó directamente a la recepción del edificio apenas terminó de recorrer el apartamento. No llevaba un plan completamente armado, pero sí una certeza clara: necesitaba ese lugar. Y si algo había aprendido a lo largo de su vida era que, cuando una decisión estaba tomada, siempre existía una manera de mover el mundo lo suficiente para que encajara.

La recepcionista intentó ser amable pero firme cuando Charlotte explicó lo que necesitaba.

—Lo siento, señora Queen, pero el acceso a la azotea está restringido.

Charlotte no insistió de inmediato.

Solo sonrió con una calma que había desarmado a banqueros, productores, ejecutivos y más de un político en salas de negociación mucho más hostiles que aquella.

—Entonces necesitaré hablar con quien tenga la autoridad para cambiar esa decisión.

El proceso tomó tiempo.

Charlotte hizo llamadas.

Movió influencias.

Ofreció explicaciones elegantes, promesas diplomáticas y, cuando fue necesario, cantidades de dinero que normalmente resolvían conversaciones mucho más complejas que aquella.

Pero al final consiguió lo que quería.

El número del administrador del edificio.

Y una vez que lo tuvo, el resto fue cuestión de minutos.

Charlotte Queen era abogada, economista y estratega por naturaleza. Había conquistado mercados completos, negociado contratos imposibles y convencido a algunas de las superestrellas más difíciles del mundo de confiar en ella.

No iba a detenerse porque alguien dudara en abrir una puerta.

Cuando el administrador llegó al edificio y la vio esperándolo con esa tranquilidad peligrosa que siempre precedía a una negociación ganada, entendió que la conversación iba a ser breve.

Minutos después, Charlotte tenía en la mano las llaves que abrían la puerta que conducía a la azotea del último piso.

Y a partir de ahí todo empezó a moverse con velocidad.

Charlotte hizo una llamada.

Luego otra.

Su secretaria —siempre eficiente, siempre preparada— comenzó a activar contactos como si llevara semanas esperando exactamente esa orden.

En menos de una hora, el lugar estaba lleno de movimiento.

Un equipo de limpieza subió primero para preparar el espacio. Después llegaron técnicos de iluminación con estructuras discretas que empezaron a montar pequeñas líneas de luz cálida alrededor del perímetro de la azotea.

Más tarde apareció el equipo de catering.

Luego los floristas.

Cajas de flores comenzaron a llenar el espacio con colores que contrastaban con el gris del invierno neoyorquino. Mesas, velas, cristalería, telas ligeras que se movían con el viento frío del techo del edificio.

El plan estaba en marcha.

Y funcionaba.

Charlotte observó el movimiento desde un lado del lugar con los brazos cruzados, evaluando cada detalle con la misma concentración con la que supervisaba un lanzamiento multimillonario.

Pero aún faltaba algo.

Evelyn había sido clara.

Tenía que asegurarse de que ambas lucieran preciosas.

Y si había algo que Charlotte sabía con absoluta certeza era que ver a Giulia brillar había sido siempre una de las mejores cosas que sus ojos habían tenido el privilegio de presenciar.

Así que bajó del edificio con la misma decisión con la que había subido.

Todavía quedaba una cosa importante por resolver.

Charlotte condujo directamente hacia la Quinta Avenida y luego hacia Madison. A esa hora de la tarde Nueva York seguía envuelta en el ambiente relajado del primer día del año: menos tráfico del habitual, algunas calles todavía tranquilas después de la celebración de la noche anterior y las vitrinas de las grandes boutiques brillando con esa elegancia intacta que la ciudad nunca pierde, incluso después de una larga noche de fiesta. Silenciosas, impecables, esperando a quienes sabían exactamente lo que buscaban.

Entró en una de las más grandes sin dudar.

Decidir para ella misma fue lo más fácil.

No necesitó mirar demasiado. Charlotte nunca había sido una mujer de excesos en lo que vestía; su elegancia siempre había sido directa, limpia, sin distracciones.

Eligió un pantalón negro de Carolina Herrera, perfectamente cortado y holgado a la cintura, que caía con esa precisión estructurada que solo los buenos sastres logran. Lo combinó con un suéter negro de cuello alto, suave y ajustado lo suficiente para mantener esa línea sobria que siempre la había definido. Botas negras de tacón firme completaban el conjunto, junto con una gabardina del mismo tono, larga y elegante, que caía sobre los hombros con una naturalidad casi automática.

Era Charlotte.

Directa. Impecable. Sin adornos innecesarios.

Pero cuando llegó el momento de elegir para Giulia, la tarea dejó de ser simple.

Charlotte caminó entre las perchas imaginándola en cada prenda. En realidad, casi cualquier cosa que veía parecía poder pertenecerle a Giulia. Siempre había tenido esa capacidad extraña de hacer que la ropa pareciera cobrar vida cuando la llevaba puesta.

Finalmente lo vio.

Un conjunto de Dior que parecía hecho exactamente para ella.

El pantalón era de un marfil luminoso, de caída amplia y fluida, con una línea elegante que alargaba la figura con cada movimiento. Sobre él descansaba una pieza superior del mismo tono: un top de cuello alto completamente bordado con pequeños destellos delicados que capturaban la luz de forma sutil, como si la tela estuviera salpicada de diminutos reflejos.

La prenda se extendía hacia atrás en una capa larga y ligera que caía desde los hombros hasta casi rozar el suelo, envolviendo la silueta con una elegancia etérea que se movía con cada paso.

Era sofisticado.

Limpio.

Luminoso.

Exactamente el tipo de prenda que hacía que alguien como Giulia pareciera aún más imposible de ignorar.

Charlotte añadió unos botines del mismo tono marfil, de tacón estilizado y acabado impecable, que completaban el conjunto con una armonía perfecta.




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