Giulia se vistió con calma.
En el dormitorio, el sonido suave de las perchas moviéndose dentro del armario se mezclaba con el silencio del apartamento. La prenda que Charlotte había comprado colgaba frente a ella y Giulia la observó unos segundos antes de comenzar a vestirse. No lo hacía con prisa, ni con entusiasmo, sino con esa paciencia deliberada de alguien que todavía no estaba segura de por qué había aceptado participar en aquello.
Mientras tanto, en el salón, Charlotte caminaba de un lado al otro con el teléfono en la mano.
Los mensajes no paraban.
El equipo de la azotea enviaba fotografías, preguntas, confirmaciones de última hora. Charlotte respondía con rapidez, revisando cada detalle con la misma concentración con la que supervisaba el lanzamiento de una empresa.
Luces listas.
Catering listo.
Las flores están subiendo.
Charlotte escribió una última instrucción.
Una hora.
Envió el mensaje y volvió a caminar por el salón.
Intentaba disimular la ansiedad, pero era imposible. Cada paso era un poco más rápido que el anterior. Se detenía, miraba el reloj, volvía a revisar el teléfono, caminaba otra vez.
Finalmente se detuvo frente al minibar.
Sirvió un poco de whisky.
El líquido ámbar cayó lentamente dentro del vaso mientras Charlotte intentaba convencerse de que aquello era solo otra decisión importante, otra negociación complicada, otro movimiento calculado.
Pero no lo era.
Tomó el vaso.
Bebió un pequeño sorbo.
Y en ese mismo momento sonó el timbre.
Charlotte levantó la cabeza.
El corazón le dio un pequeño salto incómodo. Durante un segundo pensó que alguien del equipo de la azotea podía estar al otro lado de la puerta con alguna complicación inesperada.
Caminó hacia la entrada.
Abrió.
Un mensajero estaba de pie en el pasillo con un sobre en la mano.
—¿Señora Brown?
Charlotte suspiró.
Su mandíbula se tensó involuntariamente.
Aquel apellido siempre le producía la misma reacción. Saber que Giulia lo llevaba todavía, incluso después de años de divorcio, le resultaba irritante de una forma que nunca había terminado de admitir en voz alta. Era un recordatorio incómodo de que, en algún momento de su vida, otra persona había significado lo suficiente como para ocupar ese lugar.
Instintivamente Charlotte miró hacia atrás.
Giulia estaba en el pasillo, apoyada contra el marco de la puerta de su habitación, todavía con la bata puesta y los brazos cruzados mientras observaba la escena.
Charlotte volvió a mirar al mensajero.
—Sí —respondió finalmente.
Tomó el sobre, firmó con rapidez y cerró la puerta sin siquiera molestarse en agradecer.
Caminó de regreso al salón.
Dejó el sobre sobre la mesita de centro como si no tuviera importancia y levantó la mirada hacia Giulia, que seguía allí observándola desde el pasillo.
—Un sobre para usted, señora Brown.
Giulia arqueó apenas una ceja.
Caminó unos pasos hacia el salón y tomó el sobre con calma.
—Gracias —respondió con un tono seco.
Sabía perfectamente lo que ese apellido provocaba en Charlotte.
Giulia tomó el sobre y regresó a la habitación sin decir nada más.
La puerta se cerró detrás de ella con un movimiento tranquilo, casi silencioso, dejando a Charlotte otra vez sola en el salón.
Y entonces empezó la espera.
Los minutos pasaron lentos. Charlotte permanecía en el estar caminando de un lado al otro con el vaso de whisky en la mano, deteniéndose cada tanto frente a la ventana, luego frente al sofá, luego revisando el teléfono otra vez. Los mensajes desde la azotea seguían llegando con confirmaciones de que todo avanzaba según lo previsto, pero ni siquiera eso lograba calmar el ritmo inquieto de sus pensamientos.
Estaba nerviosa.
Y, para empeorar las cosas, estaba enojada.
No solo por la espera.
También por ese maldito apellido.
“Señora Brown.”
Charlotte apretó la mandíbula cada vez que volvía a recordarlo. Odiaba la sensación absurda de competir con el apellido de un hombre que ya ni siquiera estaba en la vida de Giulia, pero que seguía allí, pegado a su nombre como una sombra que Charlotte no había logrado borrar.
Era irracional.
Pero no podía evitarlo.
Tomó otro sorbo de whisky y caminó otra vez por el salón.
El reloj siguió avanzando.
Una hora.
Luego otra media.
Charlotte ya estaba apoyada contra el respaldo del sofá mirando el teléfono cuando finalmente escuchó el sonido de la puerta de la habitación abriéndose.
Levantó la cabeza.
Y durante un segundo el mundo pareció detenerse.
Giulia apareció en el pasillo.
El apartamento entero pareció iluminarse.
El conjunto de Dior caía sobre su cuerpo con una elegancia imposible de ignorar: el pantalón marfil fluía con cada paso, alargando su silueta con una suavidad casi irreal, mientras el top bordado capturaba la luz tenue del apartamento con pequeños destellos que parecían moverse cuando ella respiraba. La capa ligera caía desde sus hombros hasta rozar el suelo, moviéndose con delicadeza detrás de ella.
Los botines del mismo tono completaban la imagen con una precisión perfecta.
Pero no era solo la ropa.
Era Giulia.
Su postura, su forma de caminar, la manera en que el cabello caía sobre sus hombros, el brillo tranquilo de sus ojos después de haberse tomado el tiempo para recomponerse.
Charlotte se puso de pie lentamente.
No hizo el menor intento de disimular lo que estaba viendo.
La miró de arriba abajo con una atención tan abierta, tan transparente, que Giulia sintió el impacto de esa mirada antes incluso de llegar al centro del salón.
Nunca Charlotte la había mirado así.
Como si fuera lo único que existía en la habitación.