Una lágrima rodó lentamente por la mejilla de Giulia.
No fue un llanto desbordado ni dramático; fue una sola lágrima clara que descendió con calma mientras ella seguía mirando el diamante que ahora descansaba en su dedo. La piedra capturaba la luz cálida de las lámparas y el reflejo del fuego de la chimenea, lanzando destellos pequeños que parecían mezclarse con la nieve que seguía cayendo alrededor de la azotea.
Pero no era el anillo lo que realmente tenía atrapada su atención.
Eran los ojos de Charlotte.
Ese par de ojos azules intensos que la miraban con una mezcla de fascinación, alivio y una felicidad tan evidente que Giulia sintió cómo algo dentro de su pecho volvía a acomodarse en su lugar después de tantos años de espera.
Charlotte observó la lágrima descender por su rostro y, sin decir nada, extendió la mano para tomar la de Giulia con suavidad. Tiró de ella con cuidado hasta que ambas se pusieron de pie junto a la mesa, rodeadas por las flores que cubrían la azotea y por la nieve que seguía cayendo con la calma silenciosa de una tarde de invierno en Nueva York.
Entonces Charlotte llevó la mano libre al rostro de Giulia.
Sus dedos se deslizaron por su mejilla con una delicadeza que siempre parecía nueva entre ellas, como si cada gesto tuviera que aprenderse otra vez después de tantos años de distancia y reencuentros.
Con el pulgar secó la lágrima que aún marcaba la piel de Giulia.
—Espero que sean muchas más —susurró.
Giulia levantó apenas la mirada.
Charlotte estaba tan cerca que su respiración ya rozaba sus labios.
—Muchas más lágrimas de felicidad —añadió Charlotte, su voz perdiéndose casi dentro del espacio mínimo que separaba sus bocas.
Giulia sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, dulce, de esas que siempre habían tenido el poder de desarmar cualquier defensa que Charlotte hubiera intentado mantener.
Y entonces Charlotte la besó.
Lo hizo despacio.
Sin urgencia.
Sin ese impulso apasionado que tantas veces había definido los momentos entre ellas.
Este beso fue distinto.
Lento.
Delicado.
Lleno de una ternura profunda que Charlotte nunca había mostrado con nadie más. Sus labios se movieron con cuidado sobre los de Giulia, como si cada segundo fuera algo que quisiera memorizar con precisión absoluta.
Giulia llevó las manos al cuello de Charlotte y se aferró a ella con una necesidad tranquila, acercándola más mientras el beso se profundizaba lentamente entre el calor del fuego y el frío suave de la nieve que caía alrededor.
Cuando finalmente se separaron, Charlotte no se alejó del todo.
Dejó su frente apoyada contra la de Giulia, los ojos todavía cerrados durante un segundo, mientras recuperaba el aire.
Luego los abrió.
—Escoge una fecha rápido —murmuró.
Giulia levantó apenas las cejas.
Charlotte sonrió.
—Porque me urge no volver a escuchar el apellido Brown en mi vida.
La risa escapó de ambas casi al mismo tiempo.
Giulia apoyó la cabeza contra el hombro de Charlotte un instante antes de volver a mirarla.
—Mentiría si dijera que nunca imaginé cómo sonaría mi nombre con tu apellido.
Charlotte inclinó la cabeza con una sonrisa juguetona que iluminó su rostro.
—¿Ah, sí?
Giulia asintió.
Charlotte se acercó un poco más.
—Pues acostúmbrate —susurró con esa confianza tranquila que siempre aparecía cuando estaba segura de algo—, porque va a ser el último apellido que lleves en tu vida.
Giulia la miró.
Durante un momento pareció completamente desarmada por esas palabras.
Luego sonrió.
Esa sonrisa cálida, luminosa, absolutamente rendida que siempre había pertenecido solo a Charlotte.
—Me encantará ser Giulia Queen-Giordano.
Charlotte sostuvo su mirada un segundo más.
Luego volvió a besarla.
Y mientras la nieve seguía cayendo suavemente sobre la azotea llena de flores y la ciudad comenzaba a encender sus luces al caer la noche del primero de enero, ambas supieron que, después de veintisiete años de historia, por fin estaban exactamente donde siempre habían tenido que estar.
Charlotte tomó la mano de Giulia con firmeza, todavía sintiendo el calor de sus dedos entrelazados con los suyos. Durante un momento ambas permanecieron allí, en medio de la azotea cubierta de flores, con la nieve cayendo lentamente sobre los pétalos y las luces cálidas reflejándose en el diamante que ahora brillaba en la mano de Giulia.
La cena quedó intacta sobre la mesa.
El champagne comenzaba a perder sus burbujas en las copas que apenas habían sido tocadas.
Las flores, miles de ellas, empezaban a acumular pequeñas capas de nieve sobre sus pétalos.
Pero ninguna de las dos volvió a mirar la mesa.
Charlotte apretó suavemente la mano de Giulia y ambas caminaron juntas hacia la puerta que conducía de regreso al edificio. Bajaron por el pasillo en silencio, todavía tomadas de la mano, como si cualquiera de las dos temiera que soltarla pudiera romper el momento que acababan de construir.
El ascensor descendió lentamente.
Cuando las puertas se abrieron frente al apartamento de Giulia, Charlotte apenas tuvo que empujar la puerta para que todo lo demás comenzara a suceder.
Bastó cruzar el umbral.
La puerta apenas se cerró detrás de ellas cuando la ropa empezó a estorbar.
Las manos se buscaron con urgencia renovada, recorriendo hombros, rostros, espalda, como si quisieran recuperar en pocos segundos todos los años que habían pasado separadas.
Los besos volvieron.
Más intensos ahora.
Más desesperados.
Charlotte la besaba mientras sus manos recorrían el rostro de Giulia, su cuello, sus hombros, como si quisiera asegurarse de que realmente estaba allí, de que no era solo otro recuerdo o uno de esos momentos que siempre parecían escaparse de sus manos antes de poder sostenerlos.