Charlotte X Giulia

Capítulo 1. — Todo en orden…

La tarde caía lentamente sobre Nueva York.

Desde el ventanal de su oficina en Interscope, la luz de abril entraba en líneas largas y cálidas que se deslizaban sobre el escritorio de Charlotte, reflejándose en el vidrio, en los marcos metálicos, en el borde perfectamente alineado de los documentos que tenía frente a ella.

La ciudad seguía moviéndose allá abajo.

Ruidosa. Imparable.

Pero dentro de esa oficina, todo estaba en orden.

Siempre lo estaba.

Charlotte firmó el último documento con un movimiento limpio, preciso. Cerró la carpeta sin revisar una segunda vez —no lo necesitaba— y la deslizó hacia un lado del escritorio.

En ese mismo instante, su teléfono vibró.

Levantó la mirada.

Facetime.

Giulia.

Charlotte no sonrió de inmediato.

Nunca lo hacía.

Pero algo en su expresión cambió apenas, una pequeña curva casi imperceptible en la comisura de sus labios mientras tomaba el teléfono y aceptaba la llamada.

La pantalla se iluminó.

Y ahí estaba.

Giulia, con la pijama quirúrgica todavía, puesta, el cabello recogido de manera descuidada, algunos mechones sueltos enmarcando su rostro. Había algo en su expresión —esa calma luminosa, esa felicidad tranquila— que llevaba más de un año instalada en ella como si siempre hubiera pertenecido ahí.

—Hola —dijo Giulia, sonriendo.

Charlotte sostuvo su mirada un segundo.

—Hola.

La sonrisa no desapareció del todo.

—¿Lista para la fiesta de medio cumpleaños? —preguntó Giulia.

Charlotte cerró los ojos un instante. Luego los abrió. Y rodó los ojos sin la menor intención de disimularlo.

—Sigo sin entender cómo dos mujeres adultas decidieron que celebrar seis meses de vida era una idea razonable —murmuró—. Y aún menos entiendo cómo Sophia conspiró con ellas para obligarnos a asistir.

Giulia soltó una risa suave.

—Yo no estoy obligada —respondió con calma—. Voy porque quiero.

Charlotte la miró.

Asintió apenas.

—Lo sé.

Hizo una pequeña pausa antes de añadir, con esa ironía seca que nunca terminaba de desaparecer del todo:

—La única obligada a esa estupidez soy yo.

Giulia volvió a reír, esta vez con un poco más de calidez.

Charlotte la observó un momento más, como si esa risa fuera algo que todavía no terminaba de acostumbrarse a ver tan seguido.

—¿Entras o sales de cirugía? —preguntó.

—Entro —respondió Giulia—. Voy a regañar al gemelo A porque le está robando nutrientes al gemelo B.

Charlotte arqueó apenas una ceja.

—Eso no suena como algo que vaya a terminar rápido.

—Dos horas —replicó Giulia con confianza—. Máximo.

Sonrió.

—Llego a tiempo para acompañarte mientras fingimos que toleramos la ridícula fiesta.

Charlotte torció la boca, conteniendo una sonrisa más evidente.

—No pienso formar parte de esa ridiculez sin tu compañía.

Giulia la miró con una dulzura tranquila.

—No volverás a ir a una fiesta sin mí.

Giulia levantó ligeramente la mano, casi como un gesto inconsciente, y los anillos capturaron de inmediato la luz blanca del vestuario, devolviéndola en pequeños destellos que no pasaron desapercibidos para Charlotte. Ella los observó con una atención tranquila, detenida, y esta vez la sonrisa que apareció en su rostro no fue apenas insinuada, sino más amplia, más visible, aunque todavía contenida dentro de su naturaleza.

—Lo sé, señora Queen.

Giulia inclinó la cabeza, divertida, con esa mezcla de ternura y satisfacción que nunca intentaba esconder cuando se trataba de Charlotte.

—Aún suena raro.

—No —respondió Charlotte con calma, sin apartar la mirada—. Suena correcto.

El silencio que siguió no fue incómodo ni frágil; fue breve, pero lleno, de esos silencios que no necesitan palabras porque ya están sostenidos por algo más sólido. Charlotte desvió la mirada apenas un instante hacia el escritorio, como si organizara el siguiente pensamiento antes de decirlo.

—Voy a recoger lo que pedimos para la mini Stefani.

Giulia frunció ligeramente el ceño, evaluando la idea con rapidez.

—Pídeselo al chofer.

Charlotte negó con suavidad, casi automática.

—Sophia está con él. Prefiero que siga así.

Giulia dejó escapar un suspiro leve, no como reproche, sino como quien reconoce una decisión que entiende incluso sin compartir del todo.

—Ya casi se va, ¿no?

Charlotte no respondió de inmediato. Sus ojos se movieron hacia el ventanal, hacia la ciudad que seguía latiendo con la misma intensidad de siempre, como si necesitara ese segundo para aterrizar la idea.

—Sí… —dijo finalmente—. Ya casi se va.

—Va a estar bien —añadió Giulia con esa serenidad que siempre parecía anticiparse a los temores que Charlotte no verbalizaba—. Es una gran chica.

Charlotte dudó. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero suficiente para romper la perfección de su habitual seguridad.

—Lo sé —respondió después—. La entrené.

Hizo una pausa breve, apenas un latido.

—Yo la terminé de criar y estoy orgullosa de eso.

Giulia no respondió. Y Charlotte tampoco. El silencio que quedó entre ambas ya no era pesado, pero tampoco completamente ligero; tenía una densidad distinta, como si algo importante se estuviera acomodando sin necesidad de ser nombrado.

Giulia inhaló despacio antes de retomar.

—Tengo que lavarme y entrar.

Charlotte volvió a mirarla, y esta vez no había rastro de ironía en su expresión. Lo que había era algo más directo, más claro, más difícil de esconder incluso para alguien como ella: una forma de atención absoluta que bordeaba la devoción.

—Te amo —dijo Giulia.

Charlotte sostuvo esa mirada sin vacilar.

—Yo también te amo.

Dejó pasar un segundo, antes de añadir, recuperando apenas ese filo característico que siempre la acompañaba:

—Y no llegues tarde. Me aburriría viendo a todos hacer el ridículo sin ti.




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