Charlotte X Giulia

Capítulo 8. — Irreversible.

Giulia se puso de pie con una lentitud que no respondía al cansancio físico, sino a algo más profundo, más pesado, como si cada movimiento tuviera que atravesar primero todo lo que llevaba dentro antes de poder ejecutarse. Al alzar la mirada se encontró con Richard de frente, y por un instante sostuvo esa imagen con una claridad que no iba a olvidar.

Su expresión seguía siendo la de siempre en apariencia: seria, contenida, firme, con la mandíbula apretada marcando una tensión que no necesitaba palabras para hacerse evidente. Pero había algo más, algo que no había estado ahí antes, una fisura apenas perceptible en la forma en que sostenía la mirada, una mezcla imposible de disimular entre pena, dolor y una rabia contenida que no había encontrado todavía dónde caer.

Giulia intentó hablar, pero el intento se quedó a medio camino, atrapado en una garganta que aún no terminaba de responderle.

—Dime qué pasó.

La voz de Richard salió primero, grave, directa, sin elevarse, pero con un peso que no admitía evasivas, como si cada palabra fuera una orden que no podía ser ignorada.

Giulia tragó saliva antes de responder, sintiendo el esfuerzo físico que implicaba algo tan simple como empezar a hablar, mientras al otro lado de la cama los sollozos de Evelyn llenaban el espacio con una constancia desgarradora, una presencia sonora que no interrumpía, pero que tampoco permitía olvidar lo que estaba ocurriendo.

—Mi niña… mi niña… —susurraba Evelyn una y otra vez, con las manos aún sobre el rostro de Charlotte, como si al repetirlo pudiera devolverla a algún lugar donde todo siguiera intacto.

Giulia sostuvo la mirada de Richard mientras comenzaba a hablar, obligándose a ordenar la información como sabía hacerlo, apoyándose en lo único que en ese momento no se le desmoronaba: los hechos.

Le contó cómo la habían encontrado, en un callejón en el centro, golpeada, inconsciente, sin una narrativa clara de lo ocurrido más allá de las evidencias que el cuerpo mismo ofrecía. Le explicó lo que ya habían confirmado, manteniendo el tono lo más estable posible, aunque cada palabra pesara más de lo que debería.

—Tiene dos costillas rotas… —dijo finalmente, con la voz más baja de lo que pretendía— una fractura en el brazo… y una contusión.

No se detuvo ahí.

No podía.

—Le hicieron una tomografía, no hay sangrado intracraneal, pero la contusión explica que haya estado inconsciente… —continuó, aferrándose a ese lenguaje clínico como si fuera lo único que le permitía no quebrarse de nuevo— ya le tomaron muestras, estamos descartando si hubo sustancias…

No terminó la frase.

No hacía falta.

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue denso.

Pesado.

Cargado de todo lo que no estaba siendo dicho en voz alta, pero que estaba completamente presente entre ellos.

Richard no apartó la mirada de Giulia mientras ella hablaba, y cuando terminó, no respondió de inmediato. Su expresión no cambió de forma evidente, pero algo en la tensión de su cuerpo se hizo más rígido, más contenido, como si todo lo que acababa de escuchar estuviera siendo procesado en un lugar interno donde no había espacio para reacciones visibles.

Detrás de él, el murmullo quebrado de Evelyn seguía llenando el aire, aferrada a Charlotte como si soltarla fuera equivalente a perderla por completo.

Giulia se quedó ahí, frente a Richard, sosteniendo esa mirada sin apartarse, sabiendo que lo que venía no iba a ser más fácil, que esto no era el final de la explicación, sino apenas el comienzo de algo mucho más difícil de nombrar.

Porque había cosas que aún no había dicho.

Y él lo sabía.

Giulia intentó retomar la palabra, consciente de que aún quedaban cosas por decir, de que había una parte de la historia que no había cruzado sus labios y que, tarde o temprano, iba a tener que hacerlo, pero el momento se quebró antes de que pudiera continuar, interrumpido por un golpe suave en la puerta que no esperaba y que, aun así, terminó por agradecer.

Marie estaba ahí.

Apenas cruzó el umbral, Giulia dejó escapar un suspiro que no había notado que estaba conteniendo, como si su presencia representara, aunque fuera mínimamente, una estructura a la cual aferrarse en medio de todo lo demás. Dio un paso hacia adelante, recuperando una formalidad que en cualquier otro contexto habría sido automática, pero que ahora exigía un esfuerzo consciente.

—Marie… —dijo con voz baja, pero firme— ellos son Richard y Evelyn Queen, mis suegros.

Hizo una pausa breve antes de continuar, girándose apenas hacia Richard.

—Richard, ella es la doctora Marie, la médica que está atendiendo a Charlotte.

El intercambio no fue inmediato ni convencional. Hubo un segundo en el que las miradas se encontraron primero, evaluándose, midiéndose en silencio, entendiendo más de lo que cualquier presentación podría cubrir. Luego, Marie dio un paso al frente y estrechó la mano de Richard, un gesto profesional, contenido, que no buscaba consuelo.

Richard no devolvió ninguna cortesía verbal. No la necesitaba.

—Diga lo que vino a decir.

Su voz no fue elevada, pero sí definitiva, cortando cualquier posibilidad de rodeos.

Marie asintió apenas, ajustando su postura antes de hablar, consciente del peso del momento y de la precisión que este exigía.

—Claro… —respondió, manteniendo el tono clínico, estable— en unos minutos vendrán a colocarle el yeso en el brazo. Ya tenemos los resultados de los laboratorios…

Hizo una pausa mínima, suficiente para organizar la información sin alterar el ritmo.

—No hay rastro de sustancias psicoactivas en su organismo.

El silencio que siguió fue breve, pero cargado.

—Eso indica que… —continuó, con cuidado, pero sin suavizar— que estuvo consciente durante el ataque. Que luchó.

No añadió nada más.

No hacía falta.

La información cayó con todo su peso en la habitación, mezclándose con el llanto contenido de Evelyn, con la tensión inmóvil de Giulia y con esa forma particular en la que Richard absorbía cada palabra sin mostrar reacción inmediata.




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