Charlotte X Giulia

Capítulo 11. — Que no me vean.

El silencio se extendió más de lo que cualquiera habría considerado cómodo, pero en ese momento nadie estaba pensando en comodidad. Charlotte había dejado de hablar y su mirada se había perdido en la ventana, fija en un punto que no parecía pertenecer del todo a lo que estaba viendo, como si lo que tenía delante fuera apenas un soporte para algo mucho más lejano. Giulia la observó durante unos segundos más, evaluando sin intervenir, entendiendo que cualquier palabra, cualquier intento de alcanzarla en ese estado, solo la empujaría más lejos.

Así que decidió darle espacio.

Se puso de pie con cuidado, midiendo incluso el sonido de sus pasos, y salió de la habitación sin mirar atrás, cerrando la puerta con una suavidad que contrastaba con todo lo que estaba ocurriendo.

En el pasillo, sus suegros seguían ahí.

No se habían movido.

Evelyn fue la primera en reaccionar al verla, acercándose de inmediato, demasiado rápido, demasiado cargada de todo lo que había estado conteniendo.

—¿Cómo está? ¿Qué dijo? ¿Está… está bien? ¿Recuerda? ¿Habló contigo? ¿—

Las preguntas salieron una tras otra, sin pausa, sin orden, como si nombrarlas pudiera acercarla a una respuesta que calmara algo de lo que estaba sintiendo.

Giulia la miró.

Y por primera vez en toda la noche, no tuvo nada que darle.

No porque no quisiera.

Porque Charlotte no se lo había permitido.

—No lo sé… —respondió finalmente, con una honestidad que no suavizó—. No me ha dicho nada.

Evelyn se quedó en silencio un segundo, como si esa falta de respuesta fuera más difícil de procesar que cualquier otra cosa.

Y entonces preguntó algo distinto.

Más concreto.

Más peligroso.

—¿Sophia ya sabe?

Giulia negó con la cabeza.

—Está con unas amigas —explicó, manteniendo la voz lo más estable posible—. Nos estaba esperando… íbamos a vernos en una reunión… —hizo una pausa breve—. Ha estado llamando toda la noche.

El peso de eso quedó suspendido entre ellas.

—No he sido capaz de contestarle —añadió Giulia, más bajo—. Y… no creo que debamos decirle lo que pasó. No ahora. No más allá del robo.

Evelyn cerró los ojos un instante.

—Se volvería loca… —susurró, con una certeza que no necesitaba explicación.

—Eso es lo que quiero evitar —respondió Giulia, firme, pero sin dureza—. Y Charlotte… estaría de acuerdo.

Evelyn la miró.

Sostuvo esa idea.

Y asintió.

—La voy a llamar —dijo finalmente, más para sí misma que para Giulia—. Le diré algo… lo necesario.

Giulia asintió en silencio.

Y fue ahí, en ese punto exacto donde las decisiones empezaban a tomar forma, donde lo inevitable comenzaba a organizarse, cuando todo cambió.

Porque Richard dio un paso al frente.

No fue brusco.

No fue ruidoso.

Pero fue definitivo.

Su mirada se clavó en Giulia con una intensidad distinta, más enfocada, más fría, como si todo lo que había contenido hasta ese momento finalmente encontrara dirección.

—No he sido el padre más entregado a mi hija —dijo, sin rodeos, con esa voz grave que no necesitaba elevarse para imponerse—, pero la he cuidado durante cuarenta y dos años con todo lo que he podido.

No era una justificación.

Era un punto de partida.

—Y ese descuido… —continuó, marcando cada palabra— no se va a quedar así.

Giulia no apartó la mirada.

No podía.

—Escúchame bien —añadió Richard, dando un paso más cerca, lo suficiente para que no hubiera espacio para distracciones—, porque hasta hace poco menos de un año su apellido era Queen… y ser Queen nunca fue solo llevar un nombre.

Giulia asintió.

No porque le estuviera dando permiso.

Porque entendía exactamente lo que significaba.

Richard sostuvo ese gesto apenas un segundo más antes de continuar.

—Tu trabajo —dijo entonces, sin suavizar— es estar para Charlotte. Porque ella no se lo va a permitir a nadie más.

No era una petición.

Era una asignación.

—El mío —añadió, y aquí su voz cambió apenas, volviéndose más baja, más peligrosa— empieza ahora.

El silencio que siguió no fue vacío.

Fue advertencia.

—Voy a recuperar la dignidad de mi hija —dijo finalmente—. A cualquier costo.

No había énfasis innecesario.

No hacía falta.

—Quiero que eso quede claro —concluyó, sosteniendo la mirada de Giulia sin titubear—. A cualquier costo.

Y en ese momento, sin necesidad de declararlo de forma explícita, quedó establecido algo que iba mucho más allá de lo inmediato.

Porque Richard Queen…

había vuelto a tomar el mando.

Y no iba a detenerse.

No hasta encontrar —aunque tuviera que levantar cada piedra de esa ciudad— al hombre que se había atrevido a tocar a su hija.

Evelyn regresó unos minutos después con el teléfono aún en la mano, el gesto más contenido pero la urgencia todavía evidente en la forma en que cruzó el espacio hasta ellos, como si cada segundo que pasaba comenzara a pesar más de lo que podía sostener.

—Sophia viene en camino —dijo, mirando primero a Giulia y luego a Richard—. El chofer la está trayendo.

La aclaración llegó casi de inmediato, anticipándose al impulso de Richard, que ya había tensado ligeramente la postura como si fuera a intervenir.

Giulia asintió.

No había nada que discutir ahí.

—Voy a volver con Charlotte —dijo después, más bajo, con una breve inclinación de cabeza que funcionó como disculpa antes de girarse y regresar a la habitación.

Cuando empujó la puerta y entró, la escena era distinta.

Charlotte ya no estaba mirando al vacío.

Estaba observándose.

Su atención estaba fija en el yeso de su brazo izquierdo, recorriéndolo con una concentración extraña, como si intentara entenderlo no solo desde lo físico, sino desde lo que representaba.

Giulia se detuvo a unos pasos, sin invadir.

—Te fracturaste —dijo con suavidad—. El brazo… y un par de costillas también. Pero van a sanar… en unas semanas deberías estar bien.




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