Sophia salió del hospital en contra de su voluntad, girándose una y otra vez hacia atrás como si en cualquier momento fuera a romper el acuerdo y regresar corriendo, como si dejar a Charlotte sola, aunque fuera por unas horas, fuera algo que su cuerpo simplemente no terminaba de aceptar. Evelyn la sostuvo con una firmeza suave pero inquebrantable, guiándola hacia la salida con esa mezcla de autoridad y contención que pocas veces dejaba ver, hablándole en voz baja, intentando sostenerla sin quebrarse ella misma, mientras Sophia asentía sin convicción, con los ojos aún húmedos y la respiración inestable.
Dentro, todo era distinto.
El área de estar de la habitación se había transformado en un punto de tensión constante donde Richard no se detenía. Caminaba de un lado a otro con pasos medidos pero cargados de una energía contenida que no encontraba salida, el teléfono siempre en la mano, enlazando una llamada tras otra sin descanso. En las últimas horas había hablado con cada teniente, con cada contacto, con cada nombre que podía mover algo dentro de la ciudad, activando una red que no dejaba cabos sueltos, ordenando, exigiendo, acelerando procesos que normalmente tomarían días. Había contratado equipos completos, investigadores, seguridad, gente que no preguntaba demasiado y que entendía perfectamente lo que implicaba trabajar para un Queen. Y no iba a detenerse ahí. En pocas horas, ese despliegue estaría en Interscope, en el edificio de Charlotte, en el hospital, en cada lugar donde pudiera garantizar que esto no volviera a suceder.
Y aun así…
no era suficiente.
La frustración se filtraba en pequeños gestos, en la forma en que colgaba el teléfono, en la manera en que volvía a marcar de inmediato, en los murmullos que se escapaban entre dientes, y luego, sin control, en palabras que no solía usar.
Richard Queen estaba maldiciendo.
Y eso, por sí solo, era una señal.
Porque si algo definía a los Queen, más allá del poder, más allá del control, era la educación, el dominio absoluto incluso en las peores circunstancias.
Hasta ahora.
Dentro de la habitación, el ambiente era otro tipo de silencio.
Giulia seguía en la silla junto a la cama, exactamente donde había pasado la noche, sin haberse movido realmente de ese lugar, como si ese punto fuera su ancla. Sobre la mesa, la comida seguía intacta: fruta cortada, café cargado como a Charlotte le gustaba, jugo, huevos, todo dispuesto con una intención que ya no tenía respuesta.
—Prueba algo —insistió una vez más, con suavidad.
Charlotte no la miró.
No reaccionó.
Su atención seguía fija en la ventana, en un punto indefinido más allá del vidrio, como si todo lo que estaba dentro de esa habitación no terminara de alcanzarla.
Giulia exhaló despacio, conteniendo la frustración que comenzaba a asomarse, pero sin dejar que se impusiera, porque entendía que aquello no era rechazo, no realmente.
Era otra cosa.
—No insistas —advirtió Charlotte finalmente, sin apartar la mirada. — Esa comida es un asco —añadió después, con un intento evidente de recuperar algo de su tono habitual—. En casa, con jamón del que me gusta y comida orgánica… retomamos el tema del desayuno.
El comentario quedó suspendido en el aire con una familiaridad que, en otro contexto, habría resultado natural, incluso reconfortante, pero que en ese momento no terminaba de encajar del todo, como si intentara ocupar un lugar que ya no existía de la misma manera. Charlotte había intentado sostener ese tono que le era propio, ese sarcasmo ligero que solía usar como escudo, pero no sonó igual, no tuvo el mismo peso ni la misma soltura, y ambas lo notaron sin necesidad de señalarlo.
El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí denso, cargado de una tensión que no necesitaba palabras para hacerse presente. A la distancia, la voz de Richard irrumpía de vez en cuando, fragmentada, filtrándose desde el área contigua, acompañada por el sonido seco de llamadas que terminaban y comenzaban de inmediato, por ese ritmo insistente que delataba su frustración. Incluso desde ahí podía percibirse lo inusual de la escena, ese quiebre casi imposible en alguien que había construido su identidad sobre el control absoluto.
Charlotte no reaccionó.
O al menos no de una forma visible.
Su mirada permanecía fija en la ventana, como si lo que ocurría fuera de esa habitación no terminara de alcanzarla o, más bien, como si no quisiera permitir que lo hiciera.
Charlotte no apartó la mirada de la ventana cuando habló.
—Está molesto.
Lo dijo sin girarse, como si no necesitara confirmar lo evidente, como si pudiera leerlo incluso sin verlo.
Giulia la observó un segundo antes de responder, midiendo el terreno.
—Todos lo estamos —dijo con cuidado—. Es apenas normal. Que tú lo estés también lo es.
—No estoy molesta —replicó Charlotte de inmediato, con una precisión que no dejaba espacio para interpretación.
Giulia giró ligeramente en la silla, enfocándose por completo en ella.
—¿Entonces?
Charlotte dudó.
Fue un instante breve, pero suficiente para marcar una diferencia real, como si por primera vez algo no pudiera resolverse con la misma facilidad con la que solía hacerlo.
—Estoy… —empezó, y por un segundo pareció que la palabra no iba a llegar.
Su mirada no cambió.
Su postura tampoco.
Pero su voz sí.
—Vacía.
No hubo carga emocional en la forma en que lo dijo, no hubo dramatismo ni quiebre, no hubo nada que buscara provocar una reacción. La palabra salió limpia, directa, casi clínica, como si estuviera describiendo un estado y no sintiéndolo.
Y en esa ausencia total de emoción…
estaba todo.
Giulia dejó escapar un suspiro largo, contenido, como si con él intentara ordenar todo lo que llevaba dentro antes de dar el siguiente paso, y sin añadir nada más apartó la mesa del desayuno a un lado, asumiendo que insistir en ese frente no iba a llevarlas a ningún lugar útil. Durante un segundo se quedó en silencio, evaluando, midiendo el terreno que estaba pisando, y aun sabiendo que la respuesta podía no ser la que quería escuchar, decidió preguntarlo de todos modos.
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Editado: 21.08.2026