Chica nueva, jefe nuevo

Capítulo 9

Después de un paseo que me hace doler los talones luego de tantas horas con estos apretados zapatos, Valerie menciona algo que me toma completamente por sorpresa:

—Sabes, Stephanie, Grant me asignó un presupuesto para asesorarte en moda. Grant sabe que la primera impresión es fundamental para nuestros clientes, así que debo asegurarme de que siempre estés bien vestida para cualquier ocasión.

Mis ojos se iluminan con asombro, y suelto un pequeño chillido de emoción que pronto me reubica los patos. ¿Es decir que para mi jefe, no tengo buen gusto para la ropa? ¿O uso ropa demasiado fea comparado con el estilo que él prefiere que mantenga su personal?

—¡¿Un presupuesto de moda?! —exclamo, incapaz de contener mi entusiasmo que se mezcla con un poco de incredulidad—. No tenía idea que había que llevar cierto uniforme para el trabajo en la compañía, pero qué va, lo hagamos.

—Nada de uniformes, solo buen gusto. Además, Alexander Grant juzga que es necesaria la elegancia y el buen estilo para que el aspecto exterior también brinde un poco de autoconfianza.

—¡Esto es increíble! ¡Voy a tener más estilo que un árbol de Navidad en la Quinta Avenida! —digo, casi a los saltitos.

—El chofer nos llevará por las tiendas más exclusivas de Nueva York para que encuentres las piezas perfectas.

—¿Tiendas exclu…? Madre mía, Valerie, no sé cómo haré para mantener el cuidado que esas prendas requieren, pero prometo que las cuidaré y haré todo lo que esté a mi alcance para no estropearlas.

—No es que el señor Grant nos habilite un nuevo presupuesto cada que queramos, pero es importante considerar el cuidado de las prendas.

En ese momento, el chofer llega para recogernos y nos dirigimos a una nueva aventura de compras por la Gran Manzana. Mientras recorremos las calles, mi mente se llena de ideas sobre cómo aprovechar al máximo este presupuesto de moda inesperado.

No obstante, basta ingresar en las tiendas para ver los precios ridículamente altos y algunos atuendos extraños.

Valerie es elegante, pispea piezas de ropa que son chic y me las va a apartando.

—Oye, Val ¿qué opinas de este sombrero con luces intermitentes y plumas de pavo real? —pregunto, colocándomelo.

Ella lleva puestas sus gafas de “estoy en un momento de concentración y soy una mujer muy ocupada” con las que me examina de arriba a abajo.

—No es mala opción, pero procura no elegir utilería del decorado de la tienda.

—¿Qué? ¿Cómo que decorado?

El corazón se me viene a la garganta y me apresuro en dejarlo nuevamente en su lugar.

Acto seguido me voy detrás de Valerie quien se encamina hasta los probadores y ella me entrega las prendas costosas que rápidamente me hacen sentir en la obligación de tener que rechazar esto.

Es imposible, no puedo tomarlo. Tampoco sé cuánto será el presupuesto que el señor Grant ha decidido, pero seguramente que podríamos explotarlo mejor.

Una camisa de seda asombrosa en ¡doscientos dólares! ¡La última que me compré alguna vez no llegaba ni a veinte! Qué va con veinte, si pienso que la camisa que llevo puesta me salió cinco dólares en una tienda de segunda mano en Ohio, estoy siendo generosa.

Una chaqueta de ¡trescientos! ¡Otra falda de ciento cuenta dólares! ¡No, no, no! Hasta la pañoleta para el cuello y los accesorios que me ha dado cuestan más de cincuenta dólares y por encima de cien inclusive una de las faldas.

Salgo del probador con las prendas en las manos y busco a Valerie, pero no está fuera. ¿Dónde anda? Necesito encontrarla y devolverle todo esto, aclararle que me siento muy agradecida, pero no puedo permitir que paguen lo que esto cuesta para mí. De hecho, pienso alternativas más elegantes para rechazar la ropa inclusive, sin embargo, me encuentro con un maniquí que lleva puesto un vestido que me deja con la quijada por el subsuelo.

Es un vestido color azul eléctrico, que enmarca muy bien la cintura y eleva el pecho. Lleva tiras finas en los hombros que dejan visualizar los hombros y es abierto en la espalda a la altura de los omóplatos. El largo me acompleja un poco ya que apenas le baja los glúteos, pero no parece ser la clase de prenda que se suba sola cuando te sientas en la parte de atrás de taxi.

Trago grueso aún observando esta maravilla, hasta que el llamado de la mano de derecha de Grant me sorprende:

—¿Y bien? ¿Qué tal te quedó?

—Yo…

—Debía vértelo puesto, Stephanie. —Ya trae otra montaña de perchas en brazos.

—Me gusta, realmente me gusta, pero no puedo aceptarlo. ¡Mira lo que cuesta todo esto! ¿En serio pagaremos doscientos dólares por una chaqueta? Con ese dinero…

“Con ese dinero comen por diez días mi familia entera” es lo primero que aparece en mi cabeza, pero intento darle una excusa más chic:

—Con ese dinero podemos ir a otra tienda y quizá obtener rebajas si es ropa de la temporada pasada.

—Me extraña sobremanera que una chica que se dedica al estilo y al buen gusto, le de lo mismo algo de la temporada pasada que de la próxima.

—Una cosa son las luces y las maquetas, otra muy distinta es un outfit que cuesta más de tres mil dólares completo.

—Vaya, me sorprende que digas eso, porque justo estabas mirando un vestido que cuesta mil quinientos. 

—¿Qué?

Miro nuevamente el vestido.

¡¿Cómo que mil quinientos dólares ese retazo de tela azul?!

Bueno, es muy bonito, pero esta gente se ha vuelto completamente loca si piensa que alguien debería pagar eso por un vestido.

—Stephanie—se vuelve a mí Valerie—. Créeme que esto no es dinero que le mueva la aguja al señor Grant. Además, es parte del presupuesto. Si bien es un hombre acaudalado, lleva a la perfección sus cuentas y no hay un céntimo que se le escape sin haberlo previsto con anticipación. Si te digo que podemos invertir en tu atuendo, es porque Grant está seguro que una buena impresión de la mujer que lo acompañe en sus negocios implicará una retribución con creces más alta.




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