Chica nueva, jefe nuevo

Capítulo 29

Es sábado, pero toca igual trabajar. Aquí no tenemos fines de semana cuando se acerca la época navideña, me advierte el señor Grant, lo cual me deja con el corazón deshecho porque eso implica que no podré llevar mi resaca de whisky y margaritas…por segundo día consecutivo. Aunque el día anterior fue de vino rosé y champaña de lujo.

La mañana irrumpe con una mezcla de asombro y desconcierto en la oficina cuando, contra todo pronóstico, hago mi entrada triunfal acompañada de Alexander Grant. Las miradas de mis compañeros reflejan una amalgama de sorpresa, curiosidad y, en algunos casos, incluso envidia, pero nadie me dice nada directamente.

—Ocúpate de tus cosas y ni una palabra a nadie—me murmura Grant y luego eleva la voz antes de encerrarse en su despacho con Valerie siguiéndole el paso con una montaña de papelerío—. Por favor, Stephanie, prepara las cosas para la reunión, es en una hora.

Mi cabeza intenta hacer conexiones sinápticas luego de sus palabras.

Se mete con Valerie quien va detrás y me quedo en el despacho.

Corro hasta Javier y le pido ayuda:

—¿Qué sucede?

—Hay una reunión. ¿De qué, de quién? ¿Qué requisitos hay para preparar la sala?

Por algún motivo es el único rostro de confianza en quien puedo tener un mínimo de expectativa.

—No te preocupes, ven.

—Me acabo de enterar que se trabaja los fines de semana.

—Solo en temporada—me dedica una sonrisa amable.

Por algún motivo me siento un poco paranoica entre murmullos y miradas de las personas, seguramente porque hice mi llegada triunfal al lado del jefe. ¿Por qué tienen que inducir suposiciones? ¿O es solo mi cabeza?

Javier me enseña cómo armar la reunión, revisión del itinerario para armar la sala, disponer elementos básicos desde aperitivos hasta la revisión del correcto funcionamiento del multimedia incluyendo también que todos tengan su carpeta y un bolígrafo, además de acceso a enchufes en caso de tener cableado.

—Y le vamos a dar un toque extra—añado y me tomo un momento sacando algunos adornos navideños para decorar el centro de la mesa y añadiendo un detalle pequeño a cada carpeta.

Procedo a revisar las actividades del día y me quedo sorprendida al descubrir que esta reunión es importantísima.

El árbol de navidad icónico de Nueva York se enciende hoy y Grant es quien tiene la concesión para eso. De seguro Kaneki tiene algo que ver porque también participa junto a dos agentes que pertenecen al gobierno.

—Vaya, un representante del alcalde es quien vendrá hoy—advierto, al revisar el listado.

—Descuida, de seguro estarás preparada. Solo procura ser tú misma.

Finalmente sucede y los invitados en cuestión llegan. El abuelo de Grant también está acá y me saluda de manera atenta, realmente me cae bien.

—Siempre tan bella, eres una candidata perfecta—me dice George.

—Abuelo, tenemos que entrar—lo empuja su nieto.

¿Qué me acaba de decir?

—Volvamos a lo nuestro—me sugiere Javier.

El día laboral se despliega con la vorágine típica de la oficina: llamadas telefónicas que parecen interminables, correos electrónicos que se multiplican como conejos en primavera y el constante murmullo de los teclados siendo martillados en una sinfonía de productividad. La rutina se vuelve aún más frenética con la cercanía de la reunión monumental, que se perfila como el acontecimiento del año en el mundo de la decoración navideña.

En algún momento, entre informes y documentos, la pausa para el café se convierte en un oasis necesario. El líquido oscuro y reconfortante fluye por mi sistema, proporcionando la dosis de energía esencial para enfrentar el resto del día. A medida que camino hacia la máquina de café, las miradas de mis colegas me siguen similar a un episodio especial de su telenovela favorita.

Justo cuando creo que el día no podría volverse más interesante, aparece la sorpresa del día: la llegada del perro Sir Winston, la mascota peculiar de Kaneki.

—¡Stephanie! ¿Me harías el favor de tener a mi hijo contigo?—me sugiere.

El pequeño can, con su elegante atuendo canino, desata un torbellino de "awws" y sonrisas de mi parte, aunque no todos en la oficina son tan simpáticos con el animalito. Sus patitas elegantes y su aire aristocrático se convierten en el foco de mi atención, un respiro necesario en medio del ajetreo laboral mientras la reunión se desenvuelve.

Sir Winston se echa a andar y debo ir tras él para no perderle de vista. Sin embargo, al acercarme a una de las salas que no es la reunión principal percibo la voz de George:

—Valerie es buena, confío en ella y si dice que es la indicada, entonces tienes que hacerlo.

—No, abuelo, no voy a hacerlo con ella ni loco.

—Tienes mala cara con ella, si te ha soportado así…

—¡Que no, abuelo!

—¿Por qué no?

Rayos, están discutiendo. Debería marcharme, pero Sir Winston se mantiene tan silencioso como yo mientras nos concentramos en la escucha. No está bien, pero…

—Porque Stephanie es demasiado estúpida y este negocio es millonario. Si la hacemos parte, arruinará todo.

¿Que yo…qué?

Quiero empujar la puerta y romperle la cara por haberme llamado así. No sé de cuántas Stephanies se pueda tratar el asunto.

Siempre me olí a que había gato encerrado con Alexander Grant. Además, ¿qué tiene que ver Valerie conmigo? ¿Y un negocio millonario?

—La estás subestimando, Alex. Ella es brillante, es perfecta.

—Para mandarla a prisión cuando sea necesario. Solo necesitamos su nombre.

—Y su firma.

—Si alguien tiene que caer, que caiga ella, pero no dejaré que me arrastre a mí con toda la empresa.

Hay un ligero silencio que me deja en medio de debatirse si realmente huir o no, hasta que George rompe ese silencio con algo que me deja los oídos sangrando:

—¿Ya te acostaste con ella?




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