Todo en mi cabeza era una locura. Los recuerdos de cuando Caleb vino a la residencia y me dijo que Eros no era tan diferente a él se repetían como un mantra.
Aún me quedaban días de clases antes de salir de vacaciones durante toda una semana. Mi maleta estaba casi lista, solo faltaba agregarle algunas cosas, así que la saqué de abajo de la cama y metí lo que creí necesario.
Tomé mi cartera, apagué mi teléfono y me fui directo a la estación de buses. La llovizna que caía aún no había cesado; no me cambié de ropa y mi pelo iba hecho un desastre.
Quedaban dos días del fin de semana, así que intentaría pasarlo con mi familia. Ya iría la semana libre, pero ahora mismo necesitaba otro aire y pensar con mucha calma.
El bus que más rápido saldría lo haría a las dos y cincuenta de la madrugada; contando con que serían dos horas de viaje, estaría llegando casi a las cinco de la mañana.
Mi padre no trabajaba los sábados, así que me alegraba saber que, al menos, lo podría ver a él.
Me fui a uno de los bancos a esperar mi hora de salida. El lugar era claro, iluminado por cantidad de luces blancas; parecía que no fuera de noche aquí adentro. Todos estaban en sus cosas: algunos oyendo música con sus audífonos, otros charlando por videollamadas, incluso algunos estaban medio dormidos con sus cabezas apoyadas en sus equipajes.
Suspiré y subí mis piernas en el banco. Saqué mi teléfono, que aún seguía apagado, y entonces caí en cuenta de que no le avisé a Alma y que la dejé tirada en el club. Lo encendí y millones de mensajes y llamadas comenzaron a invadir la pantalla.
Alma:
¿Dónde estás?
Kris, espero que no te hayas ido sin avisar.
Eres una mala amiga, me dejaste tirada.
Todos los mensajes llegaban casi al mismo tiempo. Me sentí mal por ella, pero todo sucedió tan rápido que no tuve tiempo ni siquiera de pensar con claridad.
Encontré otro mensaje, esta vez de Scooth:
Kris, no sé qué habrá pasado, pero Alma me llamó muy alterada. Solo quería saber si estás bien. Ella ya está conmigo; tomó demasiado y ahora está dormida. Solo déjame saber cómo estás.
Suspiré con fuerza antes de llamarlo. Al segundo tono, cogió el teléfono.
—Hola, Scooth. Perdón por haberme ido y dejar a Alma ahí —hablé antes de que él pudiera decir algo.
—No te preocupes, Kris. Debió ser algo difícil para ti cuando te fuiste así, solo estaba preocupado.
—Gracias, Scotty. Luego le hablo a Alma. Cuídala, por favor, y perdona de verdad.
—No hay nada que perdonar. Hablamos luego, cuídate, Kristal.
Tras despedirme de Scooth, me quedé pensando si él también lo sabía. ¿Y si todos lo sabían y nadie quería decirme?
¿Y si Alma insistía tanto porque ella también lo sabía?
—¡Agrrrr! —revolví mi cabello con frustración.
No sé por qué razón la decepción llegó a mí cuando no vi ni un mensaje de Eros.
Realmente no sé qué esperaba; fui clara con él, así que no tenía derecho a sentirme así porque no me hubiera escrito. Tal vez huir no fue la mejor forma, pero creo que, si me quedaba, no sería capaz de pensar con claridad ni tomar buenas decisiones.
Las horas pasaron malditamente lentas. No les había escrito a mis padres porque entonces se preocuparían y me interrogarían; además de que no dormirían hasta que llegara, así que decidí sorprenderlos.
Debido a la hora en que el bus salía, estaba medio vacío. Los pasajeros se acomodaron rápido para dormir. Yo me pegué a la ventanilla, saqué una manta de mi mochila y me la tiré encima. Me puse los audífonos y comenzó a reproducirse Aunque no te pueda ver de Alex Ubago.
Cuando tienes el corazón roto, lo mínimo te hace llorar; crees que tu situación es parecida a lo que estás escuchando. Es como si las canciones estuvieran hechas exactamente para cuando estamos jodidos.
Cerré los ojos y, como si fuera un proyector en medio de la oscuridad, el rostro de Eros apareció sonriente, hermoso, irradiando felicidad. Sonreí por inercia, pero segundos después todo se fue transformando en sombras, tristeza y dolor.
Su hermosa sonrisa estaba opacada por una cara triste y llorosa. Entonces, como un eco, se repitió: "Te amo, Kristal Bennett".
Me arranqué los audífonos de un tirón, centrándome solo en la carretera oscura.
Necesitaba alejar todo tipo de pensamientos intrusivos; si quería olvidarme de todo, tenía que poner de mi parte.
Las dos horas me las pasé mirando mi reflejo a través del cristal. Las gotas de lluvia corrían contra él y solo me hacían recordar, una y otra vez, lo que no quería. Miré mi teléfono por milésima vez, pero no encontré nada. Estaba loca, lo sé, pero era inevitable.
Entré a WhatsApp y vi que él estaba "En línea". Mi corazón dio un brinco desbocado. Noté que su foto de perfil había cambiado: ahora solo era una imagen en color negro. No había más nada.
Quería decirle tantas cosas; que solo necesitaba organizar mis ideas, por ejemplo. ¿Por qué todo tenía que ser tan complicado? ¿Por qué a veces pensamos tanto las cosas? ¿Por qué, por qué, por qué? Millones de preguntas sin respuesta se acumulaban en mi cabeza.
Me mordí el labio al ver que, al lado de su nombre, decía "Escribiendo...". Pero luego paró. Esperé, pero de un momento a otro, se desconectó.
El bus hizo su parada indicando que habíamos llegado. Aún estaba oscuro. Todos a mi alrededor comenzaron a bajarse y yo hice lo mismo.
Al parecer, aquí no había caído ni una gota; las calles estaban secas y agradecí que, al menos, el clima fuera mejor.
Comencé a caminar por las calles que conducían a mi casa. Estar aquí se sentía bien; el aire se respiraba diferente. A decir verdad, lo extrañaba.
Mi barrio era pequeño, todos nos conocíamos y los recuerdos aquí eran hermosos. Me fui a una universidad lejos porque, si mi madre y yo continuábamos viviendo juntas, nos arrancaríamos la cabeza; sin contar con que por aquí no hay universidades buenas.