Chico de Renta

Capítulo 31

Tras replantearme si debí venir aquí o no, decidí salir al patio. Pelusa, mi gatita blanca y negra, se encontraba ahí tomando el sol; apenas me vio, corrió hacia mí maullando y pidiendo caricias. Me agaché y comencé a sobarle la espalda mientras ella se restregaba, desde la cabeza hasta la cola, contra mi mano.

​—Te ha extrañado mucho —dijo mi padre acercándose.

​—Y yo a ella —respondí mientras le daba un apretón entre mis brazos.

​—¿Y qué le pasó a mi niña para que haya venido hasta aquí sin decir nada? —Mi padre acarició mi cabello y yo cerré los ojos, disfrutando de su contacto.

​—No siempre tiene que pasar algo para que venga a verlos.

​—Kris, mi niña... —Mi padre se agachó frente a mí y me tomó del mentón para que lo mirara—. Eres mi hija, y esos ojitos apagados que tienes son señal de que estás sufriendo.

​Mis ojos se llenaron de lágrimas. Me conocía a la perfección, igual que... Sacudí mi cabeza; era imposible mentirle a estos hombres. Sonreí con tristeza y dejé ir a Pelusa, quien se estiró bostezando y se dejó caer en una esquina boca arriba. Mi padre me imitó y me abrazó, atrayéndome hacia él. Yo me dejé; siempre habíamos tenido suficiente confianza.

Siempre me aconsejó como padre, pero muchas veces como hombre, y me daba rabia que, aun así, hubiera caído en las mentiras de Caleb. Me dolía haber sufrido tanto al punto de querer cometer una locura con Eros.

​Y ahí, mis pensamientos comenzaron a tomar el rumbo que tanto estaba evitando.

​—Dime algo —pidió mi padre de la nada.

​—Si

​—¿Te mintieron? —Asentí—. ¿De qué magnitud?

​—De una muy grande, papá. —Fue su turno de asentir.

​—¿Se disculpó? —Su pregunta me descolocó un poco—. Escucha, hija: todos mentimos. Algunas veces son mentiras de gran magnitud, otras solo son piadosas, pero todo depende del objetivo.

​—No entiendo.

​—Hay mentiras que destruyen, pero hay mentiras que se dicen para proteger a algo o a alguien, incluso para protegernos a nosotros mismos por miedo a perder a esa persona que tanto amamos. Esa es la diferencia.

​Me quedé pensando por unos segundos en lo que había dicho. Era cierto; Eros se disculpó, me pidió que lo escuchara y, siendo honesta, nunca me había lastimado, sino todo lo contrario.

​—Entonces, Kris... ¿lo amas?

​Era una pregunta que yo misma no me había atrevido a responder. Porque en poco tiempo me enamoré hasta la médula; me metí tan adentro que olvidé que la vida no era perfecta, porque a su lado solo sentía felicidad, tranquilidad y seguridad en mí misma.

​—Papá... —me separé de él con un poco de vergüenza.

​—No seas tímida; sé honesta conmigo y contigo misma —sonrió, y sus ojos achinados se volvieron casi una fina raya.

​Me lamí los labios; no tenía caso seguir negándolo.

​—Sí —dije bajito—. Lo amo, papá.
​Mi padre volvió a abrazarme y yo dejé caer un par de lágrimas mientras lo rodeaba por la cintura.

​—Mi niña ya es toda una mujer —susurró contra mi pelo—. Solo espero que él devuelva el brillo a tus ojos que tenías la última vez que hablamos por video —sentenció, y yo solo pude sonreír con tristeza.

​El día pasó tranquilo, con momentos de risas y enojos por parte de mi madre, ya que su carácter y el mío no se parecían en nada y solía ser muy insistente.

Me pasé casi todo el día en la habitación, tumbada en la cama, mirando al techo como si las respuestas a todas mis preguntas se encontraran ahí.

La casa se mantenía en silencio, mientras todo mi cuerpo gritaba que lo llamara, que le escribiera.

​Es una de las cosas más difíciles que he tenido que pasar: sentir algo tan fuerte por alguien y, al mismo tiempo, necesitar espacio para procesar.

Querer mandarlo todo al desagüe porque somos humanos y nos equivocamos. Esas eran mis contradicciones mentales.

Con Caleb todo era más fácil; aunque en su momento sufrí, ahora era diferente.

Con Eros era totalmente distinto.

​¡Joder, es que lo amo y no se lo dije! Lo amo con todo mi ser, con toda mi alma. No sé en qué momento pasó, pero cuando pienso en él, mi mundo se ilumina, mi corazón brinca y el estómago se me encoge por la anticipación. Todas esas sensaciones me llevan a una sonrisa tonta, y por eso lo amo.

Eros

​Me encontraba en la barra del club, apretando el vaso entre mis dedos. Prefería ensañarme con el objeto antes de ir a por el idiota de Caleb y estrangularlo. La cabeza me daba vueltas.

Quería llamarla, pero me había dejado claro que no quería saber de mí. La sensación de vacío que dejó Kris al marcharse solo la he sentido dos veces en mi vida: la primera, cuando mi padre nos abandonó; la segunda, verla a ella alejándose de mí.

​Doy otro trago al whisky. El líquido ámbar recorre mi garganta quemando todo a su paso; sin embargo, el trago no se siente tan amargo en comparación al dolor que siento en el pecho.

​—Eros —me habló Julián, el bartender—, deberías regresar a casa, amigo. Has tomado demasiado esta noche.

​Asentí dando el último sorbo y dejando el vaso en la encimera. Un mareo me atacó haciéndome tambalear; mis sentidos estaban nublados.

Saqué mi teléfono y marqué el número que había tenido en favoritos desde que lo tuve.

Comenzó a sonar, pero nadie respondía.

​De pronto, el teléfono comenzó a sonar de vuelta. Mi pecho se iluminó, pero todo mi mundo se desmoronó al ver el nombre en la pantalla. Deslicé para colgar y lo metí de nuevo en mi bolsillo.




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