Chico de Renta

Capítulo 32

Llegué al despacho de Jay con el mundo dándome vueltas. Las luces blancas del pasillo me taladraban los ojos y cada latido en mis sienes se sentía como un martillazo. Jay había sido un maldito con las llamadas; sabía que si no venía, las consecuencias serían peores.
Toqué la puerta y entré sin esperar respuesta. El olor a perfume caro y aire acondicionado de su oficina me revolvió el estómago.

—¿Qué quieres, Jay? —solté, dejándome caer en el butacón. El cuero crujió bajo mi peso y tuve que cerrar los ojos un segundo para no vomitar.

—Para empezar, que dejes de dar lástima —dijo él sin levantar la vista de su tableta—. Hueles a destilería barata desde la entrada.

—No vine por tus consejos de vida. Dime qué quieres y déjame irme a dormir.

Jay sonrió, esa sonrisa que siempre precedía a una puñalada.

—Es sencillo. Primero, no voy a tolerar que mi "producto estrella" se ande despedazando a golpes con un tipo como Caleb en público. Me das igual tú, pero mi negocio tiene una reputación.

—Él se lo buscó —mi voz sonó gangosa, pastosa. Me pasé la mano por la cara, sintiendo el sudor frío en la nuca.

—Como sea. Por tu falta de hoy y tu comportamiento errático, tu contrato se ha extendido automáticamente.
El mareo se detuvo en seco, reemplazado por un frío helado que me recorrió la columna.

—¿Qué mierda dijiste? —Me puse en pie, aunque el suelo pareció inclinarse.

—Lo que oíste. Tenemos un nuevo servicio para ti. Si lo cumples sin rechistar, quizás te deje ir cuando termines.

—¡Ni de broma! —grité, y el esfuerzo me hizo estallar la cabeza—. Ya cumplí mis horas. El trato se acaba esta semana. Búscate a otro perro para tus juegos, Jay. Yo me largo.

Caminé hacia la puerta, pero su voz, calmada y letal, me detuvo antes de que tocara el pomo.

—Entonces supongo que el hospital de tu madre ya no necesita mis depósitos. Y la universidad de tu hermana... bueno, espero que tenga un buen plan B.

La sangre me hirvió. Me di la vuelta con una velocidad que ni yo sabía que tenía. Crucé el despacho en dos zancadas y lo levanté del cuello de la camisa antes de que pudiera reaccionar. Lo estampé contra la pared, disfrutando por un segundo el miedo en sus ojos.

—Escucha, hijo de puta —gruñí, con el aliento a whisky dándole en la cara—. No metas a mi familia en esto. Te firmé un tiempo y ese tiempo se acabó. Ingresa el dinero en mi cuenta o te juro que...

Jay soltó una carcajada seca, casi ahogada por mi agarre.

—Eso es lo que pasa cuando se firma con desesperación, Eros. Nunca leen la letra pequeña.

Mis manos flaquearon. Lo solté lentamente, mientras él se acomodaba la camisa con una parsimonia insultante. Me tendió una carpeta. Mis dedos temblaban tanto que casi no podía sostener los papeles. Busqué el maldito párrafo.

“Cláusula 4-B: El empleador se reserva el derecho de extensión de servicios en caso de conducta perjudicial para la imagen de la empresa o ausencia injustificada. El incumplimiento de dicha extensión anulará los depósitos de bonificación previos acumulados.”

Sentí un golpe en el estómago más fuerte que cualquier puñetazo de Caleb. La habitación empezó a cerrarse sobre mí. Si me iba ahora, todo lo que había sacrificado —la humillación de ser rentado, el tiempo lejos de los míos, incluso perder a Kristal— no habría servido para nada. Mi madre se quedaría sin tratamiento.

—Es una trampa —susurré, dejando que el papel cayera al escritorio. La rabia se había convertido en una pesadez insoportable en mis hombros.

—Es un negocio, Eros —dijo Jay, volviendo a su tono profesional—. Así que, ¿qué decides? ¿Terminas el último encargo como un profesional o dejas que tu familia pague por tu orgullo?

Cerré los puños hasta que las uñas se me clavaron en las palmas. No tenía opción. Nunca la tuve.

—¿Qué tengo que hacer? —pregunté con la voz rota.

—Ese es mi chico —Jay dio dos palmadas en mi hombro, un gesto que me dio náuseas. En ese momento, la puerta se abrió y Mónica entró al despacho, con una sonrisa que me heló la sangre.

Kris
Pasé toda la noche en una guerra silenciosa contra mis propios dedos, reprimiendo el impulso de escribirle a Eros. Tenía un cosquilleo constante en el estómago, una mezcla de ansiedad y anticipación que solo aparecía cuando pensaba en él y en el momento exacto en que mis pies volvieran a pisar el campus.

Le di mil vueltas a la conversación con mi padre hasta que las piezas empezaron a encajar. Él tenía razón. Eros no me había mentido por malicia; yo siempre supe en qué mundo se movía y, si era honesta conmigo misma, nunca lo vi flaquear ni ponerme en segundo lugar.

Me aferré a su promesa: su contrato estaba a punto de expirar. Podía soportar un poco más de ese mundo oscuro si al final del túnel estaba él.
Me levanté con una determinación nueva. Me aseé rápido y salí a la cocina, con la intención de desayunar y huir hacia la estación antes de que el peso de mi casa me terminara de hundir. Pero el silencio de la mañana se rompió antes de que pudiera servirme el café.

Un revuelo de gritos venía de la entrada. Me quedé helada un segundo y luego caminé hacia la puerta. Mi madre estaba allí, frente a una mujer de su misma edad que escupía palabras con una furia contenida. Al verme, la desconocida se tragó el siguiente insulto, pero antes de dar media vuelta, soltó el veneno:

—Tienes tres días, Claudia. O pagas, o me encargo de que cada persona de tu familia sepa exactamente quién eres.

Mi madre se quedó paralizada, con el rostro desencajado por el odio y el miedo. Cuando se giró hacia mí, sus ojos eran cuchillos. Salió al patio sin decir nada y la seguí, sintiendo cómo el aire se volvía denso.

—¿Quién era esa, mamá? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.

—Ya te lo dije —escupió, mientras sus manos temblorosas buscaban desesperadamente un cigarrillo—. Debo dinero. Ella no va a esperar más y yo... joder, ya no sé de dónde más sacar.




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