Chico de Renta

Capítulo 33

Faltaba poco para, por fin, estar de nuevo en la residencia y, por raro que pareciera, se sentía más mi hogar que mi propia casa.

Eché una ojeada al teléfono; no había rastro ni de llamadas o mensajes de ninguno de los chicos. A Alma le estuve enviando mensajes y llamando, pero supongo que aún estaba molesta y por eso no respondía. Y Eros... bueno, eso es otra cosa. No puedo negar que me siento como una gelatina al pensar en él y en su reacción cuando me vea.

El bus llegó a la parada. Me bajé de prisa; los nervios arañaban las paredes de mi estómago, dándome un leve mareo, pero la felicidad que sentía rebosaba por todos mis poros. Me sentía flotando, sonreía como tonta mientras caminaba hacia el campus. Esta vez iría primero a la residencia de los chicos; si no lo hacía ahora, dudaba poder hacerlo luego.

Tras caminar un rato, con la maleta y la mochila a cuestas, llegué a la puerta de la habitación de Scott, donde se estaba quedando mi amiga. Antes de siquiera tocar la puerta, ya estaba dudando. Tomé una respiración fuerte, levantando la mano y dando unos golpecitos tímidos contra la madera desgastada.

Un Eros recién bañado y con su pelo húmedo me recibió. Su cara de sorpresa dejaba entrever que no me esperaba. Sonreí emocionada; no sé qué me pasaba, pero sentía mi pecho hinchado de emoción. Quizás las ganas contenidas o el haber hablado con mi padre hizo que todo saliera más rápido.

—Yo también —dije sin más. Su cara de confusión creció aún más—. Yo también estoy enamorada de ti. O sea, no sé cómo pasó ni en qué momento, pero es real. Perdón si no respondí en el momento; estaba asustada de cojones y, luego de Caleb, yo...

Mis palabras murieron en el justo momento en que Eros se abalanzó sobre mí, devorando mis labios en un beso caótico pero lleno de sentimientos. Solté todo lo que llevaba en las manos y lo abracé. Lo atraje hacia mí, fundiéndonos el uno con el otro.

No me importaron los cuchicheos de los demás; solo podía concentrarme en su respiración acelerada y en el palpitar de sus latidos bajo mi palma. Yo no me encontraba en mejor estado; su aroma se coló en mi sistema y me embriagué toda de su esencia, su lengua jugando con la mía en una danza que parecían conocer de memoria.

Mi pecho se infló. Todos los nervios fueron bajando, concentrándose en una bola candente más allá, en el sur de mi cuerpo. Solo nos despegamos unos segundos por falta de oxígeno; de no ser así, creo que no lo hubiéramos hecho.

Eros me tomó del rostro, pegando su frente a la mía. Bajé la vista y sus labios hinchados y rosados me invitaron a volver a besarlo, y eso hice.

Acerqué despacio mi rostro y besé sus labios suaves y carnosos. Él me respondió; su sabor era dulce, mentolado, adictivo. Llevó una mano a mi pelo y la enroscó en la base de mi nuca, tirando suavemente de él, cosa que hizo que un jadeo ahogado saliera de mis labios.

—Entremos —pidió con la respiración hecha un desastre.

Tomó mi mano y con la otra agarró todas mis cosas, entrándome a la residencia. La culpa me invadió de un momento a otro al ver a Alma sentada en el sofá de la minúscula sala, observándome con expresión seria.

—Llevaré las cosas a la habitación —Eros besó mi frente y se llevó todo con él.

Sabía que le debía una disculpa a mi amiga, solo que este momento no lo tenía planeado, así que boté todo el aire acumulado en mis pulmones. De nuevo, mi inseguridad llegó al no saber cómo empezar.

—Alma, yo... —di pequeños pasos hacia ella, quien seguía con su rostro neutro—. Yo lo...

—Ahórrate tus disculpas, Kristal —me quedé inmóvil en mi lugar.

—Alma —la voz de advertencia de Scott llamó mi atención; ni siquiera había notado que estaba ahí junto a ella.

—¿Te crees que puedes dejarme tirada? ¿Acaso crees que eres la única con problemas? —Alma se puso de pie. Los ojos me escocían con las lágrimas asomando, a punto de salir.

Claro que sabía que no era la única con problemas. Me sentía la peor amiga del mundo; Alma siempre ha estado para mí, en cambio yo le había fallado.

—Entiendo, Alma, en serio. No fue mi intención, todo ocurrió muy de prisa —intenté acercarme de nuevo, pero ella solo me pasó por el lado hecha una furia.

—Otra vez tú, joder —gritó. Me giré hacia ella; Alma ya no contenía su rabia, ahora lloraba con frustración contenida—. Sigue con tu vida y déjame en paz de una vez.

Zanjó la discusión caminando hacia la habitación de Scott. Su novio me puso una mano en el hombro; su mirada se encontró con la mía y me sonrió con una sonrisa que no le llegó a los ojos.

—Solo está dolida. Dale unos días, ya se le pasará —asentí sin remedio—. Me alegro de que estés aquí. Últimamente todo ha sido un caos.

Me dio unas palmaditas en el hombro y se fue tras su novia. Me quedé unos segundos procesando todo, hasta que me dirigí hacia la habitación de Eros. Me sentía avergonzada. Froté mis manos en el pantalón para luego abrir la puerta con suavidad. Di un repaso rápido a la habitación, que ya se me hacía un poco familiar; había desorden, a diferencia de la última vez.

Eros se encontraba aún sin camisa, de pie junto a la ventana con una expresión seria y el ceño fruncido hacia la pantalla del teléfono.

Di unos pequeños golpes en la puerta. Levantó la vista y sus ojos se iluminaron de inmediato; me recorrió con la mirada y luego reparó en mis ojos, donde las lágrimas ya salían precipitadas por mis mejillas.

Dejó el aparato a un lado, en una mesa que tenía cerca del marco de la ventana, y estiró los brazos hacia mí. Entré con cautela, cerrando detrás de mí y tomando sus manos.

La estancia estaba iluminada a medias; una tenue luz amarillenta le daba la suficiente claridad como para poder vernos.

Eros me llevó hacia el borde de la cama, donde nos sentamos aún con las manos tomadas. El momento se sentía algo incómodo, pero no de mala manera; aunque sí era tenso. Había muchas cosas que decir y, al mismo tiempo, no decíamos nada.




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