Eros se acercó y, aún en silencio, rozó mi mejilla con su pulgar para eliminar el rastro de las lágrimas que brotaban de mis ojos; luego besó justo donde murió la otra, en el filo del labio superior de mi boca.
Sus labios tibios y suaves hicieron que todo mi ser colisionara. Estaba aturdida entre la llegada, mi confesión y la pelea con Alma; sin embargo, todo fue quedando opacado por los besos que el pelinegro comenzó a darme.
Por cada lágrima que salía, él decidió borrarla con sus labios, un gesto que me pareció tierno y, al mismo tiempo, demasiado íntimo.
Tras unos segundos, me fui calmando y, cuando él lo notó, entonces habló.
—¿Estás mejor? —asentí, perdiéndome en la intensidad de sus ojos negros.
—Dale tiempo, verás que en unos días estará mejor —añadió.
Sí, lo mismo que Scott. Lo que pasa es que, cuando se trata de cosas así, no soy la persona más paciente; siento que debo arreglar todo rápido y se me olvida que las personas necesitan tiempo y que, por mucho que no me guste la situación, debo darle su espacio.
El teléfono de Eros comenzó a sonar y él prácticamente voló hacia él; con cara entre molesto y frustrado, lo apagó y lo dejó donde mismo.
—Lo siento, si tienes que ir a trabajar o algo, puedes hacerlo. Igualmente necesito ir a la residencia, darme un baño... —mis palabras salían atropelladas, no sabía cómo actuar justo en ese momento.
Eros me miraba con sus ojos oscuros y brillosos. A pasos lentos y sin decir palabra, llegó a mí y volvió a sentarse al lado mío. Yo solo podía seguir sus movimientos; su pelo húmedo, aún pegado a su frente en esa forma tan perfectamente desordenada, solo me daba ganas de meter los dedos en él y sentir la humedad entre mis manos.
—Ahora mismo lo menos que quiero pensar es en trabajo o en algo que no sea estar aquí contigo, Bennett.
Sonreí débil. Me sentía diminuta en su habitación, frente a él; jamás Caleb me habló de esa forma, mucho menos me miró como lo hacía Eros en esos instantes.
—¿En qué piensas?
Dudé en si decirle o no lo que pensaba.
—En cómo me siento en estos momentos.
—¿Y cómo es? —sus ojos no se despegaban de los míos.
—No lo sé, diría que pequeña, insegura y torpe, sobre todo cuando estoy a tu lado.
Eros me tomó del rostro con delicadeza, haciendo que lo mirara fijo a sus ojos infinitos.
—No sé cómo el imbécil de Caleb te trataba, o mejor sí lo sé, pero puedo decirte algo: eres inmensa, Kris. No tienes que sentirte así a mi alrededor, eres más que todo eso. Solo tienes que creer en ti, en nosotros; jamás te haría sentir de ninguna de esas formas. Joder, tú eres la que me pone nervioso a mí.
Tomó mi mano y se la llevó al pecho; su piel suave contra mi palma y el calor de su cuerpo hicieron que me estremeciera. Su corazón palpitaba rápido, como si acabara de correr un maratón.
—¿Lo sientes? —asentí, incapaz de pronunciar palabra—. Ese es el efecto que tienes en mí.
Jamás creí poder tener ese efecto en alguien, en concreto en un chico. Este chico, mi chico.
Lo besé. Sí, fui yo quien acortó el espacio entre nosotros. Eros no perdió la oportunidad y me atrajo a él, profundizando el beso; su lengua se abrió paso en mi boca y yo la recibí gustosa. Sin saber cómo y sin despegarnos, me subí a horcajadas sobre él.
Estaba duro, podía sentirlo en mi centro. Mis caderas cobraron vida propia y una necesidad absoluta de sentirlo hizo que me frotase sobre él. Sentí que soltó un jadeo que me tragué gustosa; enredé mis manos en su pelo, como minutos antes quería hacer. Sus manos se posaron sobre mis caderas, apretando mi carne por encima de la tela; una fuerte corriente me azotó, dejándome un dolor exquisito en mi entreprensa.
—Si sigues moviéndote así, no sé si podré contenerme —habló pegado a mi boca, su aliento rozando mi labio—. Eres una dulce tortura que me está matando lentamente.
Sonreí e hice algo que jamás pensé: me separé lo justo para quitarme la camiseta que llevaba puesta y quedar solo en sostén.
—No te pido que te contengas, solo quiero sentirte, que me hagas tuya de una vez.
Su boca chocó contra la mía, con brusquedad pero sin hacerme daño; sus manos comenzaron a danzar con desesperación sobre mi cuerpo. Con torpeza, metió su mano en mi entrepierna; la excitación se sentía por encima de mis vaqueros.
—Quítatelos, quiero tocarte —demandó en un susurro.
Me puse de pie apoyándome en sus hombros y, con lentitud, me los desabroché y los dejé caer al suelo. Su mirada oscura me recorrió, lamiéndose los labios.
Volví a acercarme a él, pero me detuvo besando la piel de mi barriga; recorrió la cara interna de mi muslo y, cuando llegó a mi centro, me miró. Su mirada brillaba, mi respiración era una mierda.
Sin apartar sus ojos de los míos, movió la tela de mis bragas y me tocó, justo donde más necesitada estaba.
—Mierda —su voz era casi imperceptible. Tragó con fuerza y yo solo pude volver a apoyarme en sus hombros—. Estás empapada —su mirada viajó hacia abajo justo en el momento en que uno de sus dedos me invadió.
Jadeé y él volvió a besar mi barriga mientras que su otra mano apretaba mi cadera. Otro dedo. Eché la cabeza hacia atrás, dejándome envolver por esas sensaciones tan divinas.
De un momento a otro, Eros quitó su mano de un tirón y me tomó, tirándome al colchón mullido.
Su cuerpo cayó sobre el mío y, en cuestión de segundos, me estaba besando ferozmente, nublando todos mis sentidos
*****
Unas voces confusas y distorsionadas se escuchaban a lo lejos. Abrí los ojos lentamente, totalmente desorientada, sin saber qué estaba pasando. Mi cuerpo estaba aplastado por otro; bajé la vista y vi el brazo de Eros rodeándome y aprisionándome, como si temiera que fuera a escaparme de un momento a otro. Sonreí ante el recuerdo de hacía unas horas, pero apenas intenté moverme, las voces sonaron más escandalosas y, de un momento a otro, la puerta de su habitación se abrió de golpe.
Editado: 17.07.2026