Chico de Renta

Capítulo 34

Eros se acercó y, aún en silencio, rozó mi mejilla con su pulgar para eliminar el rastro de las lágrimas que brotaban de mis ojos; luego besó justo donde murió la otra, en el filo del labio superior de mi boca.

​Sus labios tibios y suaves hicieron que todo mi ser colisionara. Estaba aturdida entre la llegada, mi confesión y la pelea con Alma; sin embargo, todo fue quedando opacado por los besos que el pelinegro comenzó a darme.

​Por cada lágrima que salía, él decidió borrarla con sus labios, un gesto que me pareció tierno y, al mismo tiempo, demasiado íntimo.

​Tras unos segundos, me fui calmando y, cuando él lo notó, entonces habló.

​—¿Estás mejor? —asentí, perdiéndome en la intensidad de sus ojos negros.

​—Dale tiempo, verás que en unos días estará mejor —añadió.

​Sí, lo mismo que Scott. Lo que pasa es que, cuando se trata de cosas así, no soy la persona más paciente; siento que debo arreglar todo rápido y se me olvida que las personas necesitan tiempo y que, por mucho que no me guste la situación, debo darle su espacio.

​El teléfono de Eros comenzó a sonar y él prácticamente voló hacia él; con cara entre molesto y frustrado, lo apagó y lo dejó donde mismo.

​—Lo siento, si tienes que ir a trabajar o algo, puedes hacerlo. Igualmente necesito ir a la residencia, darme un baño... —mis palabras salían atropelladas, no sabía cómo actuar justo en ese momento.

​Eros me miraba con sus ojos oscuros y brillosos. A pasos lentos y sin decir palabra, llegó a mí y volvió a sentarse al lado mío. Yo solo podía seguir sus movimientos; su pelo húmedo, aún pegado a su frente en esa forma tan perfectamente desordenada, solo me daba ganas de meter los dedos en él y sentir la humedad entre mis manos.

​—Ahora mismo lo menos que quiero pensar es en trabajo o en algo que no sea estar aquí contigo, Bennett.

​Sonreí débil. Me sentía diminuta en su habitación, frente a él; jamás Caleb me habló de esa forma, mucho menos me miró como lo hacía Eros en esos instantes.

​—¿En qué piensas?

​Dudé en si decirle o no lo que pensaba.

​—En cómo me siento en estos momentos.

​—¿Y cómo es? —sus ojos no se despegaban de los míos.

​—No lo sé, diría que pequeña, insegura y torpe, sobre todo cuando estoy a tu lado.

​Eros me tomó del rostro con delicadeza, haciendo que lo mirara fijo a sus ojos infinitos.

​—No sé cómo el imbécil de Caleb te trataba, o mejor sí lo sé, pero puedo decirte algo: eres inmensa, Kris. No tienes que sentirte así a mi alrededor, eres más que todo eso. Solo tienes que creer en ti, en nosotros; jamás te haría sentir de ninguna de esas formas. Joder, tú eres la que me pone nervioso a mí.

​Tomó mi mano y se la llevó al pecho; su piel suave contra mi palma y el calor de su cuerpo hicieron que me estremeciera. Su corazón palpitaba rápido, como si acabara de correr un maratón.

​—¿Lo sientes? —asentí, incapaz de pronunciar palabra—. Ese es el efecto que tienes en mí.

​Jamás creí poder tener ese efecto en alguien, en concreto en un chico. Este chico, mi chico.

​Lo besé. Sí, fui yo quien acortó el espacio entre nosotros. Eros no perdió la oportunidad y me atrajo a él, profundizando el beso; su lengua se abrió paso en mi boca y yo la recibí gustosa. Sin saber cómo y sin despegarnos, me subí a horcajadas sobre él.

​Estaba duro, podía sentirlo en mi centro. Mis caderas cobraron vida propia y una necesidad absoluta de sentirlo hizo que me frotase sobre él. Sentí que soltó un jadeo que me tragué gustosa; enredé mis manos en su pelo, como minutos antes quería hacer. Sus manos se posaron sobre mis caderas, apretando mi carne por encima de la tela; una fuerte corriente me azotó, dejándome un dolor exquisito en mi entreprensa.

​—Si sigues moviéndote así, no sé si podré contenerme —habló pegado a mi boca, su aliento rozando mi labio—. Eres una dulce tortura que me está matando lentamente.

​Sonreí e hice algo que jamás pensé: me separé lo justo para quitarme la camiseta que llevaba puesta y quedar solo en sostén.

​—No te pido que te contengas, solo quiero sentirte, que me hagas tuya de una vez.

​Su boca chocó contra la mía, con brusquedad pero sin hacerme daño; sus manos comenzaron a danzar con desesperación sobre mi cuerpo. Con torpeza, metió su mano en mi entrepierna; la excitación se sentía por encima de mis vaqueros.

​—Quítatelos, quiero tocarte —demandó en un susurro.

​Me puse de pie apoyándome en sus hombros y, con lentitud, me los desabroché y los dejé caer al suelo. Su mirada oscura me recorrió, lamiéndose los labios.

​Volví a acercarme a él, pero me detuvo besando la piel de mi barriga; recorrió la cara interna de mi muslo y, cuando llegó a mi centro, me miró. Su mirada brillaba, mi respiración era una mierda.

​Sin apartar sus ojos de los míos, movió la tela de mis bragas y me tocó, justo donde más necesitada estaba.

​—Mierda —su voz era casi imperceptible. Tragó con fuerza y yo solo pude volver a apoyarme en sus hombros—. Estás empapada —su mirada viajó hacia abajo justo en el momento en que uno de sus dedos me invadió.

​Jadeé y él volvió a besar mi barriga mientras que su otra mano apretaba mi cadera. Otro dedo. Eché la cabeza hacia atrás, dejándome envolver por esas sensaciones tan divinas.

​De un momento a otro, Eros quitó su mano de un tirón y me tomó, tirándome al colchón mullido.

​Su cuerpo cayó sobre el mío y, en cuestión de segundos, me estaba besando ferozmente, nublando todos mis sentidos

*****

Unas voces confusas y distorsionadas se escuchaban a lo lejos. Abrí los ojos lentamente, totalmente desorientada, sin saber qué estaba pasando. Mi cuerpo estaba aplastado por otro; bajé la vista y vi el brazo de Eros rodeándome y aprisionándome, como si temiera que fuera a escaparme de un momento a otro. Sonreí ante el recuerdo de hacía unas horas, pero apenas intenté moverme, las voces sonaron más escandalosas y, de un momento a otro, la puerta de su habitación se abrió de golpe.




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