Chico de Renta

Capítulo 35

Eros nos contó con voz ronca y la mirada perdida todo lo que el asqueroso de Jay le había hecho, y cómo lo había chantajeado. ¿Todo por Mónica? Seguía sin entender cuál era el objetivo de ella, qué buscaba en realidad.

​—¿Qué gana ella en todo esto? —me atreví a preguntar.

​Eros se encogió de hombros; sostenía mi mano y creaba pequeños círculos perezosos sobre mi dorso.

​—No lo sé. Siendo honesto, creo que solo busca atención.

​—Pero se está pasando con su idiotez —soltó Alma, enfadada.

​—¿No lo podemos denunciar? —Todos negaron por enésima vez a la misma pregunta.

​—Estoy jodido —Eros bufó; se llevó las manos a la cabeza y tiró de su cabello. Mi piel extrañó su calor de inmediato.

​El teléfono comenzó a sonar a lo lejos. Él levantó la cabeza y luego buscó mi mirada; asentí en su dirección. Se acercó y me besó en los labios, un beso que se me antojó un tanto amargo.

​—Hermano —Scott llamó su atención—, ya se nos ocurrirá algo, solo ten paciencia. —Luego bajó la mirada hacia mí—: Tengan paciencia —rectificó.

​Eros se perdió en el pasillo hacia su habitación. Solo podíamos escuchar murmullos que comenzaron a subir de tono, convirtiéndose en gritos desesperados. Nos pusimos de pie de inmediato y, antes de llegar a la puerta, escuchamos cosas caer al suelo y romperse. Mi corazón se aceleró; me dolía el pecho por todo lo que le estaba sucediendo. No entendía por qué existían personas capaces de hacer daño a otros solo por su propia satisfacción o beneficio.

​En segundos, volvió su habitación un desastre. Me acerqué a él mientras nuestros amigos se mantenían en el marco de la puerta, dándole espacio. Pero yo no podía hacerlo; así que me adentré con cuidado de no caer de bruces. Noté una taza de porcelana destrozada en el piso, así que observé a mis amigos y asentí en silencio, pidiéndoles que me dejaran sola con él. Ambos captaron la idea y se fueron sin emitir ningún ruido.

​Me agaché y comencé a recoger todo el desmadre que había en el suelo. Intenté reunir los trozos rotos de la taza, pero uno de ellos rozó mi palma, haciéndome sangrar.

​—Auch —me quejé, llevándome la mano al pecho.

​—Nena, ¿estás bien? —Eros llegó a donde yo estaba—. Déjame ver, por favor.

​Le mostré mi mano ensangrentada y vi cómo su expresión se ensombrecía.

​—No es nada del otro mundo, solo es una cortada —repuse segura, intentando que no se sintiera peor de lo que ya estaba.

​Se levantó del suelo y buscó unas vendas en una caja dentro del armario. La cintura de sus vaqueros se movía rítmica con su caminar; no los tenía abrochados del todo, así que le quedaban un tanto holgados. Se me encendieron las mejillas de tan solo pensar en las horas atrás. Joder, si no hubiera llegado la loca a estropearnos nuestro momento...

​—A ver —pidió, y le di la mano.

​Nos sumimos en un silencio, de esos a los que con él ya estaba acostumbrada. Fruncía el ceño, concentrado en la labor de vendar mi mano, pero al mismo tiempo tenía la mandíbula tensa; estaba preocupado, obviamente.

​—¿Fue Jay quien te llamó? —pregunté bajito, casi en un hilo de voz.

​Eros solo asintió. Aplicó desinfectante, así que por inercia retrocedí la mano, pero él la mantuvo firme en su lugar.

​—¿Qué fue lo que dijo para que te pusieras así? —Volví a tantear el terreno. Busqué su mirada, pero se encontraba fija en mi mano. Aplicó pomada y luego comenzó a vendar, negando con la cabeza.

​—Algo habrá que se pueda hacer para contrarrestar ese maldito contrato.

​Por primera vez desde que entré por segunda vez a esta habitación, Eros me miró.

​—¿Qué? —repuse a la defensiva.

​—Nada —negó un poco divertido, y yo me quedé embobada con sus hoyuelos y su hermosa sonrisa—. Creo que pocas veces, y hasta me atrevería a decir que nunca, te había oído hablar así.

​Me avergoncé de inmediato, así que me puse de pie y él me imitó. Se paró frente a mí y me atrajo hacia él; colocó sus manos a cada lado de mis caderas ejerciendo un poco de presión, la misma que me enviaba oleadas de calor a mi centro.

Dios, ¿qué me pasa?

Céntrate, Kristal.

​—Lo haremos, solo quiero pedirte algo.

​—Dime —lo miré a los ojos, temerosa de lo que fuera a pedir.

​—Que no me dejes por nada, que no salgas huyendo como hiciste hace días, y que sepas que solo te amo a ti —soltó cada palabra lenta y marcada, y luego me besó en los labios, como sellando lo último que me había dicho.

Solo te amo a ti.

​Le devolví el beso; era dulce, amargo y salado, pero delicioso en todas sus formas. Eros me hacía sentir de una manera diferente. Desde que lo conocí toda mi vida cambió, y es él, él es quien tiene ese efecto en mí y por eso también lo amo.

​—Yo también te amo —solo despegué mi boca unos centímetros y luego volví a atrapar sus labios.

​Lo confieso: era adicta a este hombre y estaba dispuesta a lo que sea con tal de que quedara libre del maldito de Jay y de las garras de Mónica.

​Aunque aquello ameritara un gran sacrificio




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