(Narrado por Esteban)
La tarde cayó sobre Hollyridge como un suspiro largo.
La nieve falsa en la vitrina lucía impecable, y cada vez que alguien pasaba frente a la pastelería, se escuchaban comentarios, halagos, murmullos curiosos.
Pero eso no era lo que tenía mi mente ocupada.
Era Lía.
Su risa todavía rondaba en mis oídos.
Su cuerpo todavía parecía encajar demasiado bien en mis brazos.
Traté de trabajar para despejarme, pero la masa no obedecía. Tenía más azúcar de la normal, y eso ya era señal de que yo no estaba en mis cinco sentidos.
Cuando la noche por fin llegó, encontré a Lía sola dentro de la vitrina, sentada en el piso, revisando cajas de decoraciones como si buscara algo especial.
Golpeé suave el vidrio.
—¿Puedo entrar? —pregunté.
Ella levantó la mirada. Sus ojos se iluminaron un segundo antes de que sonriera.
—Pasa.
Entré con cuidado, agachando la cabeza. La vitrina era amplia, pero el espacio aún se sentía pequeño… quizá porque estábamos demasiado cerca.
—¿Qué haces aquí tan tarde? —le pregunté.
—Buscando la estrella principal —respondió, levantando una figura metálica—. La que va justo arriba del pequeño árbol.
La examinó, pero había un detalle: la punta estaba doblada.
—Se dañó —dijo con un suspiro.
—Déjame verla.
La tomó con cuidado y la pasó a mis manos.
Estaba fría.
Ella no.
Mientras intentaba enderezarla, Lía se sentó más cerca de mí sin darse cuenta. Su rodilla rozó la mía. No sé si lo hizo a propósito. Yo tampoco me moví.
—Creo que puedo arreglarla… —murmuré.
—No tienes que—
—Quiero hacerlo.
Ella levantó la mirada. Y ahí estaba otra vez esa chispa que llevaba días evitando admitir.
—¿Por qué? —preguntó sin rodeos.
De todas las preguntas posibles… esa.
La estrella quedó entre mis manos, pero mi atención estaba solo en ella.
—Porque quiero ayudarte —dije primero.
Ella frunció el ceño, midiendo mis palabras.
—Siempre ayudas —respondió.
—No a todos.
Silencio.
Un silencio que pesaba, que decía más que cualquier frase.
—Esteban… —susurró, y esa suavidad en su voz me destruyó un poco por dentro.
Apreté la estrella, respiré hondo y me animé a decir lo que no había dicho:
—Me preocupa que te pase algo.
Me molesta cuando te cansas.
Me distrae cuando sonríes.
Y no sé por qué diablos me pasa eso contigo.
Lía no se movió.
No huyó.
Solo me miró, como si cada palabra que dije la tocara realmente.
—Esteban… —repitió, más bajito.
—No quiero que pienses que es un error —añadí.
Ella acercó su mano, suave, y tocó mis dedos que sostenían la estrella.
Un roce mínimo.
Pero suficiente para detenerme por completo.
—No creo que sea un error —dijo.
El aire entre nosotros se volvió… denso.
Caliente.
Lleno de algo que ninguno de los dos había dicho en voz alta.
Ella movió la mano un poco más. Su piel rozó mi muñeca.
Yo no respiré.
—¿Puedo…? —preguntó ella.
No terminó la frase.
No necesitaba hacerlo.
Me incliné, apenas unos centímetros.
Solo lo suficiente para que nuestras frentes casi se tocaran.
Su perfume me envolvió.
Su respiración chocó con la mía.
—Lía —susurré—, si seguimos… no voy a alejarme después.
Ella sonrió. Pero no una sonrisa ligera.
Una sonrisa con intención.
—Quizá no quiero que te alejes.
Eso fue todo.
No nos besamos.
Pero ella apoyó la frente suavemente contra la mía.
Mi mano subió hasta su mejilla sin pensarlo.
Y por unos segundos eternos, estuvimos ahí, en esa vitrina iluminada por luces cálidas, respirando juntos como si el mundo no existiera afuera.
Las luces navideñas parpadearon sobre nosotros, reflejándose en la estrella que seguía en mi mano.
Una estrella que ahora brillaba más fuerte.
O quizá éramos nosotros.