(Narrado por Lía)
Dormí mal.
Muy mal.
Y la culpa la tenía un panadero gruñón que no sabía mantener las distancias… ni yo sabía pedirlas.
Desde el momento en que apoyé mi frente contra la suya, mi mente se quedó atrapada en esa sensación: cálida, eléctrica, inevitable.
No nos besamos.
Pero no hacía falta.
A veces la cercanía dice más que los labios.
Aun así, cuando caminé hacia la pastelería al día siguiente, llevaba un nudo en la garganta.
No sabía qué iba a pasar.
Si él iba a evitarme.
Si yo iba a actuar como si nada.
Si lo que pasó significaba algo o era solo un momento atrapado por la magia de las luces.
Respiré hondo antes de entrar.
La campanita sobre la puerta sonó.
Y lo vi.
Esteban estaba frente al mostrador, revisando bandejas de galletas recién horneadas, pero levantó la mirada apenas oyó el sonido.
Y ahí estuvo ese segundo.
Ese segundo que se siente cuando dos personas comparten algo que no se ha dicho en voz alta.
—Buenos días —saludó él, más suave que nunca.
—Buenos días —contesté, con una voz que no reconocí.
No dijo nada más.
Yo tampoco.
Solo nos quedamos observándonos en ese silencio que no incomodaba… sino que ardía.
—Preparé café —añadió él al fin—. Del que te gusta.
Tragué saliva.
—Gracias.
Tomé la taza.
Él rozó mis dedos sin querer… o quizá sí.
No lo supe.
No quería averiguarlo todavía.
Me giré para ir a la vitrina cuando escuché su voz detrás de mí:
—Lía.
Me detuve.
—Quiero hablar contigo. Pero no aquí.
Me volteé.
Estaba serio… pero no distante.
Más bien como si buscara las palabras correctas para no intervenir mi respiración.
—¿Dónde? —pregunté.
—Esta noche —respondió—. Después de la feria gastronómica.
¿Una cita?
No lo dijo, pero sonó a eso.
—Está bien —dije, y mi voz tembló apenas.
Antes de que pudiera agregar algo más, la puerta se abrió de golpe.
—¡BUENOS DÍAS, MIS AMORES DE NAVIDAD! —gritó Doña Mireya entrando como un huracán envuelto en bufandas.
Esteban soltó un suspiro que intentó ocultar.
Yo casi me río.
—Lía, querida, ven —dijo ella, abrazándome sin previo aviso—. Necesito que revises el escenario de la feria. Pusieron la mesa de los Valcourt en un sitio horrible y tú tienes mejor criterio que todos ellos juntos.
—¿La mesa… de los Valcourt? —pregunté, sin entender.
—¡La tuya y la de Esteban! —respondió ella, como si fuera obvio—. Todos están emocionados por verlos trabajar juntos, y más desde que el pueblo cree que ustedes están… ya sabes.
Esteban tosió.
Yo casi me atraganto con mi propio aire.
—Doña Mireya, no somos— —empecé a decir.
—Sí, sí, claro, claro… —respondió ella sin escucharme—. No son nada, ajá. Pero la gente cree lo que quiere creer, y eso sirve para las ventas. ¡Así que sonrían, trabajen juntos y enamoren a quien se deje!
Quise corregirla otra vez, pero algo en mí… no quiso.
Para peor, cuando Mireya salió como un torbellino a otra parte de la pastelería, me quedé sola con Esteban en medio de un silencio espeso.
—No somos nada, ¿eh? —dijo él con una media sonrisa, cruzándose de brazos.
—¡Yo no lo dije así! —me defendí.
—¿Y cómo lo dirías?
Dios.
Ese hombre sabía exactamente cómo desarmarme.
Respiré hondo.
—No sé cómo decirlo todavía.
Él bajó la mirada, pero había un brillo en sus ojos.
—Yo sí —murmuró.
Sentí mi corazón detenerse.
—Pero —añadió— te lo diré esta noche.
Se acercó dos pasos.
Solo dos.
Pero suficientes para que nuestras manos casi se tocaran.
—Asegúrate de estar ahí —dijo con una voz que se me fue directo al pecho—. No quiero decirlo si tú no estás lista para escucharlo.
Y se alejó, dejándome ahí, con el café en la mano y el alma temblando.
La feria gastronómica iba a ser intensa…
Pero lo que me esperaba después podía ser peor.
O mejor.
Mucho mejor.