Chispas de Navidad en Hollyridge

La noche que lo cambia todo

(Narrado por Lía)

La feria gastronómica parecía un sueño navideño animado por nervios; los míos, para ser exacta.

Las luces brillaban sobre los puestos, el aroma a canela y chocolate caliente se mezclaba con la música tradicional, y la gente caminaba abrigada, riendo, probando dulces, chocando tazas, celebrando la temporada.

Pero yo apenas podía concentrarme.

Porque cada vez que levantaba la mirada y veía a Esteban en su mesa —atendiendo clientes, sirviendo sus famosos roles de manzana, ajustándose las mangas de la camisa— mi pecho se apretaba un poco más.

Él también me miraba.

No demasiado.
No obvio.
Pero lo suficiente para que mis rodillas temblaran.

—Lía, cariño, ¿la mesa está bien así? —preguntó Doña Mireya por cuarta vez, moviendo un candelabro apenas un centímetro a la izquierda.

—Está perfecta —respondí, intentando no mirar a Esteban otra vez.

—Lo sé, solo quería darte conversación mientras alguien por ahí te observa como si fueras un milagro de invierno —susurró ella.

—Doña Mireya…

—Ay, no me mires así. Yo fui joven, mi amor. Bueno, no tanto, pero algo recuerdo.

Se fue riendo bajito, dejándome roja y suspendida entre el miedo y la anticipación.

Las horas pasaron, los visitantes disminuyeron, los otros puestos empezaron a desmontarse.
La feria se apagaba poco a poco, como una vela que sabía cuándo retirarse.

Y entonces lo vi acercarse.

Esteban.

Con las manos en los bolsillos.
Con el cabello un poco revuelto por el viento.
Con esa expresión que parecía guardarse un secreto que yo moría por escuchar.

—¿Lista? —preguntó.

Asentí.

No confiaba en mi voz.

Él comenzó a caminar hacia el pequeño sendero iluminado que iba detrás de la plaza. No era un sitio escondido… pero tampoco concurrido.

Todo estaba tranquilo.
Y frío.
Y hermoso.

La nieve había comenzado a caer en copos finos, silenciosos, como si el invierno también quisiera presenciar lo que estaba por pasar.

Nos detuvimos bajo un arco de luces blancas.

Él se volvió hacia mí.

Yo agarré mis guantes con fuerza, como si así pudiera sostenerme entera.

—Lía —empezó él—. Antes de decirte lo que quiero decirte, necesito que entiendas que no soy bueno con esto.

—Con… esto —repetí, sin saber bien a qué se refería.

—Con sentir tanto. Tan rápido. Tan fuerte.
—Desvió la mirada un segundo y luego volvió a mí—. No suelo dejar que la gente se acerque. Pero tú… tú lo hiciste sin pedir permiso.

Mi pecho dio un vuelco.

—Esteban…

—No me interrumpas —murmuró, casi sonriendo—. Si lo haces pierdo el valor.

Me quedé callada.

Él dio un paso hacia mí.

No nos tocábamos.
Pero el aire entre nosotros se encendió.

—Lo que pasó ayer… cuando apoyaste tu frente en la mía… —respiró hondo—. No fue un accidente. Ni algo que quisiera evitar.

Mis ojos ardieron.
De emoción.
De miedo.
De lo que fuera esto que explotaba dentro de mí.

—Yo quería acercarme —continuó—. Solo no sabía si tú querías lo mismo.

Mi voz salió temblorosa:

—Sí quería.

Él cerró los ojos un instante, como si esas dos palabras le derritieran algo adentro.

—Lía… —susurró— desde que llegaste cambiaste todo. El trabajo, mi rutina… yo mismo. Me hiciste notar cosas que tenía dormidas. Y aunque no sé qué significa para ti ahora…

Sus manos se levantaron lentamente.
Muy lentamente.
Como si me diera tiempo para decir que no.

No dije nada.

Y entonces sus dedos rozaron los míos, apenas, como si probara el permiso que no me atreví a negar.

Ese toque mínimo me recorrió como un rayo.

—Quiero ser honesto —murmuró, deslizando sus dedos entre los míos, entrelazándolos—. Me gustas. Mucho más de lo que debería… y muchísimo más de lo que sé manejar.

Yo chasqueé una risa temblorosa.

Él no sonreía.
Parecía demasiado serio, demasiado real.

—No estoy hablando de que seamos algo ya —aclaró—. Solo… quiero dejar de fingir que no me muero por acercarme a ti cada vez que estás en la pastelería.

Mis mejillas ardieron.

La nieve seguía cayendo, suave, silenciosa.

—Y no sé a dónde va esto —añadió—. Pero quiero averiguarlo. Contigo. A tu ritmo.

Yo levanté la mirada.

Esteban era fuerte, reservado, complicado… pero sus ojos en ese momento eran sinceros y cálidos como el pan recién horneado que tanto amaba preparar.

Apreté sus manos.

—Yo también quiero averiguarlo —dije despacio—. Y me gusta cuando te acercas.

Su respiración se interrumpió apenas.

Hubo un silencio.

Un silencio que no pedía palabras.
Solo un paso más.

Y él lo dio.

Su frente se apoyó contra la mía, igual que la noche anterior, pero esta vez no era un accidente ni un impulso.

Era una decisión.

Su nariz rozó la mía.
Su aliento chocó con el mío.

Y ahí, apenas separados, sin besarnos, sin romper la magia… sentí algo profundo, cálido y peligroso.

Algo que confirmaba que lo que teníamos no era un juego del pueblo.

Era nuestro.

Él bajó la voz hasta convertirla en un susurro:

—Dime si debo alejarme.

—No —respondí sin pensarlo—. No quiero que te alejes.

Los ojos de Esteban brillaron.

Y sin besarme, sin tocar más que mis manos, me acercó aún más a él, como si los dos necesitáramos este momento para respirar.

La noche de invierno nos envolvió.

Y entendí que lo que no se dice…
a veces se siente más fuerte que cualquier palabra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.