(Narrado por Esteban)
No recuerdo en qué momento pasé de temer lo que sentía… a necesitarlo.
Lía seguía ahí, bajo el arco de luces, con sus manos entre las mías, respirando tan cerca que cada exhalación suya me recorría como un temblor.
No la besé.
Pero no sé cómo logré contenerme.
Su frente apoyada en la mía, sus dedos entrelazados con los míos, su voz diciéndome no te alejes…
Eso fue más íntimo que cualquier beso que hubiera podido darle.
Cuando se apartó apenas, lo hizo sonriendo de una forma que me dejó sin aire.
—Deberíamos volver —dijo, aunque su voz no sonaba convencida.
—Sí —respondí—. Pero no quiero.
Ella soltó una risa suave, baja, que me desarmó más que cualquier palabra.
Mi impulso fue volver a acercarme.
Pero me forcé a soltar sus manos lentamente, como si la piel se negara a dejar ir ese calor.
Mientras caminábamos de regreso a la plaza, la nieve caía como si la noche quisiera protegernos.
Las luces del pueblo se veían más cálidas, más vivas.
O quizás era ella.
Cuando llegamos a la parte trasera de la feria, Doña Mireya estaba supervisando a dos voluntarios que desmontaban unas mesas.
—¡Ah! —exclamó al vernos juntos—. Miren quiénes vuelven… tarde.
Lía se tensó a mi lado, y aunque no la estaba tocando, pude sentir su nerviosismo como si fuera mío.
—Fuimos a hablar —respondí.
—Hablar —repitió Mireya, con esa voz que usaba cuando no creía ni media palabra—. Claro. Como si yo hubiera nacido ayer.
Rodé los ojos.
Lía se sonrojó.
Y Mireya sonrió como quien sabe algo.
—Bueno —añadió—, si ya terminaron de “hablar”, mañana a primera hora necesito que revisen el inventario de dulces navideños juntos. La gente está preguntando por ustedes dos.
Su pareja creativa, les dicen.
Lía abrió la boca para aclarar, pero yo hablé primero:
—Está bien.
Ella me miró, sorprendida.
Y yo solo le sostuve la mirada.
Mireya chasqueó la lengua y se fue tarareando un villancico.
Caminar de regreso a la pastelería fue… extraño.
Cálido.
Incómodo en el mejor sentido.
Ella iba a mi lado, muy cerca, como si ambos temíamos que un centímetro más de distancia rompiera lo que había pasado.
Cuando llegamos frente a la pastelería, Lía se detuvo.
—Gracias por lo de… antes —dijo, bajando la mirada.
—¿Por qué parte? —pregunté con una sonrisa que hacía años no me nacía tan natural.
Sus mejillas se colorearon aún más.
—Por decirme la verdad —susurró.
Me acerqué un poco.
No mucho.
Lo suficiente para que nuestras sombras se juntaran en la nieve.
—No pienso mentirte —respondí.
Ella levantó la mirada.
Y otra vez sentí ese impulso peligroso de inclinarme, de tomar su rostro, de borrar la distancia…
Pero antes de que pudiera perder el control, la puerta de la pastelería se abrió de golpe.
—¡Pensé que se habían congelado ahí afuera! —exclamó Tomás, el ayudante—. ¿Van a entrar o quieren que les deje una manta?
Lía dio un salto hacia atrás.
Yo apreté la mandíbula para no soltar una carcajada.
—Ya íbamos —respondí.
Tomás nos observó con ojos entrecerrados, como quien conecta dos puntos evidentes.
—Ajá. Claro.
Lía se metió al interior rápidamente.
Yo la seguí, aún sintiendo el calor de lo que casi pasó.
La pastelería estaba tibia, tranquila, iluminada apenas por las luces navideñas del mostrador.
Lía se detuvo frente al árbol pequeño que decoraba la esquina.
—Esteban… —comenzó.
Yo cerré la puerta tras de mí.
Ella respiró hondo.
—Lo que pasó hoy… fue importante para mí. Pero también me da un poco de miedo.
—A mí también —admití.
Sus ojos se abrieron apenas, sorprendidos.
—¿A ti?
—Claro que sí. —Me acerqué—. No estoy acostumbrado a… esto. Sentir así. Querer estar cerca de alguien todo el tiempo.
Ella bajó la mirada.
—Y si te estoy complicando la vida…
—No —la interrumpí suavemente—. Tú no la complicas.
La cambias.
Y cambiar no siempre es malo.
Ella parpadeó, y la fragilidad en su expresión me atravesó el pecho.
Ninguno dijo nada por unos segundos.
Pero fue ella quien rompió la distancia esta vez.
Se acercó un poco.
Solo un poco.
Lo suficiente para que su hombro rozara el mío.
Un contacto mínimo.
Inocente.
Pero tan íntimo que tuve que cerrar los ojos un segundo.
—Buenas noches, Esteban —murmuró por fin.
—Buenas noches, Lía.
Y aunque no nos tocamos más… aunque no la besé… hubo algo en ese intercambio que se sintió como un paso irreversible.
Como si los dos hubiéramos cruzado una puerta que ya no se puede cerrar.
Cuando se fue a su habitación, quedé solo en la pastelería.
El silencio era dulce.
Casi tan dulce como la sensación de sus dedos todavía entrelazados con los míos.
Y entendí que lo que había empezado bajo ese arco de luces…
ya no iba a detenerse.
Ni ella.
Ni yo.
Ni lo que estaba creciendo entre los dos.