Chispas de Navidad en Hollyridge

Más cerca de lo que imaginamos

(Narrado por Lía)

Dormí poco.
Y no porque estuviera cansada… sino porque cada vez que cerraba los ojos sentía las manos de Esteban entrelazadas con las mías.

Ese momento bajo el arco de luces volvió a mí una y otra vez.
La forma en que me miró.
La forma en que dijo no quiero alejarme.

¿Cómo se supone que una duerme después de eso?

Cuando bajé a la pastelería esa mañana, el olor a pan recién horneado me envolvió antes de ver a nadie.

Esteban estaba detrás del mostrador, inclinado sobre una bandeja de roles tibios.
Tenía el cabello un poco desordenado, la manga de la camisa subida y la concentración clavada en lo que hacía.

Parecía un cuadro.

Uno que yo no sabía cómo admirar sin quedarme atrapada.

—Buenos días —dije, intentando sonar normal.

Él levantó la mirada.
Y esa sonrisa suave que se formó en su rostro… no fue para los clientes, ni para Mireya, ni para el pueblo.
Fue para mí.

—Buenos días, Lía —respondió, y solo con eso me desarmó.

Me acerqué al mostrador.

—Dormiste bien? —preguntó él.

—Más o menos —respondí—. ¿Y tú?

—Tampoco mucho.

Hubo un silencio cargado de todo lo que no nos dijimos ayer.

Él se aclaró la garganta, como si necesitara liberar algo antes de seguir.

—Mireya quiere que hagamos el inventario juntos —me informó—. Y, bueno… yo también quiero.

Mi pecho dio un salto.

—¿El inventario o… estar conmigo?

Él sostuvo mi mirada.
Firme.
Sin esquivar.

—Las dos cosas.

Sentí que mis mejillas ardían, así que rápidamente desvié la vista hacia la caja de galletas, fingiendo que revisaba algo importantísimo.

—Pues… está bien —murmuré.

Nos fuimos a la trastienda, donde estaban las cajas de productos navideños.
El aroma a chocolate, canela y jengibre era tan fuerte que parecía abrazarnos.

Estábamos solos.
Otra vez.

Y eso no ayudaba a mis nervios.

—Yo reviso los dulces glaseados —dije, tomando una lista para parecer ocupada.

—Perfecto. Yo reviso los turrones —respondió él.

Por unos minutos trabajamos en silencio… o mejor dicho, fingimos trabajar.
Yo lo veía de reojo cada vez que podía.
Él también me observaba cuando creía que no me daba cuenta.

Hasta que ocurrió.

Me subí a una pequeña escalera de madera para alcanzar una caja en lo alto del estante.
La escalera era vieja.
Demasiado.

El paso crujió.
Yo perdí el equilibrio.

Y antes de siquiera gritar, sentí unas manos fuertes agarrar mi cintura.

Esteban.

Él me sostuvo como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.

Mis manos se apoyaron en sus hombros.
Su cuerpo estaba tan cerca que pude sentir el calor atravesando su ropa y la mía.
Su respiración chocó con la mía.

Por un instante —solo uno— pensé que se iba a apartar.

Pero no lo hizo.

—Te dije que estas escaleras eran peligrosas —murmuró, su voz grave, rozándome el oído.

Yo tragué saliva.

—No dijiste nada —susurré.

—Lo pensé —contestó.

Seguía sosteniéndome por la cintura.
No demasiado fuerte.
Pero lo suficiente para que mi corazón corriera como si quisiera escapar de mi pecho.

Mis dedos, sin querer, se apretaron un poco sobre sus hombros.

Él inspiró hondo, como si ese pequeño gesto hubiera sido más de lo que esperaba.

—¿Estás bien? —preguntó finalmente.

—Sí… gracias a ti.

Sus ojos bajaron a mis labios por menos de un segundo.
Pero lo vi.
Lo sentí.

Mi respiración se quebró.

—Esteban…

—No digas mi nombre así —susurró, cerrando los ojos un instante.

—¿Así cómo?

—Como si me pidieras que te acercara más.

Su confesión me dejó inmóvil.

Y quizá por eso, él dio el paso que yo no me atreví a dar.

No me besó.
Tampoco rompió la distancia del todo.

Pero inclinó la frente y la apoyó en mi sien, apenas rozándola, como si necesitara ese contacto para seguir respirando.

Yo cerré los ojos.
Su olor a pan dulce y invierno se me metió al alma.

—Lía… —dijo bajo—. Si sigues mirándome así, no voy a poder detenerme.

Mi voz tembló:

—¿Y quién dice que quiero que te detengas?

Sus manos apretaron ligeramente mi cintura.
Sentí su control tambalearse.
Su respiración hacerse más profunda.

Él abrió los ojos, mirándome como si yo fuera la única cosa que hubiera querido en mucho tiempo.

Y entonces, como si algo dentro de él gritara que era demasiado pronto… se apartó.

Solo un poco.
Lo suficiente para que ambos recuperáramos el aire.

—Esto… —murmuró— es más fuerte de lo que pensé.

—Para mí también —admití.

Él dio un paso atrás, pero su mirada no se movió de mí.

—Vamos a hacerlo bien, ¿sí? —dijo con una calma que no coincidía con la intensidad de sus ojos—. Sin correr. Sin lastimarnos.

Asentí.

Y aun así, mientras seguíamos con el inventario, cada vez que nuestras manos se rozaban…
cada vez que lo oía respirar cerca…
cada vez que él buscaba mi mirada…

la sensación volvía.

La sensación de que estábamos a un segundo —un solo segundo— de cruzar otra línea.

Y que ninguno de los dos sabía si quería detenerse esta vez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.