(Narrado por Esteban)
Anunciar algo con Lía a mi lado se sintió… correcto.
No oficial.
No exagerado.
Solo real.
—Esta Navidad —dije frente a un pequeño grupo de clientes— queremos agradecerles con una edición especial de la pastelería.
Lía continuó, sin mirarme, pero sincronizada conmigo:
—Cada caja llevará un detalle hecho a mano. Algo que represente el espíritu del pueblo.
La gente aplaudió.
Doña Mireya, desde el fondo, sonreía como si acabara de ganar una apuesta.
Cuando todo terminó y la pastelería volvió a su ritmo normal, Lía se me acercó.
—Gracias por incluirme —dijo—. No tenías que hacerlo.
—Sí tenía —respondí—. Esto no se siente completo sin ti.
Ella bajó la mirada, claramente afectada.
—Esteban…
—No es una declaración —aclaré rápido—. Es solo… una verdad.
Ella respiró hondo.
—Entonces déjame decirte otra —susurró—. Me siento segura contigo.
No toqué su mano.
No me acerqué más.
Pero esa frase fue más íntima que cualquier gesto.