(Narrado por Lía)
La tarde estaba tranquila… hasta que dejó de estarlo.
La campanita sonó.
Y supe, sin entender por qué, que algo iba a romper la calma.
El hombre que entró no era del pueblo.
Abrigo oscuro.
Mirada firme.
Demasiado seguro.
Sus ojos se posaron en mí primero.
—Lía —dijo—. Necesitamos hablar.
Sentí el estómago caerme a los pies.
—¿Lo conoces? —preguntó Esteban desde detrás del mostrador.
—Sí… —respondí—. Es parte de mi pasado.
El hombre sonrió apenas.
—No sabía que habías venido a esconderte aquí —añadió—. Veo que te adaptaste rápido.
Esteban dio un paso al frente.
—Ella está trabajando —dijo con voz firme—. Si tiene algo que decirle, puede esperar.
El hombre lo miró con interés.
—¿Y tú eres…?
—El dueño —respondió—. Y alguien que no aprecia las interrupciones.
Yo tragué saliva.
Porque sabía algo que Esteban no.
Ese hombre no había venido por casualidad.
Y su presencia significaba una sola cosa:
lo que yo había dejado atrás…
acababa de alcanzarme.