Chispas de Navidad en Hollyridge

Lo que vuelve sin permiso

(Narrado por Lía)

No había forma de fingir que no lo conocía.

El silencio que se instaló en la pastelería fue tan denso que incluso el tintinear lejano de las tazas pareció apagarse. El hombre frente a mí seguía sonriendo con esa tranquilidad falsa que conocía demasiado bien.

—Hola, Lía —repitió, como si no hubiera bastado la primera vez—. Veo que el lugar es… pintoresco.

Mi garganta se cerró.

—No es un buen momento —dije, esforzándome por mantener la voz firme.

—Nunca lo es —respondió él—. Pero siempre encuentras la forma de desaparecer cuando más te necesito.

Esteban se colocó a mi lado.
No me tocó.
Pero su presencia fue como una barrera silenciosa.

—Ella dijo que no es un buen momento —repitió, mirándolo sin parpadear—. ¿Hay algo concreto que quiera comprar?

El hombre lo evaluó de arriba abajo, lento, calculador.

—No vine por pan —dijo—. Vine por ella.

Sentí el impulso de retroceder, pero no lo hice. No iba a regalarle ese gesto.

—No tienes derecho —respondí—. Lo nuestro terminó.

—¿Terminó? —arqueó una ceja—. Tú te fuiste. Sin explicaciones. Sin cerrar nada.

—Porque no me dejaste opción —solté, antes de poder detenerme.

El recuerdo me golpeó fuerte: discusiones interminables, promesas que pesaban como cadenas, esa sensación constante de estar siendo controlada en nombre del “amor”.

Esteban giró ligeramente hacia mí.

—Lía… —dijo en voz baja—. ¿Quieres que lo saque?

Agradecí que no preguntara más.
Que no dudara.

—No —respondí—. Déjame hablar.

El hombre sonrió como si hubiera ganado algo.

—Siempre tan valiente cuando hay público —comentó—. Pero tú y yo sabemos que no eres buena enfrentando las cosas sola.

Me tensé.

—No me conoces —dije—. No como crees.

—¿Ah, no? —dio un paso hacia mí—. ¿Entonces por qué huiste?

Antes de que pudiera responder, Esteban avanzó un paso, esta vez sin disimular su postura protectora.

—No se acerque —advirtió—. Está cruzando un límite.

El hombre levantó las manos en gesto teatral.

—Tranquilo —dijo—. Solo estoy conversando con una vieja conocida.

—No lo somos —respondí.

Y al decirlo, sentí algo liberarse dentro de mí.

Él me observó con más atención esta vez, como si recién estuviera entendiendo que yo no era la misma.

—Veo que encontraste un reemplazo rápido —comentó, mirando a Esteban.

—No soy un reemplazo —respondió Esteban, con una calma peligrosa—. Y usted debería medir sus palabras.

Yo respiré hondo.

—¿Qué quieres? —pregunté.

Por un momento, su expresión cambió. El juego se le escapó un poco.

—Necesito hablar contigo —dijo—. A solas.

—No —respondí sin titubear.

—Lía…

—No a solas —repetí—. Si tienes algo que decir, dímelo aquí.

Miró alrededor, incómodo por primera vez.

—No es el lugar.

—Entonces no es el momento.

Se quedó en silencio, apretando la mandíbula.

—Voy a quedarme en el pueblo unos días —anunció—. Hablaremos. Quieras o no.

El miedo me rozó el pecho…
pero no me dominó.

—No me debes nada —dije—. Y no tienes poder sobre mí.

Su sonrisa regresó, tensa.

—Siempre dices eso.

Se giró hacia la puerta, pero antes de salir añadió:

—Nos vemos pronto, Lía.

La campanita sonó.
Y se fue.

El aire volvió de golpe.

Mis manos temblaban.

Esteban se giró hacia mí, esta vez sin cuidar la distancia.

—¿Estás bien? —preguntó, con preocupación real.

Asentí… aunque no estaba segura.

—¿Quién era? —añadió con cuidado.

Bajé la mirada.

—Alguien que confundió control con amor —respondí—. Y a quien le permití quedarse demasiado tiempo.

No preguntó más.
No insistió.

Solo dijo:

—No estás sola aquí.

Y esas cuatro palabras…
fueron suficientes para que el nudo en mi pecho se aflojara.

Doña Mireya apareció desde el fondo, con los brazos cruzados.

—Ese hombre no me gusta —dijo—. Y cuando no me gusta alguien, suele ser por una buena razón.

Logré sonreír apenas.

—Gracias, Mireya.

—Además —añadió—, nadie viene a alterar la calma de mi pastelería sin consecuencias.

Esteban me miró.

—Vamos a manejar esto juntos —dijo—. Lo que sea que venga.

Asentí.

Porque por primera vez, el pasado no parecía tan poderoso.

Había vuelto sin permiso, sí.
Pero esta vez…
yo no estaba dispuesta a retroceder.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.