(Narrado por Lía)
No pude concentrarme el resto de la tarde.
Aunque la pastelería volvió a llenarse de aromas dulces y conversaciones ligeras, yo seguía atrapada en la sensación de aquella mirada conocida, insistente, como una sombra que se cuela incluso cuando el sol brilla.
Esteban no se apartó de mí.
No lo hizo de forma obvia, ni exagerada.
Simplemente… estuvo.
Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba cerca, atento, como si entendiera que su presencia era suficiente para sostenerme.
Al cerrar la pastelería, Doña Mireya fue la primera en romper el silencio.
—Váyanse —ordenó—. Los dos. Yo me encargo del cierre.
—Pero—empezó Esteban.
—Nada de peros —interrumpió—. Cuando el pasado llama a la puerta, no se le responde trabajando.
Le agradecí con la mirada.
Salimos juntos al frío de la noche. El aire helado me despejó apenas, pero el nudo en el pecho seguía ahí.
—¿Quieres caminar? —preguntó Esteban.
Asentí.
No sabía a dónde íbamos, pero no quería estar sola.
El pueblo estaba tranquilo. Las luces navideñas iluminaban la calle principal y la nieve crujía bajo nuestros pasos. Caminábamos despacio, sin tocarnos, como si ambos supiéramos que este momento pedía palabras antes que gestos.
—No tienes que contarme nada si no quieres —dijo Esteban, rompiendo el silencio—. Pero si necesitas hacerlo… te escucho.
Tragué saliva.
—No vine a este pueblo solo por trabajo —empecé—. Vine a esconderme.
Él no reaccionó.
No juzgó.
Solo escuchó.
—Él… —respiré hondo—. Fue alguien importante para mí. Al principio parecía atento, protector. Yo creí que eso era amor. Pero con el tiempo… empezó a decidir por mí. A aislarme. A hacerme sentir culpable si quería algo distinto.
Mis manos temblaron.
—Cuando intenté irme, no lo aceptó. Decía que sin él yo no sabía estar sola.
Esteban se detuvo.
—Eso no es amor —dijo con firmeza.
—Lo sé ahora —respondí—. Pero entonces… dudaba de mí todo el tiempo. Hasta que un día entendí que quedarme iba a borrarme.
Seguimos caminando.
—Por eso me fui sin mirar atrás —continué—. Cambié de ciudad, de rutina, de vida. Y cuando llegué aquí… por primera vez respiré.
Esteban se detuvo otra vez.
Esta vez se volvió hacia mí.
—Gracias por confiarme esto.
—Tenía miedo de que pensaras que soy complicada… o problemática.
Él negó con la cabeza.
—Pienso que eres valiente —dijo—. Y que nadie tiene derecho a volver a hacerte sentir pequeña.
Mis ojos se humedecieron.
—Tengo miedo de que vuelva a insistir —admití—. No quiero que esto… —hice un gesto entre nosotros— se ensucie por algo que ya no quiero en mi vida.
Esteban dio un paso hacia mí.
Solo uno.
—No voy a dejar que te ensucie nada —dijo—. Y tampoco voy a presionarte. Lo que pase entre nosotros… será porque los dos lo elegimos, sin miedo.
Mi respiración se volvió irregular.
—Gracias —susurré.
El silencio volvió, distinto. Más liviano.
—Lía —añadió—. No te prometo que todo será fácil. Pero sí te prometo que no voy a desaparecer cuando las cosas se pongan difíciles.
Y entonces, sin prisa, me abrazó.
No fue intenso.
No fue posesivo.
Fue un abrazo firme, cálido, como un refugio que no exige nada.
Cerré los ojos.
Por primera vez desde que lo vi entrar a la pastelería… el pasado dejó de doler tanto.
Porque no estaba sola.
Y porque lo estaba diciendo en voz alta.