(Narrado por Esteban)
El abrazo no duró mucho.
Pero fue suficiente.
Sentí cómo Lía respiraba más lento entre mis brazos, como si por fin su cuerpo entendiera que estaba a salvo. No dije nada más. A veces, insistir rompe lo que apenas empieza a sanar.
Cuando nos separamos, ella me miró con una mezcla de gratitud y algo más profundo. Algo que me obligó a recordar por qué había decidido ir despacio… aunque me costara cada segundo.
—¿Te llevo de vuelta? —pregunté.
—Sí —respondió—. Por favor.
El camino de regreso fue silencioso, pero no incómodo. La nieve seguía cayendo y las luces del pueblo parecían vigilarlo todo con una calma engañosa.
Al llegar a la pensión donde se hospedaba, Lía se detuvo en la puerta.
—Gracias por hoy —dijo—. Por escuchar. Por no hacerme sentir… débil.
—No lo eres —respondí—. Y no tienes que demostrar nada.
Ella asintió, y por un segundo pensé que iba a decir algo más.
No lo hizo.
Entró.
Y yo me quedé mirando la puerta cerrarse, con una sensación extraña en el pecho.
Algo me decía que la calma no iba a durar.
A la mañana siguiente, la pastelería abrió más temprano de lo normal. Se acercaba Nochebuena y el pueblo entero parecía decidido a consumir azúcar como si fuera un acto de fe.
—Tenemos pedidos extra —anunció Tomás—. Cajas especiales, bandejas familiares… y esto.
Me entregó una nota doblada.
No tenía nombre.
Solo una frase escrita con letra firme:
“Tenemos que hablar. Hoy.”
Mi mandíbula se tensó.
—¿Todo bien? —preguntó Mireya, observándome con demasiada atención.
—No lo sé —respondí—. Pero no voy a ignorarlo.
Lía entró justo en ese momento, con el abrigo aún puesto y el cabello recogido de cualquier manera. Cuando me vio, sonrió apenas… hasta que notó mi expresión.
—¿Pasó algo? —preguntó.
Le mostré la nota.
Sus labios perdieron color.
—Fue aquí —murmuró—. No debería haber venido a la pastelería.
—No fue tu culpa —dije con firmeza—. Pero esto cambia las cosas.
—¿En qué sentido?
Respiré hondo.
—En que no voy a permitir que vuelva a cruzar límites.
Ella me miró, nerviosa.
—Esteban… no quiero que tengas problemas por mí.
—No es por ti —respondí—. Es por lo que es correcto.
Mireya se acercó, cruzándose de brazos.
—Si ese hombre vuelve —dijo—, no entra. Y si insiste, llamamos a quien haya que llamar. Aquí nadie incomoda a los míos.
Lía la miró, sorprendida.
—Gracias…
—No me agradezcas —replicó—. Defiendo lo que quiero. Y tú ya eres parte de esto.
Lía bajó la mirada, visiblemente afectada.
El día avanzó con una tensión silenciosa. Cada campanita que sonaba me ponía en alerta. Cada vez que Lía se movía sola por el local, yo estaba atento.
Hasta que, a media tarde, Tomás volvió a asomarse.
—Esteban… hay un tipo afuera preguntando por Lía.
El aire se volvió pesado.
Lía levantó la mirada, decidida.
—Déjame hablar con él —dijo.
—No sola —respondí sin dudar.
Salimos juntos.
El hombre estaba apoyado en un poste, como si el pueblo entero le perteneciera. Sonrió al vernos.
—Qué atentos —comentó—. ¿Ahora necesitas escolta?
—No necesito nada de ti —respondió Lía—. Vine a decirte que te vayas.
Él ladeó la cabeza.
—No hasta que aclaremos algunas cosas.
Di un paso al frente.
—No hay nada que aclarar —dije—. Se va. Ahora.
El hombre me miró con frialdad.
—Esto no te incumbe.
—Desde el momento en que ella dijo no, sí me incumbe.
Hubo un silencio tenso.
Finalmente, él sonrió… pero no era una sonrisa amable.
—Esto no se queda así —dijo, mirando a Lía—. Ya hablaremos.
Se dio la vuelta y se fue.
Lía soltó el aire de golpe.
Yo la miré.
—Esto se está poniendo serio —murmuré.
Ella asintió.
—Sí —dijo—. Pero ya no me siento sola.
Y aunque sabía que lo peor aún podía venir…
entendí que protegerla no era una carga.
Era una elección.