Chispas de Navidad en Hollyridge

Elegirse incluso con miedo

(Narrado por Lía)

No pude dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, veía su sonrisa torcida, escuchaba esa frase cargada de amenaza, sentía cómo el pasado intentaba colarse por las rendijas de mi presente.

Me levanté antes del amanecer y me senté junto a la ventana de la pensión. El pueblo aún dormía, cubierto de luces suaves y promesas de Navidad.

Pensé en Esteban.

En cómo se había puesto frente a mí sin dudar.
En su voz firme.
En la forma en que no me miró como alguien frágil, sino como alguien valiosa.

Eso… eso era nuevo para mí.

Cuando llegué a la pastelería, el aroma a canela me envolvió como un abrazo. Esteban ya estaba allí, amasando con las mangas arremangadas y el ceño ligeramente fruncido.

Le bastó verme para relajarse.

—Buenos días —dijo—. ¿Dormiste algo?

Negué con la cabeza.

—Lo intenté.

Se limpió las manos y se acercó.

—Ven.

No fue una orden.
Fue una invitación.

Me dejé guiar hasta la pequeña mesa del fondo. Me sirvió café y empujó la taza hacia mí como si fuera un acto sagrado.

—No tienes que ser fuerte aquí —me dijo—. Puedes descansar.

Tragué saliva.

—Tengo miedo de que esto te afecte. A tu trabajo. Al pueblo.

—Lía —respondió con calma—. Lo único que me afectaría sería quedarme de brazos cruzados.

Levanté la mirada.

—¿Por qué haces esto por mí?

No respondió enseguida. Se tomó su tiempo, como si no quisiera romper algo delicado.

—Porque te estoy eligiendo —dijo al fin—. Incluso con miedo.

Sentí el pecho apretarse.

—No sé si estoy lista para… —empecé.

—No te estoy pidiendo nada —me interrumpió—. Solo que no te vayas.

El silencio que siguió fue distinto. No pesaba. Sostenía.

Me incliné un poco hacia él.

—Gracias por no presionarme —susurré.

—Gracias por quedarte —respondió.

La feria navideña estaba más viva que nunca esa tarde. Música, risas, niños corriendo con gorros torcidos y manos pegajosas de azúcar.

Trabajamos juntos sin decir mucho, pero todo estaba ahí. En las miradas. En los roces breves. En la forma en que él se colocaba siempre un paso delante de mí.

—Ustedes dos se ven diferentes —comentó Mireya mientras acomodaba unas cajas—. Más… alineados.

Me sonrojé.

—No es lo que parece.

Ella sonrió con malicia.

—Eso dicen todos antes de enamorarse.

Antes de que pudiera responder, vi a Esteban mirarme desde el otro lado del puesto. Me sostuvo la mirada. No se escondió.

Y por primera vez en mucho tiempo, yo tampoco quise esconderme.

Esa noche, al cerrar, caminamos juntos por el sendero iluminado.

—No sé qué va a pasar —le dije—. Ni con él… ni con nosotros.

—Yo tampoco —respondió—. Pero sé que quiero estar cuando pase.

Nos detuvimos bajo una guirnalda de luces.

El aire estaba frío.
El momento, cálido.

Esteban levantó la mano lentamente, dándome tiempo. Cuando rozó mi mejilla, no me aparté.

Apoyé mi frente en su pecho.

—Me da miedo confiar —confesé.

—Y aun así lo estás haciendo —susurró—. Eso es valentía.

No nos besamos.

Pero esta vez…
sentí que ya no hacía falta preguntarme si quería hacerlo.

Solo cuándo.

Y la Navidad estaba cada vez más cerca.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.