(Narrado por Esteban)
La pastelería quedó en silencio cuando bajé la reja.
El tipo de silencio que no es vacío, sino expectante.
Lía estaba junto a la ventana, observando las luces del pueblo como si buscara respuestas entre ellas. No dijo nada cuando me acerqué. Tampoco hizo falta.
—Mañana es veintitrés —murmuré—. El pueblo se transforma ese día.
—¿Más de lo normal? —preguntó, girándose apenas.
—Mucho más. Como si todos quisieran creer en algo antes de que termine el año.
Se quedó pensativa.
—Yo siempre he tenido problemas con creer —confesó—. En las personas… en las promesas.
Me apoyé en el mostrador frente a ella.
—Creer no es cerrar los ojos —le dije—. Es abrirlos y aun así decidir quedarse.
Me miró.
De verdad me miró.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿No tienes miedo?
Sonreí sin humor.
—Todo el tiempo.
El silencio volvió, pero distinto. Más cercano.
Lía dio un paso hacia mí.
—Hoy, cuando me defendiste… no fue solo protección —dijo—. Fue cuidado.
Asentí.
—No sé hacerlo de otra forma.
Levantó la mano con lentitud, como si me pidiera permiso incluso para ese gesto. Cuando tocó mi brazo, sentí cómo algo se acomodaba en su lugar.
—No quiero huir esta vez —susurró.
Mi respiración se volvió más lenta.
—Entonces no lo hagas —respondí—. Quédate.
Se acercó un poco más. Lo suficiente para sentir su aliento.
No había prisa.
No había exigencia.
Apoyó su frente en la mía.
—Si mañana todo se complica… —empezó a decir.
—Entonces mañana lo enfrentamos juntos.
Sonrió. Una sonrisa pequeña, real.
—Prométeme algo —pidió.
—Lo que sea.
—Que, pase lo que pase, no me sueltes sin hablarlo primero.
Mi mano encontró la suya.
—Eso sí puedo prometerlo.
Nos quedamos así unos segundos más, respirando el mismo aire, dejando que el momento se grabe en la piel.
Cuando finalmente se separó, sus mejillas estaban sonrojadas, pero sus ojos firmes.
—Buenas noches, Esteban.
—Buenas noches, Lía.
La vi irse y supe que estaba a punto de cruzar un punto sin retorno.
La Navidad estaba a un día de distancia.
Y yo ya había hecho mi elección.