(Narrado por Lía)
El veintitrés amaneció con un frío distinto.
No más duro… más claro.
Me vestí despacio, como si cada movimiento fuera una promesa silenciosa de no retroceder. Cuando salí de la pensión, el pueblo ya estaba despierto. Guirnaldas nuevas, mesas cargadas de dulces, villancicos saliendo de ventanas abiertas.
Y, aun así, sentía el pulso acelerado.
La pastelería estaba llena. Demasiado.
—Hoy será largo —me dijo Mireya apenas entré—. Y quiero que estés cerca de Esteban todo el tiempo.
No lo dijo como orden.
Lo dijo como cuidado.
Esteban me miró desde el fondo del local. Me sostuvo la mirada, serio, presente.
Trabajamos codo a codo durante horas. El cansancio era real, pero también lo era esa sensación de equipo que nunca había tenido con nadie.
Hasta que lo vi.
Estaba afuera.
Otra vez.
Mi estómago se encogió.
Esteban lo notó de inmediato.
—No mires —me dijo en voz baja—. Yo me encargo.
—No —respondí—. Esta vez no.
Salimos juntos.
La música de la feria seguía sonando, como si nada pudiera romper la ilusión navideña. Pero yo sentía cada paso.
—Te pedí que no volvieras —le dije, firme.
Él sonrió con desdén.
—Y yo te dije que esto no había terminado.
—Sí terminó —respondí—. Cuando decidí quedarme.
Miró a Esteban.
—¿Eso crees? ¿Que un pueblo bonito y un panadero te van a salvar?
Esteban dio un paso adelante, pero levanté la mano.
—Déjame —le pedí.
Respiré hondo.
—No me debes nada —continué—. Y yo no te debo miedo.
Hubo un silencio tenso.
Por primera vez, él pareció perder el control.
—Te vas a arrepentir.
—No —dije—. Lo que lamento es no haberme ido antes.
Mireya apareció detrás de nosotros, seguida de Tomás y dos hombres del comité del pueblo.
—Caballero —dijo con una sonrisa helada—. Aquí no es bienvenido.
El hombre miró alrededor. Vio las miradas. La falta de aliados.
Finalmente, dio media vuelta y se fue.
Sentí cómo el aire volvía a mis pulmones.
Esteban se giró hacia mí.
—¿Estás bien?
Asentí, con los ojos brillantes.
—Sí. Porque no estuve sola.
No dijo nada más. Me tomó la mano. No como promesa. Como verdad.
Esa noche, el pueblo se reunió para encender el árbol principal. Las luces se encendieron una a una, y un murmullo emocionado recorrió la plaza.
Esteban me miró.
—Ven.
Me llevó un poco más lejos, donde el ruido se volvía suave.
—He sido cuidadoso contigo —dijo—. Porque no quería asustarte.
—Lo sé.
—Pero hoy entendí algo —continuó—. No te protejo porque seas frágil. Te protejo porque te quiero.
Mi corazón se detuvo.
—Esteban…
—No te pido respuestas —añadió—. Solo que sepas lo que siento.
No pensé.
No huí.
Me acerqué y apoyé mi frente en la suya.
—Yo también te quiero —susurré.
No fue un beso.
Fue algo mejor.
Fue el momento en que dejamos de tener miedo.
Las luces del árbol se encendieron por completo.
Y por primera vez en mucho tiempo…
sentí que estaba exactamente donde debía estar.